Goles de plomo

El ataúd del futbolista Javier De La Rosa ocupa el centro de la cancha del Plaza Amador. Lo vistieron con un suéter del club donde jugab...

El ataúd del futbolista Javier De La Rosa ocupa el centro de la cancha del Plaza Amador. Lo vistieron con un suéter del club donde jugaba y lo arroparon con la bandera de Panamá. Vinieron todos los pelaos con las camisetas amarillas del equipo y hay tanta gente y campana que bulle que parece carnaval. La procesión empieza por el Parque de Los Aburridos, pasa por la casa donde creció Javi y el colegio en el que nunca logró una buena nota, hacia el cementerio.

Decenas siguen en fila por las calles del corregimiento —19, Pedro Obarrio, 21— hasta llegar a la Iglesia Ejército de Dios. La barriada se amontona. Improvisan un arco con dos palos en plena calle, bajo la lluvia. En una jugada magistral de despedida, los futbolistas que abrazaron cada victoria de su compañero empinan el cajón mientras una mujer lanza un balón. Javi mete el séptimo gol en una empalizada al aire libre. El gol que no pudo anotar en la final.

Es lunes 16 de mayo y El Chorrillo despide a su último hijo asesinado diez días antes en la cancha Javier Cruz del Colegio de Artes y Oficios.

Un rito particular de los entierros en los guetos, donde la tragedia adopta formas casi festivas: niños en ropa de escuela, jóvenes con camisetas de fútbol, chacalitas con gafas oscuras ribeteadas. Regué de fondo, reventando cajones.

15 BALAZOS

El 6 de mayo Javier De La Rosa amaneció más temprano que de costumbre. El fútbol siempre lo desvelaba y ese día, alimentado con la promesa de un puesto en la selección nacional, debía lucirse en uno de los partidos de su vida: las semifinales de la liga panameña de fútbol contra Tauro, en el Artes y Oficios.

La semana anterior hizo bien los deberes: entrenó, corrió, pateó al arco con furia una y otra vez. Patricia Thomas, la madre, cuenta que ‘estaba muy animado’. Entró a la casa minutos antes del encuentro y ‘juró que iba a marcar un gol, que jugaría con toda la garra y que El Chorrillo FC iba a ser campeón’. Alegre, como siempre, Javi se despidió de su hijo de dos meses, Javier Neimar, y salió corriendo.

Así fue. El delantero la botó y coronó el esfuerzo con un gol, el segundo de la contienda y el sexto de su marca personal en el torneo. Una anotación que daba tranquilidad al onceno del Chorrillo y encarrilaría la clasificación a la gran final.

Patricia siguió los 90 minutos desde las gradas. Acompañó en silencio el minuto en memoria de Rommel Fernández, gloria del fútbol panameño, muerto 18 años antes, contuvo nervios, gritó como loca la hazaña de su hijo y festejó el 4 a 0. Quiso ir a abrazar a Javi, decirle lo contenta que estaba por él, apretarlo y besarlo. Pero el chico estaba rodeado de periodistas y compañeros y entonces pensó que mejor no, que ya tendría tiempo de celebrarlo: ‘Lo dejé ahí, aproveché un bote y me vine a la casa’.

Javi siguió en lo suyo. A esas horas, con la camiseta 13 todavía transpirada, ya no tenía voz pero igual gritaba y reía y parecía flotar de felicidad. En los vestuarios le daban a la pary, hasta que el entrenador puso punto final: había que salir para el hotel. De la Rosa manoteó los botines, agarró su bolso y paró unos minutos a hablar con los periodistas. Dijo lo obvio: fue un gran partido y vamos por la final. Mientras imaginaba cómo sería vestir el suéter de la marea roja, caminó hacia la puerta trasera del estadio, en dirección al bus.

Nunca alcanzó a subir. Un hombre salió de un coche, corrió y lo frenó en seco con 15 balazos. El número 13 del Chorrillo FC asesinado a los 21 años.

‘LO SUYO ERA EL FÚTBOL’

Cuando Patricia Thomas recibió la llamada, dio un salto en la sala. Pensó que era su hijo para pedirle la felicitación por el gol de media cancha.

‘Regrésate pa’l estadio’, le dijo una voz de mujer. No supo cuál amiga era. ‘A tu hijo lo balearon’, cortó.

Patricia no pensó en lo peor, quizás acostumbrada al sonido de las balas en el barrio o porque estaba segura de haber visto muchos policías en el lugar. A las once volvió a la cancha sintética y encontró a Javi tirado en el pavimento. Apartó a la gente, le limpió el rostro salpicado de sangre y le dio un beso en la frente.

No le cabía en la cabeza cómo era posible esa tragedia. Después escuchó varias versiones del crimen: que a Javi lo acribillaron, que dos hombres lo corretearon y se resbaló y lo ultimaron en el piso, que era un ajuste de cuentas por un asesinato por el que pagó dos años en la cárcel.

