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- 09/02/2023 00:00
El impactante regreso de Brendan Fraser llega a la gran pantalla en La Ballena —de estreno hoy en cines nacionales—, dirigida por Darren Aronofsky, una historia cargada de emociones que se expanden hacia las profundidades de las psiquis de cinco personajes arrollados por diversas dificultades. Basada en la obra teatral homónima escrita por Samuel D. Hunter, la trama va más allá de los aires sombríos de la tristeza y la sátira, siendo un recuento de lo catastrófico que puede llegar a ser la desesperanza y la soledad.
Fraser, quien lleva la batuta de la cinta, encarna al profesor de literatura Charlie, quien sufre de obesidad mórbida y depresión, condiciones que lo obligan a quedarse en su apartamento, fuera de las miradas acusatorias de los demás y siendo visitado únicamente por su amiga y enfermera Liz (Hong Chau), quien cuida de él. Cuando su condición de salud llega a un punto extremo, Charlie se ve forzado a reflexionar sobre su propia vida, sin embargo, esto llega a ser el lugar de no retorno mientras trata de controlar su ansiedad y reconectar con su hija adolescente, Ellie (Sadie Sink).
Sumido en una profunda depresión, Charlie muestra una de las representaciones más realistas de la condición delicada de la obesidad. Resignado a una vida sedentaria, Charlie depende de una andadera para movilizarse a través de su apartamento, pasando días en su sillón viendo televisión y alimentándose de forma compulsiva, observando a las aves fuera de su ventana. Dos veces a la semana da clases de literatura inglesa online, sin embargo, deja su cámara apagada, avergonzado de su aspecto y condición, mientras hace la titánica tarea de animar a estudiantes universitarios a interesarse por los clásicos como Walt Whitman y a escribir con “claridad y persuasión”.
La interpretación de Fraser es tan natural y sincera que no es difícil sentir tristeza por ese hombre desencajado y solitario, quien aún sufre la pérdida del amor de su vida y el abandono de su anterior familia. Tanta es su naturalidad en la piel de Charlie que la cinta se siente claramente creada para hacernos sentir incómodos, con repudio, enojo o asco hacia Charlie, hasta que pronto descubrimos su positivismo ante la posibilidad de su muerte y que su única motivación a través de los años ha sido su hija, Ellie.
Por su parte, Sink interepreta a Ellie de forma agresiva —tanto físicamente como en su carácter—, trazando las razones de su enojo desmedido hacia el mundo, hasta dar con las raíces que la conectan con las propias razones del descuido de Charlie. Su personalidad volátil y ofensiva cae como una bomba cada vez que aparece en escena, ya que solo vemos un resquebrajamiento de su máscara en el momento en que Charlie ya no puede hacer nada por su condición, y es entonces que Ellie recuerda sus heridas y las mismas de su padre en un momento de enlace conmovedor y devastador tras múltiples ataques.
Aronofsky destaca en el uso de su lente para captar hasta los más mínimos cambios en las facciones de Fraser y Sink durante sus interacciones, siendo estas pistas de lo que realmente siente cada personaje, desde odio hasta amor y arrepentimiento. Así, el enlace entre Ellie y Charlie se ve mayormente potenciado con la presencia de Thomas (Ty Simpkins), un joven misionero de una iglesia llamada Nueva Vida, cuya obsesión con Charlie lo lleva a querer “salvar su alma” y encontrar las respuestas a sus propios dilemas en conversaciones cortas con Ellie.
La relación entre Ellie, Charlie y Thomas nos dibuja la realidad de tres vidas interconectadas por la culpabilidad, siendo que los tres buscan maneras para expiar sus pecados en la vida, estos sean el abandono premeditado, la violencia desmedida o la desconfianza seguida por la cobardía. Aronofsky logra crear una red de frágil confianza entre todos los personajes, que al observarla con cuidado, descubrimos que aquellos momentos efímeros de tranquilidad, seguidos por tormentas abruptas, son los que nos comunican las heridas que el trío mantiene y por las cuales se ven reflejados entre sí.
