El primer recorrido de prueba del monorriel, desde Patio y Talleres hasta Ciudad del Futuro, se registró la tarde del lunes 13 de abril, con esta prueba...
- 12/12/2010 01:00
Por el centro de la calle viene acercándose un hombre pequeño y más bien grueso junto a quien camina confiado y dócil un hermoso alazán. El hombre es Dilio Long, el jinete activo de mayor edad en Panamá y el caballo es Vino Tinto, con quien el jockey ha ganado ya cuatro carreras. Camina sin apuro acariciando de cuando el cuando el cuello del animal y sin soltar las riendas se detiene al vernos, interrogando con la mirada y esperando una explicación sobre nuestra presencia en su lugar de trabajo.
A sus 68 años y pese a que tres veces ha estado al borde la muerte, Dilio es todavía un hombre fuerte. Un hombre que pese a su pequeña estatura, ha luchado desde los 15 años – cuando pudo galopar por primera vez a la yegua Golden Moon, gracias a la confianza depositada en él por el desaparecido preparador Prudencio Pinillo Pérez – contra su peso siempre superior en 10 o 12 libras al exigido para un jockey. Sobre Long se cuentan cosas. Dicen que tiene una faceta oscura de su estancia en México y que no puede regresar allá. Dicen que lo están tentando para que se vaya a Estados Unidos. Dicen que no tiene las cuotas para jubilarse y dicen también que probablemente es el jockey más viejo en Latinoamérica que todavía compite.
LA GÉNESIS
Lo cierto es que por sus manos nervudas, callosas y quemadas por el sol han pasado millones de dólares sin quedarse, los millones de los premios ganados tanto en Panamá como en el exterior a lomo de puras sangre que lo han llevado al éxito. ‘Yo sé lo que es ser rico y lo que es ser pobre’, dice el jockey. ‘Yo recogí un premio como de 3 millones de dólares, y como lo recogía lo regalaba’, relata en una trama idéntica a la que protagonizan otros deportistas panameños - Hilario Zapata, Rafael Ortega, Braulio Baeza y José Luis Garcés por citar algunos -. Esas mismas manos que acarician la cerviz de las nobles bestias en la pista, tensan las riendas y empuñan la fusta para lograr la obediencia del caballo, son las que años atrás limpiaban el calzado ajeno, cargaban bolsas de víveres y javas de pescado en el mercado y ofrecían periódicos en la calles. ‘La Estrella’, ‘El Extra’ y ‘La Hora’ también pasaron por sus manos.
Época lejana aquella en la vida de Dilio Long, quien recuerda con nostalgia los días de su infancia y su inclinación natural hacia los animales. ‘Una vez me encontré un perrito atropellado en la carretera y lo llevé a Capira donde vivía con unos padrinos que me tenían desde los 4 años y lo cuidé’, recuerda. Después, en el campo vinieron el ganado y los caballos y más tarde la capital y el hipódromo. ‘Como que Dios puso a los caballos delante de mí’, dice Dilio. ‘Yo no quería ir para la escuela y a los 11 años me venía para acá (al hipódromo) y dormía sobre los techos. Me hice a la brava, nadie me enseñó’, rememora.
Cuando le autorizaron para entrar a pasear y montar los caballos al hipódromo tenía apenas 12 años. El entrenador jamaicano Henry ‘Takeaway’ White le brindó la oportunidad y le daba los caballos indóciles, pero al enfermar éste, Dilio tuvo que dejar el establo. Después de ese primer galope en Golden Moon se fue dando a conocer y entonces durmió envuelto en plástico, tomó laxantes y dejó de comer para poder obtener la licencia de jockey. Pero solo pudo bajar hasta 102 libras, 10 por encima de las reglamentarias, obteniendo aún así el documento y entonces llegó a su primera carrera en 1960 a lomo de ‘Sosiego’ un caballo argentino con el que quedó en último lugar. Decepcionado se aisló en Capira, pero nueve meses después al ver ganar a otros jinetes que aprendieron junto a él, decidió regresar.
