El poder presidencial: su desequilibrio

La concentración del poder en el Ejecutivo debilita el equilibrio democrático y limita una modernización económica con equidad en América Latina

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Si consideramos la visión moderna clásica del equilibrio de los tres Poderes del Estado, resalta inmediatamente el enorme desequilibrio que existe particularmente en América Latina a favor del Poder Ejecutivo. Entre nosotros “el ogro filantrópico” que analizó Octavio Paz tiene cara de presidente.

Con el proceso de democratización comenzamos a comprender la necesidad de superar este presidencialismo. Pero más recientemente resurge bajo el aspecto de la reelección inmediata, so pretexto de modernizar la economía.

Debemos encarar una paradoja. El perfeccionamiento de nuestra democracia exige la modernización de nuestras economías. Pero el presidencialismo tecnocrático que aparece como agente de modernización económica se revela enemigo de la modernización con equidad, que es la que necesitamos.

Por invitación del Grupo Parlamentario Federal del Partido Acción Popular Nacional acabo de visitar México, en donde presenté algunas reflexiones sobre la necesaria imitación del poder presidencial en América Latina. Las resumo:

Si nos atenemos a la visión moderna clásica de los tres Poderes, con el Legislativo a la cabeza, se desconcentran las funciones fundamentales del Estado de derecho constitucional y democrático y se equilibran entre ellas, a la vez cooperando y limitándose las unas con respecto a las otras. Evitamos de esta manera la concentración del poder público. Se logra, por una parte, que la sociedad política y más hondamente la sociedad civil no quede sometidas al Estado, sino que guarden su poder de iniciativa primordial y fundante con respecto al Estado y, por la otra, que se respeten los derechos políticos de los ciudadanos y, más ampliamente, los derechos humanos de todos los habitantes.

Al medir nuestra realidad contemporánea, particularmente en América Latina, por este modelo, resalta inmediatamente el enorme desequilibrio que existe en favor del Poder Ejecutivo. Todo ha conspirado para producir este fenómeno de desequilibrio.

El republicanismo norteamericano, que tanta influencia ejerció en nuestras constituciones posindependentistas, conjugó el valor simbólico del rey-jefe de Estado con el ejercicio práctico del poder ejecutivo del jefe de Gobierno y creó la presidencia de la República. Esta dejó de ser el poder complementario del Poder Legislativo y dependiente de él, para convertirse en un poder que pretende, en virtud de una representatividad global y no fragmentada, ser el representante de la unidad del pueblo y no de su diversidad y que se erige con autonomía propia en poder igual, cuando no prioritario.

A lo largo de nuestra historia latinoamericana, el caudillismo que ha caracterizado al liderazgo en nuestras sociedades –tanto por razones históricas, culturales y sociales– tiene como aspiración suprema revestirse de las prerrogativas de esta institución, personalizándola en la figura casi mítica del “señor presidente”. Las dictaduras militares han dejado el hábito y a veces, hasta la nostalgia de un mundo unitario, vertical y hasta incuestionable. Los regímenes revolucionarios “leninizaron” al “señor presidente” o bien transformaron al partido en maquinaria reproductora de sucesivos “señores presidentes”, institucionalizando así la personalización caudillista y aún dictatorial de la presidencia. El “ogro filantrópico”, tal que Octavio Paz lo describió en su análisis del Estado burocrático moderno y de su versión patrimonial latinoamericana, tiene cara de presidente.

Desde los finales de la década de los ochenta vivimos un gran proceso de democratización de nuestros sistemas de gobierno que hasta la fecha solo deja completamente por fuera a Cuba. Este proceso nos hizo comprender en principio que un sistema de gobierno constitucional y democrático tenía que superar este presidencialismo, acentuando la desconcentración del poder público y el equilibrio entre los poderes del Estado, para garantizar la participación vital de la sociedad civil y el respeto a los derechos humanos. En este sentido, en varios de nuestros países se habló incluso de introducir regímenes parlamentarios o semiparlamentarios.

Pero más recientemente ha comenzado a darse dentro de este proceso una tendencia contraria y, a mi juicio, contraproducente, hacia un resurgimiento presidencialista, bajo el aspecto de eliminar la prohibición de la reelección inmediata. En Argentina, en Perú y, por último, en Brasil, presidentes en ejercicio han logrado hacer modificar la Constitución para permitir su reelección. Hay algo en común entre los tres casos, que los hace contagiosos.

Los presidentes en cuestión se hicieron portaestandartes del nuevo modelo económico neoliberal, por lo menos en dos de los tres casos, en una versión fundamentalistas. Justificar su reelección como una condición indispensable de la continuidad de dicha política, sobre todo porque en las primeras etapas de estas políticas los pueblos viven de las expectativas de resultados positivos perdurables y, sin que se le ofrezcan políticas alternas, sensatas y realizables.

No hay duda que también se benefician del beneplácito y aún del apoyo de sectores de las instituciones financieras internacionales, de Estados Unidos de América y de la comunidad internacional, más preocupados por la continuidad de dicha política de apertura y globalización, que del desarrollo de nuestro sistema político democrático.

El resurgimiento del presidencialismo contrarresta la consolidación de nuestra democracia constitucional como régimen de leyes e instituciones y no como régimen de caudillos y de providencialismos.

Aquí se da una paradoja que debemos encarar. La consolidación y el perfeccionamiento de nuestra democracia exigen que nuestras economías se pongan al día, se modernicen, de manera a poder proporcionar a nuestras poblaciones un camino fuera de la pobreza, hacia el bienestar, un camino de participación en el trabajo productivo, en la distribución de la riqueza, en los niveles indispensables de educación, salud y seguridad social. Pero a su vez, para que la modernización de la economía se dé con equidad, sin polarización creciente entre una cúpula que vive en la opulencia y una base que se atasca en la miseria, requiere una democracia que descentraliza y desconcentra el poder público, que promueve la participación ciudadana, que genera consensos pluralistas en torno a las políticas económicas básicas en vez de imposiciones tecnocráticas.

Recurrir al presidencialismo tradicional latinoamericano, para lograr la modernización económica, no solo se contrapone a la consolidación y al perfeccionamiento de la democracia, sino que tiende a generar una modernización económica con concentraciones exageradas de poder económico, con aumento resultante en las disparidades sociales y con acumulada resistencia económico-social y política al nuevo modelo de economía, predisponiendo así a que se susciten agitaciones desestabilizadoras y populismos regresivos.

El presidencialismo tecnocrático que aparece como agente de la modernización económica se revela como el enemigo de una modernización con equidad, la única que tiene posibilidades de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos y, por ello, de perdurar.

Ficha

Nombre completo: Ricardo Arias Calderón

Nacimiento: 4 de mayo de 1933, Ciudad de Panamá

Fallecimiento: 13 de febrero de 2017, Ciudad de Panamá

Ocupación: Profesor universitario, filósofo y político panameño

Resumen de su carrera: Es considerado uno de los principales ideólogos y pensadores de la política de Panamá de los últimos 30 años. Este fue un proyecto de “La Estrella de Panamá” publicado en diciembre de 2011. Con el título “Letras de la patria”, cada uno de los ensayos, de corte filosófico, histórico y político, fue escrito por Ricardo Arias Calderón, y en las dos primeras entregas explica motivos y consecuencias de acontecimientos y personajes nacionales en los primeros 100 años de vida republicana. “La política refleja la realidad propia de la sociedad”.

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