No digan que no se avisó

Desde hace años vengo escuchando las voces en el desierto de los gestores y promotores culturales (de los de verdad, no de los que solo ...

Desde hace años vengo escuchando las voces en el desierto de los gestores y promotores culturales (de los de verdad, no de los que solo organizan paseos a la playa) diciendo que en este país iba a formarse un grave problema si no se empezaba a prestar más atención a la cultura y a la educación. Nadie les hizo caso.

Una tradición de escasa violencia, una economía estable por el uso del dólar y unas redes sociales y familiares que durantes años se mantuvieron fuertes hacían de este país un oasis de paz en medio de la violencia que se vivía en el resto de los países del área. Pero, señores, eso se acabó. Hoy el malo de la película ha abierto de golpe las puertas batientes de la cantina, y con fuerte ruido de espuelas se ha enseñoreado de la barra. Mientras, todos los parroquianos, asustados y en silencio se miran entre ellos sin atreverse a pensar a quién le va a tocar el tiro cuando el tipejo malencarado se cabree.

En fin, metáforas aparte, las maras empiezan a campar por sus respetos en Chiriquí. ¿Cuánto creen ustedes que tarden en llegar a la capital? ¿Están Panamá y los servicios de seguridad del Estado preparados para hacer frente a esa amenaza? Por si no se les ha ocurrido, a estos tipos duros no los detiene una pinche puertita delante de la Presidencia. Si eso es todo lo que se les ocurre para mantener el orden en la ciudad, mal nos veo a todos.

Y no digan que no se lo dijimos, montones de veces: un país que invierte en cultura no invierte en cárceles, un país que invierte en educación invierte menos en seguridad. Y aquí no se ha invertido en nada, ni en cultura, ni en educación, ni en una seguridad operativa y que funcione. O sea, la ciudadanía en este momento está al garete, en las manos de la delincuencia que cada día se apodera más de las calles, sin saber si seremos nosotros los próximos a los que les van a dar el tiro para llevarse nuestro teléfono celular, si nuestros hijos serán los próximos en ser secuestrados, si nos despertaremos por la noche en nuestra cama con un cañón de recortada en la cabeza, o si tendrán que mirar mientras violan a su mujer y su hija. No, no digan que soy una exagerada.

Todo esto ocurre, y ocurre no muy lejos de aquí, y con seguir haciendo oídos sordos y negándonos a ver la realidad no vamos a solucionar nada. Es hora de que exijamos a los gobernantes, a esos mismos a los que les estamos pagando un jugoso sueldo para que trabajen para nosotros, que hagan algo. Que ataquen todos los frentes: cultura, educación y seguridad y que empiecen a limpiar el país. No hay que hacer más leyes, hay que hacer que las que hay se cumplan.

Hay que trabajar con las familias disgregadas, hay que lograr que los padres recuperen el control de sus familias y, si no pueden hacerlo, hay que retirarles la custodia para que esa función la ejerza el estado. Lo que no se puede permitir es que los muchachos, que no encuentran apoyo ni salida dentro de su familia ni de su comunidad, deban buscar ese apoyo en una mara. Si no cortamos eso de raíz, el árbol se hará tan grande que no vamos a ser capaces de salir de debajo de su sombra.

Mirémonos en el espejo de países como El Salvador u Honduras. A eso es a lo que vamos a llegar. Señores del gobierno, cojan su sombrero, sáquenle brillo a su estrella y entren a la cantina a sacar al villano. Si es necesario, usen su revólver, que para eso lo tienen. Para eso es para lo que les pagamos, ¿o es que creían que su único trabajo era rescatar gatitos y ayudar a las damas a cargar la cesta de la compra? Siento ser yo la que los desilusione. La vida es dura.

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