La administradora de la ATP, Gloria De León, explicó que cuando salen a posicionar a Panamá, lo hacen resaltando estás cualidades y otras como la biodiversidad...
- 13/03/2011 01:00
PANAMÁ. Al ingresar al histórico barrio, en sus paredes se puede sentir el olvido; al pasar el malecón y entrar a calle 26, el silencio es interrumpido por música a todo volumen, poca gente camina entre las coloridas casas de madera, construidas casi encima unas de otras, y la brisa marina da la bienvenida.
Dentro de este característico lugar lleno de historia y anécdotas —buenas y malas—, azotado por la pobreza y el hacinamiento, se encuentra la Iglesia Nuestra Señora de Fátima, ubicada en calle 26 El Chorrillo desde 1953 y dirigida actualmente por el sacerdote español Javier Mañas.
Es difícil ver a simple vista lo que hay detrás de las paredes del templo, de aspecto humilde y puertas siempre abiertas, que alberga un equipo de trabajo que batalla en el presente de cientos de niños para alcanzar un mejor futuro para la comunidad.
Mientras recorríamos las instalaciones, fray Javier enumera las grandes carencias de la comunidad: la falta de oportunidades, la pobreza, la desesperanza y el hacinamiento, las cuales son luchas diarias que han enfrentado desde sus inicios, como iglesia arraigada a su gente.
‘La situación no ha variado mucho, continuamos con los mismos problemas... se puede decir que han disminuidos las balaceras; aun así seguimos trabajando, creemos firmemente en la educación preventiva’, dice convencido.
La Parroquia de Fátima y sus colaboradores luchan diariamente contra el flagelo de la pobreza y la violencia. Muchos de los niños que asisten provienen de hogares fragmentados y es allí donde entra en acción la escuela de prevención de la parroquia.
La Iglesia católica se ha desarrollado en Panamá desde la época colonial, muy arraigada a las costumbres y tradiciones; es la religión oficial del país.
Tiene una doctrina social basada en el ser humano y su encuentro con Jesús, y aunque ha sido criticada por muchos, sigue siendo una de las religiones con mayor actividad continua en el desarrollo de la vida panameña.
Pero el padre no solo contó de los problemas sociales de los habitantes del popular barrio, hizo especial mención de la desesperanza que sufren sus pobladores, muchos de los cuales, dice, ‘no se creen posibles agentes de cambio en sus vidas’.
‘Desde esa realidad en la que vivimos, intentamos dar soluciones y así es como surgen las obras sociales de la Iglesia católica en el barrio, que ha dado respuestas a problemas concretos en determinados momentos y épocas de la comunidad en la cual se vive: un hogar para ancianos, clínica odontológica, una escuela primaria, un centro de hogar para niños, un comedor comunitario y una escuela para padres son obras que se mantienen en el tiempo con la ayuda de patronatos y particulares’ que donan desde alimentos secos hasta dinero.
‘Y aunque muchos piensen que todo está perdido en El Chorrillo, se equivocan, estos niños son la prueba de ello’, argumenta la maestra Damaris, quien atiende a los niños de quinto grado A, mientras le preguntaba a sus estudiantes qué es lo que más les gusta de la escuela: ‘La ardilla del patio’, gritó uno riendo, ‘a mí me gusta que siempre estamos tranquilos, yo voy a estudiar para ser una persona de bien’, respondía una niña al tiempo que continuaban haciendo sus tareas.
‘Es una de las mejores experiencias que he tenido, ellos son cooperadores y estamos muy pendientes de los niños que estudian y viven dentro de la Parroquia y que están alejados de su núcleo familiar por distintos motivos, porque son más vulnerables. Aquí tratamos de darles mucho cariño y hacer énfasis en los valores humanos, siempre recordándoles que hay que seguir el camino de Dios y el estudio’, reconoce la maestra Zulema, de kínder.
‘Hay un lugar que tienen que conocer... son nuestros tesoros más pequeños y los que más cuidamos’, invitaba con alegría la señora Enriqueta Núñez, la trabajadora manual, mientras subíamos las escaleras del edificio contiguo.
Allí nos recibieron dos señoras. El aire acondicionado estaba fuerte y 4 de los 6 niños —de 6 meses hasta 3 años de edad— dormían plácidamente.
‘La guardería se abrió este año pensando en aquellas madres y padres del barrio que trabajan. Aquí los cuidamos hasta las 3 de la tarde, les damos la leche y los protegemos. Es una gran responsabilidad, pero nos gusta’, decía una de las señoras mientras arrullaba a Leonel, de 9 meses y primerizo en la guardería, quien nos recibió con su llanto.
El trabajo de las maestras se refleja en la mirada de alegría de esos niños y niñas a los que se trata de inculcar valores como el respeto, amor, justicia y comprensión.
Y aunque el barrio es violento y los niños son permeables a esta realidad, los maestros, trabajadores manuales y voluntarios, la mayoría residentes del área, trabajan cada día por ver el barrio lleno de risas y no de sangre. Es el compromiso y el amor a la vida lo que inunda a todo el que entra a la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, que es un verdadero testimonio de fe.