No es un hombre locuaz, quizás no tenga muchas razones para serlo. Su vida ha sido dura y sigue siéndolo. Lo confirman los comentarios al paso de otros grooms, de dueños de caballos, de otros jockeys. ‘El gobierno debía subsidiarlo’. ‘No tiene de qué vivir’. ‘Las cuotas no le alcanzan’. ‘Ayúdenlo, ustedes pueden’. Es el clamor general pero el propio Long no ha dicho nada al respecto, no se queja. Los demás hablan por él, se nota que lo aprecian y lo consideran.
A principios de 1961 ni bien regresó a la pista, llegó el triunfo. ‘Me dieron a la yegua chilena ‘Mi Gaita’ y gané mi primera carrera Se la gané a uno de los mejores jinetes, el chileno Fernando Álvarez’, cuenta Long. Ese año ganó entre 27 y 30 carreras, pero por el peso no pudo más. Al año siguiente, gracias a las gestiones del boxeador cubano-mexicano Ultiminio Ramos que vino a pelear a Panamá consiguió irse a un establo en México y allí debido al frío bajó de peso y montó como profesional. Dos años más tarde regresó a Panamá y ya figuraba en las ‘grandes ligas’ de la hípica.
Se considera un ‘jockey calculador’. ‘Mi carrera es atrás siempre, tranquilo, la carrera se gana solo cuando se pasa la meta’, dice recordando momentos de gloria. También recuerda al mejor caballo que ha montado. ‘Río Caudaloso, se llamaba’, dice nostálgico. ‘Se acomodaba a cualquier distancia, éramos como una pareja, iba a la pista orgulloso y yo nunca llegué a pegarle’, remata Long.
TODO UN ‘SIETE VIDAS’
Dilio Long parece un hombre condenado a vivir. Con una sonrisa desmantelada – casi como una casa sin muebles – que lo hace parecer más viejo de lo que es, recuerda las tres veces que la muerte lo confrontó pero pasó de largo por su camino. ‘¿Me quiere ver sudar de miedo?’, pregunta. ‘Póngame a cambiar un foco’ responde recordando la primera vez que hubiese podido perder la vida cuando en el hipódromo a sus 10 u 11 años un hombre malintencionado le pidió que metiera la mano en una tina donde calentaba agua con electricidad para probar la temperatura. Con la inocencia propia de su edad lo hizo y la descarga eléctrica lo lanzó a varios metros de distancia, de ahí su miedo. En represalia le rompió al hombre todos los vidrios del carro y huyó.
La segunda vez, a principios de los años 70, durante una carrera le cayó un caballo encima y le afectó cuatro vértebras, dejándolo inválido. Los médicos lo desahuciaron y Long piensa que se curó él mismo gracias a la fuerza de voluntad que Dios le dio. Se enterraba en la arena caliente de la playa durante todo el día, trataba de nadar en un ojo de agua salada y finalmente un indígena de Darién empezó a visitarlo y aplicarle ungüentos en las piernas y la columna. ‘Unos seis meses después del accidente estaba encima de un caballo otra vez y cinco meses más tarde volví a correr en una yegua loca llamada ‘Nanay’ y no dejé de hacerlo por varios años más’, recuerda Long.
Entonces llegó el tercer accidente. Esta vez en México entre los años 76 y 77, durante una carrera. Acababan de salir los caballos de la gatera y el que Long montaba, al ver la puerta de la caballeriza abierta quiso cambiar la dirección y al doblar intempestivamente frenó y lanzó al jinete por encima de su cabeza contra una pilastra. El resultado: la cabeza rota, una clavícula y algunas costillas quebradas y un coma de 9 días. Después de 9 meses hospitalizado Long, tercamente, volvió a montar. Hoy cuenta con 33 fracturas en su anatomía y con 13 piezas artificiales.
CON EL FUTURO A LA VUELTA
Dilio pretende seguir montando hasta los 70 años, es decir dos más y después sueña con retirarse en Capira a criar un caballo que gane una carrera. ‘Yo lo único que quiero es que nadie me moleste y no molestar a nadie’, dice casi como para sí mismo. Su propósito es hacer un mínimo de 10 montas al mes, o 120 por año, lo cual le permitiría ganar al menos una carrera mensual. Por un lado, esto le significa recibir el 10% del premio, que junto a una pequeña suma por caballo perdedor - cuando pierde - y lo que gana por amansar caballos constituye su ingreso principal. Por otro, le permite mantenerse activo como jockey y posponer un poco la última carrera sin retorno: la del olvido.