Choque a los poderes fácticos

Desde que las administraciones de Endara y Pérez Balladares abrieran el mercado, los panameños hemos asistido a numerosas muestras de qu...

Desde que las administraciones de Endara y Pérez Balladares abrieran el mercado, los panameños hemos asistido a numerosas muestras de que un sector privado sin supervisión robusta (no regulación), que se aprovecha de la endeble institucionalidad y la escasa cultura de consumidor, convierte las máximas de la economía libre en frases huecas para defender su status quo.

Es por ello que cualquier pronóstico sobre cómo sería el gobierno del presidente Martinelli fue posiblemente equivocado en relación a su interacción con los poderes fácticos de Panamá, léase el sector privado más dominante.

Las decisiones, las políticas y el tono de la nueva administración en relación con esas fuerzas son, por lo menos, sorprendentes. No revelo un secreto si digo que el presente gabinete tiene un corte empresarial y que el argumento principal en su contra era que vendría a gobernar para sus pares. Hasta ahora, afortunadamente, ha sido todo lo contrario.

Los poderes fácticos del Estado son aquellos que se ejercen no dentro de la estructura del gobierno sino a partir de los pesos e influencias que se generan a razón de ciertas actividades (banca, industria, iglesia, sindicatos, gremios, servicios públicos, energía, medios de comunicación, etcétera) para influir en decisiones del Estado que afectan a muchos pero benefician a pocos.

Desde la fundación misma de la República, los políticos panameños han vivido instalados en la ilusión del poder, es decir, una creencia de que son sus decisiones las que definen las realidades nacionales.

Una ilusión que ha sido generada y sostenida desde los poderes de hecho del Estado, que usan sus influencias y pesos para imponer su agenda (leyes, regulaciones, normas, políticas, tratados, etc.) en los temas más importantes.

El debate sobre el desarrollo en Panamá siempre se ha quedado a medias porque quienes representan esos poderes solo se han fijado en lo que “debe” hacer el gobierno, o sea, el otro. Basta echar una mirada a los temas de las distintas reuniones y conferencias del sector privado.

Poquísima autocrítica y casi nada de introspección para analizar cómo el subdesarrollo también es alimentado por prácticas corruptas e ineficiencia —pasiva o activa— a lo interno del propio sector privado. Ya era hora de que en el debate contra la corrupción y el favor de desarrollo entraran los poderes fácticos, no solo desde sus bondades, sino especialmente a consecuencia de sus culpas.

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