El edificio, cerrado hace más de una década por problemas estructurales, pasó de albergar a cientos de estudiantes a convertirse en un albergue temporal...
- 18/07/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Las ediciones del Panamá Herald de entre 1851- 1853, presentan descripciones muy detalladas sobre Panamá como destino aspiracional, sinónimo de los símbolos del progreso y el poder del comercio a mediados del siglo XIX. Durante ese período, Panamá y Colón fueron observadas como lugares donde el mundo pasaba sin quedarse: ciudades atravesadas por horarios, vapores, mercancías y promesas de modernidad.
En enero de 1851, el Panama Herald señalaba, “la posición geográfica de Panamá la convierte, en este momento, en un objeto de una importancia más que ordinaria en la estimación de Inglaterra y los Estados Unidos (...). A este punto fluirá necesariamente todo el comercio de ambos, que pueda estar destinado a cualquiera de los puertos del Pacífico, y por aquí se deberá necesariamente transportar toda la riqueza exportada y los productos de China, las Indias Orientales, Australia, las Islas Sandwich y otras islas, y el futuro comercio de México-Pacífico, California, Oregón y América del Norte Británica”.
En 1853, impulsado principalmente por la fiebre del oro en California y la expansión del comercio global, el transporte de pasajeros experimentó un gran auge. En el caso de Panamá, las rutas que por aquí pasaban unían a Nueva York y New Orleans en el Atlántico, y San Francisco y Oregón en el Pacífico. Además de estas rutas, Panamá también tenía conexiones marítimas con destinos en América del Sur, el Caribe, Inglaterra y Australia.
La ruina y atraso de la ciudad de Panamá vs el avance y progreso que se vislumbra con la construcción de Colón
Los servicios de vapores que unían a Panamá y Colón con destinos en América, Europa y Australia, -incluso antes de que se terminara la construcción del ferrocarril-, facilitaron rápidamente la integración de Panamá con el flujo de personas y bienes que se registra durante la primera globalización. Es justamente esa centralidad de paso donde se da la construcción de la imagen urbana que viajeros, técnicos y funcionarios, -y también la prensa que organizaba cada día la legibilidad del tránsito-, dieron a estas ciudades terminales, como una mezcla de puntos de avanzada tecnológica global y precariedad y atraso local.
En el caso de la ciudad de Panamá los relatos se centraban en tres aspectos: las incomodidades de la travesía e insalubridad de la ciudad, el estado ruinoso de conventos, edificaciones religiosas y coloniales, y el contraste con el auge de la construcción ocasionado por el repentino aumento de migrantes y, por último, las ideas del futuro promisorio que le esperaba al istmo ‘bajo el ímpetu e impulso’ de la influencia del ‘hombre blanco’ o anglosajón.
Una muestra de la visión de Panamá como ciudad en ruinas, lo podemos encontrar en un artículo de diciembre de 1851, del Panama Herald, escrito por Lady Emeline Stuart Wortley, una viajera norteamericana, en el cual describía que, “en casi todas las calles se pueden ver varias ruinas, si no hubiera estado preparada para el estado general de dilapidación en el que se encuentra ahora esta ciudad una vez próspera, habría pensado, a primera vista, que una sucesión de incendios terribles había tenido lugar recientemente aquí, por la lúgubre multitud de abismos abiertos por todos lados, donde habían estado edificios de diferentes tipos”.
La ‘americanización’ de la ciudad de Panamá era otro aspecto, que destacaba en las crónicas publicadas en el Panama Herald. “Los niños nativos silbaban Yankee Doodle por las calles, y las señoritas de pura sangre castellana cantaban las melodías etíopes de Virginia con sus guitarras. Casi la mitad de las caras que se veían eran americanas, y los letreros en tiendas de todo tipo aparecían en nuestro idioma”, relataba Bayar Taylor, que publicó una crónica sobre su travesía por el Istmo, como parte del libro ‘El Dorado or Adventures in the Path of Empire’ (1850), best seller de la época en Estados Unidos e Inglaterra.
Ese mismo año el diario publica otro artículo en el criticaba el alto grado de especulación en el valor inmobiliario y de los alquileres. “En los últimos dos años y medio, Panamá ha crecido de comparativamente nada a un lugar de importancia. Sus negocios, que estaban en su punto más bajo, han prosperado y aumentado cien veces, y el avance en el valor de sus bienes inmuebles y sus alquileres solo ha sido igualado por los de San Francisco (...). Mientras que el propietario de la finca establece un valor sobre ella que se considera extravagante y ficticio, el valor real de la propiedad se hunde y disminuye bajo él”.
Pero si ciudad de Panamá presentaba un paisaje ambiguo de belleza pérdida, abandono y ruina, la visita a la naciente ciudad de Colón, -Aspinwall para los estadounidenses-, era la dicha y la realización de la construcción de una nueva ciudad por el ímpetu anglosajón, con un excepcional emplazamiento que la hacía ideal como puerto de entrada en el Caribe.
Para mayo de 1852, se describía Aspinwall en una situación en la que, “los negocios de todo tipo son muy activos, y las calles y muelles presentan en todo momento la apariencia ocupada y bulliciosa de una animada ciudad portuaria. Siete u ocho vapores llegan y parten mensualmente, trayendo y llevando vastas multitudes de californianos que distribuyen su ‘polvo’ y monedas con mano liberal (...). En resumen, vea el destino futuro de Aspinwall bajo cualquier luz y no requerirá visión profética para ver su poder y grandeza destinados: su vasto comercio, intercambio y manufacturas (...)”.
El relato que sobre el desmantelamiento del poblado de Chagres se publicó ese mismo mes, deja entrever el rechazo al pasado colonial de Panamá en el centro de esta nueva sociedad anglosajona que se instalaba en el Istmo. “Chagres fue desmantelada, en un día su comercio fue destruido, su gloria se esfumó, sin previo aviso, su joven rival, Aspinwall, -el gigante de la bahía-, había absorbido a su gente, sus negocios y viviendas. Ya hay una media docena más de excelentes hoteles en ‘plena marea de operación exitosa’, y los viajeros están ahora infinitamente mejor acomodados aquí de lo que nunca estuvieron en Chagres”.
Entre 1850 y 1920, los relatos de viajeros, exploradores, científicos, funcionarios y medios impresos, -como el Panama Herald-, no solo describieron Panamá y Colón, sino que produjeron una imagen persistente de ambas ciudades como espacios precarios, especulativos, transitorios y moralmente ambiguos.
Esa representación fue inseparable de la inserción del istmo en redes globales de comercio, transporte, información e imperialismo anglosajón durante la primera globalización. Lejos de ser un simple reflejo de la realidad urbana, tales discursos funcionaron como mediaciones que hicieron legible al istmo desde lenguajes de progreso, tránsito y civilización vinculados al destino manifiesto y la expansión hemisférica estadounidense, al tiempo que rechazaban o menospreciaban otras tradiciones de centralidad panameña, como la colonial.