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11 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Políticas de soberanía y ‘bufonadas’

Desde que el presidente Ricardo Martinelli llegó al poder en Panamá en 2009 su política exterior ha sido consistente con la búsqueda de ...

Desde que el presidente Ricardo Martinelli llegó al poder en Panamá en 2009 su política exterior ha sido consistente con la búsqueda de alianzas internacionales que le permitan promover sus negocios en la región e, incluso, más allá. Recién llegado a la Presidencia, Martinelli pretendió establecer un pacto entre los gobiernos derechistas de la región (Calderón en México, Piñera en Chile y Uribe en Colombia). En su momento trató de sumar a Lobo de Honduras y Cartes de Paraguay. La falta de seriedad de sus propuestas despertó sospechas y fueron rechazadas por los gobernantes conservadores.

La reciente votación en la OEA provocada por el gobierno panameño fue una oportunidad para que los gobernantes conservadores y progresistas de la región se pusieran de acuerdo para apoyar a Venezuela. Los cuatro gobiernos de la Alianza del Pacífico, cercanos a Washington, se alinearon con los cinco países de ALBA, organización impulsada por Chávez. Los 11 gobiernos intermedios —desde Guatemala, pasando por Brasil y llegando a Paraguay— también rechazaron la ofensiva contra Venezuela. Los 12 votos restantes del Caribe —Jamaica, Surinam y St. Kitts, entre otros—, reiteraron su solidaridad con Venezuela.

En el pasado hemos dicho que ‘la política exterior de Panamá está a la deriva’. En esta oportunidad hay que señalar que quedó varada. Es importante señalar que desde fines de la década de 1960 Panamá tuvo una política exterior que reflejaba su política interna: Rescatar la soberanía del país frente al neocolonialismo norteamericano y la ocupación militar.

Después de la invasión militar norteamericana de 1989 esta política ha cambiado poco a poco. Con el presidente Martinelli dio un salto, pero con un ingrediente aún más preocupante. Al igual que en su política interior, que ha sido marcada por la corrupción, todo indica que la política exterior es dictada por intereses pecuniarios. La ‘seguridad nacional’ ha sido subordinada a la compra de equipo militar a empresas que son en estos momentos sujetos de juicios en Italia. En el caso de las relaciones comerciales con Venezuela, los personeros de Martinelli condicionaron sus favores a cambio de comisiones para destrabar el pago de deudas que quieren cobrar comerciantes de la Zona Libre de Colón.

En Panamá sectores de la clase empresarial han apoyado a Martinelli con la lógica de que es un ‘mal menor’, comparado a los gobernantes bolivarianos en Venezuela. Otros, con problemas de visas, quieren congraciarse con la embajada de EE. UU. Como país, Martinelli nos ha hecho retroceder peligrosamente, poniendo en peligro la soberanía nacional.

En política exterior hay una diferencia muy grande entre los que se autodenominan conservadores, reaccionarios o de derecha y los otros llamados progresistas o de izquierda. Mientras que los derechistas justifican el derrocamiento de gobiernos democráticos para reemplazarlos con dictaduras, los movimientos progresistas luchan contra los regímenes dictatoriales para sustituirlos con gobiernos elegidos democráticamente.

Los ejemplos están a la orden del día en la historia reciente de América latina. Con el apoyo de EE. UU., la derecha política en la región abanicó los golpes militares de Castillo Armas (Guatemala), Pérez Jiménez (Venezuela), Stroessner (Paraguay), Pinochet (Chile) y muchos más. Todos tienen en común que pusieron fin a gobiernos elegidos democráticamente. En cambio, los izquierdistas se han destacado por sus intentos de desplazar del poder a dictadores de derecha que desprecian las reglas de la democracia. Los ejemplos son muchos y mencionaremos unos pocos: El FMLN (El Salvador), el MST (Brasil), los Tupamaros (en Uruguay).

En el caso actual de Venezuela, la derecha logró unirse políticamente después que triunfara el presidente Hugo Chávez en las urnas en 1998. La coalición conservadora ha sido derrotada 11 veces en consultas democráticas entre 2000 y 2013. En la última experiencia electoral de 2013, con motivo de la muerte de Chávez, Nicolás Maduro recibió el apoyo de los venezolanos. Sin embargo, desde 2002, la meta de la derecha venezolana no es ganar elecciones. Su objetivo es derrocar por la vía de la violencia al gobierno democráticamente elegido, para lo cual recibe apoyo de EE. UU. En los corredores diplomáticos, los líderes latinoamericanos le han manifestado a Washington la conveniencia de que Venezuela defina su futuro en las urnas y no por medio de la violencia. EE. UU. ha hecho caso omiso de estas recomendaciones.

Para sorpresa de la región latinoamericana y, particularmente, para los panameños, el gobierno del presidente Martinelli rompió filas y se convirtió en vocero de EE. UU. en la Organización de Estados Americanos (OEA). La OEA rechazó la solicitud panameña de convocar una reunión de cancilleres y optó por una reunión de embajadores. EE. UU. aparentemente pretendía que la OEA se convirtiera en su portavoz internacional para socavar los cimientos populares de la revolución bolivariana. En vez de presentar su posición (gastada y desprestigiada), Washington le pidió a Panamá que lo hiciera.

La reunión se efectuó y con una votación de 29 a favor y tres en contra, la OEA decidió darle su apoyo al gobierno democrático de la revolución bolivariana. La iniciativa panameña tuvo dos grandes perdedores: En primer lugar, EE. UU., que quedó aislado diplomática y políticamente en el hemisferio occidental. En segundo lugar, el gobierno panameño, que hizo el papel de bufón.

PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UP E INVESTIGADOR ASOCIADO DEL CELA.