Metamorfosis después del homicidio

  • 09/08/2015 02:00
Le salieron raíces y hojas de la piel que se iba agrietando. Se convirtió en un arbusto de sangre

La sangre goteaba de sus manos. La sangre no era roja, era negra como la noche y la noche era inmensa y oscura. Sus manos asesinas eran más grandes y más negras. Lo veía y no lo creía. Pero no se arrepentía. El sudor en el rostro delataba la carrera apresurada. Los árboles vigilaban la huida. Kilómetros atrás el cuerpo de una mujer, desnudo y lleno de moretones, lo esclarecía todo. ‘¡Lo hice, Dios!', decía, y apretaba los dientes con odio. Rodeado de árboles, lejos de la evidencia que más tarde apestaría, pensó en el desenlace de las cosas. Sintió miedo. Fumó el único cigarrillo que le quedaba, exhaló la última bocanada y miró al suelo. El humo se dispersó. El remordimiento también se dispersó y finalmente desapareció. Se sintió fuerte e inacabable, malvado. Soberbio. Y como buen soberbio, dijo a los árboles callados y a la noche: ‘¡No me arrepiento! ¡Qué carajo! ¡Nadie lo sabrá! ¡Y si la encuentran, pues me importa una hostia! ¡Se lo merecía! ¡Sus gritos eran de placer! ¡Me deseaba, sí, me deseaba! ¡Solo quise complacerla! El trabajito esta hecho'.

Cuando terminó su discurso, una gota de lluvia cayó en sus manos y se mezcló con la sangre. Después otra gota. Multitud de gotas: tormenta. Se guareció bajo uno de los árboles. Bajo el árbol los chorros de agua que caían de las ramas parecían barrotes. Pasó sus manos por el agua que caía. Confirmó que la sangre no era roja, sino negra. La noche era inmensa y ahora húmeda. De repente, una línea de luz quebrada en el cielo, luego una roca gigante sobre la tierra; rayos, truenos. Bajo el árbol, cubierto de cordones de agua que semejaban una cárcel que se lo tragaría, sintió frío. Su soberbia se diluyó en medio del torrencial. Se sentió vulnerable, pequeño, débil. Sus ojos leyeron el espeluznante lenguaje de la lluvia. Luz, ¡praaam!, temblor. Y así varias veces: luz, ¡praaam!, miedo. Piernas abrazadas, rodillas contra el mentón, párpados cerrados con fuerza. Luz, ¡praaam!, el cuerpo de la muerta en el firmamento. Luz, ¡praaam!, rostro ensangrentado en el horizonte en penumbra. Luz, ¡praaam!, la muerta allí frente él.

Amaneció. Cobró valor y abrió los ojos. Sin electricidad, la lluvia caía calmada, tenaz: llovizna. Él, en su árbol-cárcel. La llovizna, una canción de cuna. El sonido de las gotas sobre el pasto: sopor, músculos relajados. Durmió horas, pero sin dejar de percibir la humedad de la hierba. Cerca de sus manos, el agua empozada se mezclaba con la sangre negra. Abrió los ojos y ¡susto!, su cuerpo estaba azul, como muerto. Intentó moverse: en vano todo. Un alacrán apareció de entre la hierba y subió por su antebrazo, lo picó y ¡susto!, no sintió el picotazo. Alzó la mirada y vio que los chorros de agua se habían convertido en verdaderos barrotes de hierro.

La llovizna paró, salió el sol. La luz del sol le pegó en el rostro, pero no sintió su calor. Muerto y vivo, en su jaula para toda la vida, para toda la muerte. Le salieron raíces y hojas de la piel que se iba agrietando y quedando seca. Se convirtió en un arbusto negro. De sangre negra. Sangre. Negra. Más negra que la noche. Noche inmensa y oscura.

MÚSICO Y POETA

Lo Nuevo