Se efectuan gestiones para salir de la lista de países que no combaten la pesca ilegal y que Panamá pueda seguir exportando mariscos a la UE
- 03/07/2011 02:00
PANAMÁ. La segunda vuelta zanja la elección de Presidente través de una nueva competencia electoral, cuando alguno de los candidatos no haya obtenido mayoría electoral arriba del 50% en la primera vuelta. En América Latina, al igual que en Europa, lo que persigue la segunda vuelta es crearle a la elección presidencial un mayor blindaje por medio de una mayor legitimidad. Constituyéndose en una especie de sistema electoral de ‘segundo nivel’, la segunda ronda dirime alternativas y legitimidades preferentemente en los escenarios institucionales donde los partidos políticos y sus programas organizan los elementos fundamentales de la competencia electoral.
Desde la institucionalidad democrática, los sistemas electorales son construcciones técnicas que definen el procedimiento mediante la cual el ciudadano expresa su voluntad electoral hacia el partido, partidos o candidatos de su predilección. Además de conducir el conjunto de esas decisiones individuales, el sistema electoral convierte los votos en mayorías, y a todos los cargos postulados y sometidos al sufragio popular en posiciones adjudicadas. Sin embargo, las decisiones de una mayoría electoral no necesariamente expresan lo que una mayoría ciudadana desea y esto es lo que en la teoría de la democracia se llama ‘la paradoja del voto’. Con todo, lo que buscamos los ciudadanos es siempre construir un sistema electoral que dé garantías y legitimidad en sus resultados, aun cuando el voto sea en función de un individuo y no en relación con una estrategia de desarrollo.
LA SEGUNDA VUELTA O ‘BALLOTAGE’
En este contexto, la segunda vuelta o ballotage aunque puede ser entendida como una extensión del sistema electoral, ella configura un sistema por sí sola. Según Sartori, la segunda vuelta al permitirle a los electores votar dos veces por un mismo propósito —elegir presidente, por ejemplo—, les concede la oportunidad de cambiar de preferencia y optar por un candidato distinto al de la primera elección. Como se ha planteado, en la primera vuelta el elector vota orientado por sus simpatías; en la segunda, vota orientado por el cálculo.
No obstante lo anterior, y situado en las condiciones político-institucionales del país, lo que tenemos en Panamá es lo que los politólogos llaman democracia delegativa. Ella caracteriza a un sistema político que descansa en una concepción elemental: la persona que se alza victoriosa en una competencia electoral presidencial está prácticamente facultada para gobernar como desee, con excepción de las limitaciones que la Constitución le establezca con respecto a la división de poderes y al tiempo de ejercicio. Lo que se lleva el presidente electo es casi un cheque en blanco.
A su vez, en términos históricos, dicha democracia delegativa no ha creado las condiciones para la estructuración de un sólido sistema de partidos políticos en el país con capacidad de coordinar entre sí, la gestión política que demandan los ciudadanos. Esta construcción institucional de democracia presidencial y mayoritaria se ha hecho acompañar de prácticas no formalizadas pero firmemente arraigadas que configuran orientaciones fundamentales de la política panameña: clientela y prebendas. Una segunda vuelta en estas condiciones abre el espacio para que en el recurso mediático publicitario de las candidaturas transformen el escenario en un mercado, que propicia y refuerza una cultura política centrada en individuos-mercancías y no en programas.
CULTURA Y POLÍTICA
Los partidos en nuestro sistema político, además de carecer de vínculos orgánicos con la sociedad civil, han mostrado históricamente debilidades con respecto a la forma presidencialista de gobierno. Esta debilidad institucional no solo es la resultante de una manera de concebir y practicar la política de clientela y cooptación, es también la expresión mediante la cual se organiza institucionalmente la política en nuestro medio. Esta democracia delegativa recrea una cultura de liderazgos populistas y caudillistas al conformar e inscribir en el imaginario político colectivo la imagen preponderante del papel de los individuos o del individuo —el presidente—, superpuesto al sistema de partidos o a los intereses organizados de la sociedad civil.
Con un pasado de escasa tradición democrática, el sistema político del país en la relación entre gobernantes y gobernados se ha configurado históricamente desde una práctica política de corte vertical y autoritaria, y en un contexto institucional deficitario en valores democráticos. Sus dispositivos de participación descansan de manera preeminente en un sistema de partidos orientados al clientelismo político y a la cooptación. Esta institucionalidad se ve robustecida por una cultura política que estimula la indiferencia, el pragmatismo, la indisciplina y la deslealtad partidaria; y que alienta y glorifica el papel de los individuos en detrimento de los aspectos programáticos de la acción política.
A su vez, la existencia de un sistema multipartidista no hace más representativo, participativo o más democrático el sistema político.
No obstante, en la sociedad panameña la fragmentación de los partidos y el descrédito de la política han estado compensados por una particular forma de cohesión política vinculada a las experiencias populistas. Como sabemos, en sociedades marcadas por profundas desigualdades sociales, el populismo en sus manifestaciones históricas constituye una forma privilegiada en la construcción de lo político, y Panamá no es la excepción. Recordemos que en las elecciones de mayo de 1999 ambas candidaturas (Mireya Moscoso y Martín Torrijos), se inscribían dentro de orientaciones políticas que afirmaban identidades heredadas y cuya interpelación tenía un fuerte sabor a populismo.