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La tragedia de La Locería: ‘Panamá me dio a mi nieta, pero también me la quitó’
- 19/06/2026 15:17
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Agrega La Estrella en Google ↗️“¡Justicia!”
El grito se repetía una y otra vez en Plaza Edison.
Lo lanzaban padres de familia, familiares, compañeros de escuela y vecinos. Algunos levantaban pancartas. Otros sostenían globos blancos. Algunos lloraban mientras gritaban. Otros simplemente permanecían en silencio, como si todavía intentaran comprender lo ocurrido.
La protesta convocada este viernes, dos días después del asesinato de una niña de 10 años frente a la Escuela Bilingüe El Japón, estaba atravesada por emociones distintas. Había indignación. Había dolor. Había impotencia.
Pero también había algo más difícil de explicar.
Había inocencia.
Entre las decenas de personas reunidas se encontraban alrededor de 53 niños acompañados por sus padres. Muchos habían compartido aulas, recreos y tardes de juegos con la menor. Algunos apenas alcanzaban la misma edad que ella.
Y aun así estaban allí, vestidos de blanco, exigiendo justicia por una amiga cuya ausencia todavía parecía imposible de entender.
Una de las niñas presentes intentó explicarlo con las palabras que encontró.
“Estamos aquí por nuestra amiguita porque ella no tuvo la culpa de lo que pasó. Vivía cerca de nuestro grupo de amigas y habíamos hecho planes para salir a jugar, pero le ocurrió el accidente”.
Accidente.
La palabra apareció de manera natural.
Como si la mente de una niña todavía se resistiera a aceptar que una compañera de escuela pudiera morir por las balas.
Como si el lenguaje de la violencia siguiera perteneciendo al mundo de los adultos.
Sin embargo, minutos después, esa misma niña se sumó al coro que retumbaba en la plaza.
“Queremos que el señor presidente ponga seguridad en la escuela, policías y cámaras de seguridad. Queremos justicia por nuestra amiga”.
A su alrededor, otros estudiantes comenzaron a repetir la misma consigna.
“¡Justicia!”
“¡Justicia!”
“¡Justicia!”
La palabra se expandía por la plaza mientras los globos blancos se balanceaban con el viento.
No era una protesta multitudinaria. Tampoco era una manifestación organizada por partidos políticos o grupos de presión.
Era algo mucho más simple.
Era un grupo de niños despidiendo a una amiga.
Era un grupo de padres intentando explicar lo inexplicable.
Era una familia intentando sostenerse en medio del dolor.
Entre los asistentes se encontraba la abuela de la menor.
Mientras observaba a los niños, también lidiaba con otra realidad: los trámites posteriores a la muerte.
Su prioridad ya no era únicamente pedir justicia.
Ahora intentaba llevar a su nieta de regreso a Nicaragua.
“Lo que estoy solicitando es sacar el cuerpo de mi nieta de la morgue para llevarla a la funeraria y repatriarla para mi país, que es Nicaragua”, explicó.
La familia ya mantiene contacto con una funeraria para iniciar el proceso.
Sin embargo, cada gestión llega acompañada por la incertidumbre económica y emocional que suele acompañar las tragedias inesperadas.
La mujer aseguró que ha sido clara con quienes se le han acercado durante los últimos días.
“No quiero que estén enredando que si están pidiendo dinero, que se haga esto un show, nada. Lo que nosotros queremos es que nos ayuden lo más pronto posible”.
Su intención es regresar con toda la familia.
Quiere llevarse a su hija, la madre de la menor, quien permanece hospitalizada tras resultar herida durante el ataque.
Según relató, recibió cinco disparos en un pie y se esperaba que pudiera abandonar el hospital este viernes.
También quiere regresar con su nieto y con otros familiares.
Quiere volver a empezar lejos del lugar donde ocurrió la tragedia.
Después de casi dos décadas viviendo en Panamá, siente que el país donde construyó buena parte de su vida ya no es el mismo para ella.
La muerte de su nieta cambió algo que difícilmente podrá repararse.
Por momentos, mientras hablaba, observaba a los niños que continuaban sosteniendo los globos blancos.
Niños que todavía deberían estar pensando en exámenes, tareas o juegos de fin de semana.
Niños que, en cambio, se encontraban aprendiendo demasiado pronto sobre la pérdida.
Entonces llegó una frase que resumió todo el peso de su dolor.
“Panamá me dio a mi nieta, pero también me la quitó”.
No hubo silencio después de esas palabras.
La protesta continuó.
Los niños siguieron gritando justicia.
Los familiares siguieron abrazándose.
Los globos siguieron elevándose sobre la plaza.
Pero aquella frase quedó suspendida en el aire.
Porque detrás de cada estadística sobre violencia hay historias que nunca aparecen en los números.
Hay pupitres vacíos.
Hay planes que no llegaron a cumplirse.
Hay amigas esperando a alguien que ya no volverá a salir a jugar.
Y hay abuelas que, después de 19 años en un país, hacen maletas para regresar a casa llevando consigo lo único que nunca imaginaron tener que repatriar: los restos de una nieta.