Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
- 18/10/2009 02:00
Canta, oh musa el miedo de los sufridos istmeños, miedo funesto que los embarga cada vez que han de acercarse al nuevo Cuarto de Urgencias del Seguro Social. Tal cual una tragedia antigua, los asegurados penan cada vez que los funestos hados los hacen enfermar, a ellos o a sus familiares.
Aceptad la guía que os brindo y entremos en el primer círculo del Infierno a visitar a un enfermo: este círculo es una carrera de obstáculos, gente, carros mal aparcados en el acceso, y nadie que te indique donde está tu familiar.
Una vez en la puerta, segundo círculo, nos ataca el sempiterno olor a pixbae y empanadas. Lo que para algunos es manjar de dioses, para las embarazadas con ascos o para los enfermos del estómago es una tortura insufrible que los enferma aún más, sin hablar de lo insalubre de la comida sin ningún tipo de protección, con gente enferma tosiendo cerca y las miasmas del hospital pululando en el aire. Pero eso no parece importarle a nadie (¿será que no se le ha ocurrido pensar en lo que están ingiriendo?).
Tercer círculo infernal: en horas de visita la cosa empeora, las multitudes se apelotonan en la puerta, empujones, gritos y gente que obviamente se cuela, aprovechándose de que el panameño no suele protestar ante el descaro y la mala educación.
Cuarto círculo, los fines de semana la cosa aún se pone peor, ya que solo hay media hora de visita al día para los enfermos en el flamante sector de observación.
Quinto círculo, hay que hacer fila y enfrentarte al Cancerbero en la figura de una funcionaria que, a pesar de los múltiples cartelitos llenos de caritas alegres que te informan de lo felices que están todos de atenderte, tiene cara de querer arrancarte de un mordisco la cabeza y zampársela para almorzar. Ella te dará un número y reza para que sea antes de que termine la media hora de visita, porque sin suerte, no puedes entrar a ver al enfermo.
Hemos entrado entonces al sexto círculo del Infierno, en pasillos laberínticos los enfermos se retuercen en camillas improvisadas con las sillas que los enfermos de diálisis no necesitan porque ellos no tienen con qué hacérsela. Los pobres asegurados pagan allí todos sus pecados.
Llantos quejumbrosos y ruegos de ayuda se escuchan mientras caminas hacia el séptimo círculo. En él, los enfermos que han logrado habitación y cama, están confinados en ellas, con un pañal para adultos puesto, el cual no les cambian más que cada siete u ocho horas, algunos esperando que les hagan un procedimiento que debería ser ambulatorio, pero que no lo es por negligencia médica, por falta de insumos o porque los quirófanos no son estériles ya que una avería en un baño del piso de arriba, que llevan años sin arreglar, llena de moho las habitaciones estériles.
En el octavo círculo tenemos la frustración de tener que tratar con bípedos infames vestidos de blanco que sin atisbo de caridad, ni cristiana ni de otro tipo, ningunean a los que sufren creyéndose los que deben decidir quien vive y quien muere.
Por último, si el enfermo logra sobrevivir al marasmo del poco importa y la necedad entra en el noveno círculo, le dan el alta. ¡Por fin! ¿Creen ustedes que han terminado sus sufrimientos? ¡No! Resulta que ha tenido la mala suerte de que esto ha pasado en domingo, que es el día en que Dios descansó ¿verdad? Pues mire usted que los residentes de turno también descansan en domingo, y el, nunca mejor denominado, paciente va a tener que esperar sufriendo todo esto, hasta que al residente le apetezca regresar de la playa.. Mientras, esa cama está ocupada y en los círculos inferiores otros condenados, digo, asegurados, ruegan por una..
El Infierno existe, y está más cerca de lo que se creen, sí, aquí mismo, en la Transístmica, a la vuelta de la esquina.