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Arte, simbología y fe en la imagen de San Miguel Arcángel, príncipe de los ejércitos celestiales
- 24/07/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Antes de la llegada de los españoles, las armas de fuego eran completamente desconocidas en América. Por ese motivo, el estruendo y el extraordinario poder destructivo del arcabuz fueron interpretados por muchos pueblos originarios como manifestaciones de fuerzas sobrenaturales o divinas.
Conscientes del impacto psicológico que el uso de estas armas producía, los artistas virreinales incorporaron el armamento europeo a la iconografía angélica; el arte se convirtió así en un medio elocuente y eficaz para evangelizar. Estableciendo una poderosa asociación visual entre la protección celestial y el poder militar de la monarquía hispánica.
La representación de los arcángeles, revestidos de armaduras, ricas telas y delicados encajes, llegó a convertirse en una de las expresiones más emblemáticas del barroco americano. Esta combinación de elementos militares y cortesanos no respondía únicamente a una intención estética, sino que transmitía un elaborado discurso religioso y político.
Los transparentes encajes, lejos de constituir un simple adorno, evocaban la magnificencia de las cortes europeas y contribuían a representar a los arcángeles como miembros del ejército celestial, donde la fortaleza guerrera se unía a la dignidad y al refinamiento propios de la nobleza.
Los encajes procedían de los prestigiosos talleres textiles de Flandes, especialmente de ciudades como Brujas y Bruselas, reconocidas durante los siglos XVI y XVII por la extraordinaria calidad de sus encajes de bolillo y bordados de lujo. En aquella época, los Países Bajos formaban parte de los dominios de la Corona española, circunstancia que favoreció la circulación de estas manufacturas hacia la Península Ibérica y, posteriormente, hacia los territorios americanos.
El encaje de calado trascendió lo estético y, confeccionado artesanalmente mediante almohadillas, patrones y las características baquetillas de madera que le dan nombre, se convirtió en un auténtico símbolo de prestigio social, estatus y poder. Su uso distinguía a los miembros de la nobleza, altos dignatarios eclesiásticos y funcionarios de la administración colonial.
Con el paso del tiempo, estas técnicas fueron asimiladas por talleres locales, dando origen a tradiciones artesanales que aún perduran. En Panamá, esta herencia permanece viva en el mundillo, encaje característico de la pollera de gala, considerado uno de los elementos más representativos del patrimonio textil del país.
La figura del arcángel guerrero aparece protegida por una armadura inspirada en la de los soldados españoles del Siglo de Oro, acompañada por una amplia capa carmesí cuyos pliegues sugieren una protección sobrenatural, sujeta por un broche dorado. La severidad del metal se equilibra mediante delicadas telas en tonos blancos, dorados o celestes, enriquecidas con trencillas y finos encajes. La indumentaria se completa con una túnica corta de pliegues que recuerda la vestimenta de los generales romanos y el manto que cae elegantemente sobre los hombros, con altas botas militares que refuerzan su carácter guerrero. Sus grandes alas desplegadas, junto con la lanza, el escudo o el arcabuz que por lo general sostiene, simbolizan su condición de defensor de la fe y vencedor del mal.
Entre los rasgos más característicos de los ángeles arcabuceros de las escuelas cuzqueñas y quiteña destacan los sombreros y cascos ornamentados con vistosas plumas. En el mundo prehispánico, las plumas constituían un atributo reservado a gobernantes, sacerdotes y personajes de alto rango, pues representaban autoridad, valentía, honor, sabiduría y poder.
La incorporación de este elemento a la iconografía cristiana permitió acercar la imagen de los mensajeros celestiales al universo simbólico indígena, favoreciendo la comprensión del mensaje evangelizador mediante referentes visuales familiares para las poblaciones andinas.
Como afirma el investigador peruano Ramón Mújica Pinilla, los arcángeles aparecen “vestidos lujosamente con brocado, camisas de encaje, fajas y cintas de seda”. Esta suntuosidad no respondía exclusivamente a criterios devocionales; también constituía una eficaz estrategia de representación del poder.
A través de estas imágenes, la Iglesia y la administración colonial proyectaban autoridad, magnificencia y legitimidad espiritual dentro del complejo proceso de evangelización del continente americano.
En la misma línea, la historiadora del arte boliviana Teresa Gisbert sostiene que este mestizaje visual desempeñó un papel decisivo en la construcción de un lenguaje artístico capaz de integrar la tradición cristiana con el imaginario cultural andino.
Gracias a esta síntesis simbólica, las nuevas imágenes religiosas resultaban más cercanas y comprensibles para las comunidades indígenas.
El San Miguel Arcángel que ilustra este artículo, príncipe de los ejércitos celestiales, personifica la autoridad militar y espiritual de la Iglesia. La autoridad con la que sostiene el bastón y el escudo expresa el triunfo del bien sobre el mal. En los casos de los arcabuces, percibidos por los pueblos originarios como portadores de un poder extraordinario, reforzaban la eficacia simbólica.
Especial atención merecen los encajes de bolillo, conocidos en Panamá como mundillo, cuya elaboración artesanal continúa vigente gracias a la tradición de la pollera.
Esta técnica se conserva principalmente en talleres de Veraguas y, sobre todo, en la península de Azuero, donde la provincia de Los Santos, con poblaciones como Guararé, Las Tablas y Pedasí, constituye uno de sus principales centros de producción.
El renovado interés existente por la pollera ha impulsado, además, la creación de asociaciones y escuelas dedicadas a preservar y transmitir este valioso patrimonio artesanal a las nuevas generaciones.