Otro de los mensajes de la cinta es la necesidad de abandonar los prejuicios contra las personas que sufren de obesidad y otras condiciones de salud que generan una rápida subida de peso, creando realidades adversas para miles de personas. “A menudo perdemos de vista que son seres humanos con pensamientos y sentimientos, y corazones y familias. Y es una historia que se desarrolla a puertas cerradas”, comentó Fraser en una entrevista con BBC.
El actor de 54 años, que estuvo alejado de la gran pantalla por más de una década, ya ha sido ampliamente felicitado por su interpretación de Charlie, haciéndolo merecedor de un premio a Mejor Actor de los Critic's Choice Awards, donde destacó en su discurso de aceptación: “Si tú, como un tipo como Charlie, a quien interpreté en esta película, luchas contra la obesidad de alguna manera, o simplemente sientes que estás en un mar oscuro, quiero que sepas que tú también puedes tener la fuerza para ponerte de pie e ir a la luz, y entonces sucederán cosas buenas”.
La crudeza con la que Fraser y Aronofsky abordan a un personaje con sobrepeso como Charlie hace que en algunas escenas sea difícil mantener la mirada fija, sin embargo, esta es la misma razón que hace a La Ballena y su subtexto —potenciado por una lectura superficial de Moby Dick— mucho más compenetrados con la realidad de que viven una realidad no muy distante de la que presenta la cinta.
Sin rayar en lo morboso, Aronofsky logra enfocarse en las dificultades de alguien cuyo peso supera las 500 libras, dando espacio para que Charlie sea lo más auténtico posible, desde su forma de comer, moverse y hablar, pero también logrando sacar la vulnerabilidad de un hombre roto por dentro y que se mantiene un poco optimista.
Con la llegada de Mary (Samantha Morton), la madre de Ellie y exesposa de Charlie, vemos una nueva dimensión de la situación en la que se encuentra la vida del profesor. Pese a que durante la cinta no se resalta de forma negativa la homosexualidad de Charlie, el peso de sus decisiones afectan a Mary, quien ha luchado con el alcoholismo por más de 8 años, siendo también un catalizador de la agresividad de Ellie. Es en ella, en la forma en que trata a Charlie con naturalidad y sin delicadeza, que vemos la importancia de recordar las consecuencias de las acciones de una persona en la vida de quienes le rodean.
Pese al rencor de Mary y el odio de Ellie, ambas muestran el amor que permanece en las familia, tomando momentos para observar y escuchar a Charlie, y solo una de ellas realmente cruza la puerta dando un adiós definitivo. Cuando llegamos al final de la cinta, la ballena blanca en la habitación hace su aparición y una cortina blanca nos indica que no sabremos con certeza si los últimos minutos de Charlie fueron reales o una ilusión para evitar el dolor de una muerte anunciada.
Las discusiones presentadas dentro de la cinta destacan los ataques a la fe, la esperanza y el amor, dejando un cuadro de decepción y soledad en la vida de Charlie, luego de enfrentarse a que sus esfuerzos para reconectar con su hija no daban los resultados esperados. “Eres lo mejor que pude haber hecho en mi vida”, comenta Charlie en uno de sus últimos momentos, siendo un retrato vívido del amor de un padre hacia su hija, una de las partes más importantes de su personaje, dando un cierre completo a su historia antes de que baje el telón.
Todos los personajes de La Ballena son personas rotas, reales y humanas, creando un espacio de confrontación constante, sin mucha dulzura, pero con la suficiente honestidad como para recrear lo que muchos en algún momento hemos pensando decir a las personas que nos han herido o abandonado.
Aronofsky y Fraser nos guian a través de una historia devastadora, pero con toques hermosos, siendo un recuerdo de la luz y las sombras que atravesamos en la vida.