Ya no importaba. Está claro que la muerte en El Chorrillo puede llegar de cualquier lado: ‘Ahorita estamos aquí hablando y cuando salimos pa’ allá no sabemos qué nos pasará’, dice Patricia Thomas, cuatro días después, en el pequeño apartamento donde viven los De La Rosa.

Es lunes por la mañana. Los residentes del edificio Salomón bajan a comprar pan flauta, pasear perros, tomar fresco en las bancas de un techado que hace de área social y casa de oración. Patricia está tranquila, pero su esposo llora escondido en la escalera del altillo donde quedan los dormitorios. ‘Le afectó mucho la muerte, yo no estoy quebrada porque soy fuerte’, dice y pide a su nuera que le pase a Javier Neimar De La Rosa, el hijo de dos meses del delantero.

Recuerda ahora la repuesta de Javi cuando le preguntó por qué el nombre de Neimar para su nieto. ‘Mamá, cómo no vas a conocer al jugador brasileño que está metiendo los goles’.

En la vida de Javi hubo altos y bajos. Lo único que siempre supo fue que lo suyo era el fútbol. En la escuela primaria, cuando ganaba un dos, el papá lo castigaba prohibiéndole ir a la cancha.

‘Decía que el fútbol lo iba a llevar lejos’, repite Patricia. En los tiempos del bachillerato en el Gastón Faraudo conoció a gente del Chepo Fútbol Club. May y Felipe Fuentes le pagaban un sueldo, pero él soñaba con jugar en el Plaza Amador.

Las lágrimas borran la fortaleza de Patricia cuando recuerda que los Dely le tenían un puesto en la selección nacional a su hijo. Y cambia para hablar de los menores, Jonathan, de 16, y Yarnes, de 13, que ‘tiene un talento que Javi no tenía’ para la pelota.

A Javi también le gustaba la comida de mamá, cuenta como quien habla de alguien que está por llegar: ‘Le prometí que para la final le prepararía ensalada de camarones’.

A FUEGO

Aracellys Gutiérrez zarandea los hombros marchitos de Javi, los sube y baja, mientras repite como una letanía: ‘Pacten con Dios que no volverán a empuñar un arma, que no habrá venganza por la muerte de Javi’. Gutiérrez es la pastora y mediadora en conflictos de pandillas que oficia el funeral. Por eso toca al delantero mientras pide a las madres que doblen sus corazones y acepten a Dios para evitar el derramamiento de sangre.

Las oraciones tardan un tiempo de juego: 45 minutos. Cerca de 30 compañeros de equipo del Chorrillo escuchan y callan.

La religiosa sacude el cuerpo de Javi como si bailara, pero la muerte camina dentro y fuera de las canchas: primero fue el atacante de Plaza Amador, Miguel Tello Hickson; después Daniel Montilla; después, en 2003, igual que Emmanuel Cevallos. A David Pontiles lo asesinaron en 2008, en Tocumen; un año después, mataron a Abdul ‘Kareca’ Galván en El Chorrillo. La furia de otras balas apagaron la vida de un amigo cercano de Javi, Jonathan Rodríguez. Todos eran deportistas.

VOLVER AL JUEGO

La tragedia se respira en el estadio Javier Cruz, donde entrenan los jugadores que forman parte del plantel. ‘Ahora son 21’, dice el profe Miguel Ángel Mansilla.

¿Cómo están ellos? ¿Cómo es convivir con el fantasma del amigo y el miedo de que también les toque? Mansilla no quiere hablar más y pide que no atormenten a los muchachos con el tema. Tienen que entrenar, seguir, por más que cueste, por más que llueva como llueve. Le ponen ganas: preparan el partido más importante de la temporada.

El 14 de mayo llegó la final. El San Francisco de La Chorrera y El Chorrillo FC querían quedarse con el título de la Liga Panameña de Fútbol en el estadio Rommel Fernández.

La barra estaba encendida con una batucada a reventar en el gallinero.

Al minuto 10, un despiste defensivo entró como una piedra en el corazón chorrillero: gol del ‘Sanfra’. Alcibiades Rojas apareció para empatar el partido y explotó la fanaticada, lluvia de cerveza y foam volando por los aires.

Y dio para más: Engin Mitre puso por delante al Chorrillo con un gol de media tijera. Pero el ‘Sanfra’ pegó un cachetazo y enviaba el partido a tiempo extra. El San Francisco se puso por delante y sepultó el esfuerzo de un equipo que lo dio todo.Todo se tiñó de negro en las gradas chorrilleras. Aparecieron lágrimas, bronca, rabia por no haber podido conseguir la victoria pese a las dos horas de entrenamiento diarias, al esfuerzo por sobreponerse al dolor, a haber dejado el alma. A las promesas. Esta vez no hubo festejos en los vestuarios, los jugadores salieron amargados y en silencio. Salvo Jaime Girón: ‘Hay que ponerle ganas y seguir, a pesar del fallecimiento de Javi’.

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