“Sobreviví al Holocausto para contar mi historia”

Un pájaro con plumas de un azul tenue entra volando por el balcón, interrumpiendo abruptamente la conversación. El ave es atraída por la...

Un pájaro con plumas de un azul tenue entra volando por el balcón, interrumpiendo abruptamente la conversación. El ave es atraída por la pálida luz que se cuela por una ventana, sobrevolando la jaula de Mandy, un canario de un grueso plumaje color beige. “Es su amigo”, bromea la cantante y pianista Marianne Grannat, mientras observa con preocupación cómo el azulejo invasor tienta con su vuelo a su mascota, que ya se ha escapado en tres oportunidades, siempre para regresar después.

“A Mandy me lo regalaron. Al principio fue difícil acostumbrarme a él. No me gustan los animales enjaulados”, explica esta mujer de origen judío, cuyo rostro lleno de candor esconde el temple de su carácter.

Hoy en día, este canario y una mujer de origen asiática llamada Lucy, quien se encarga de hacer las compras y de los quehaceres domésticos, son la única compañía de esta sobreviviente de uno de los episodios más oscuros de la Segunda Guerra Mundial: el Holocausto, es decir, el exterminio sistemático de aproximadamente cinco millones de judíos por el régimen de Hitler.

El pasado martes se cumplieron exactamente 70 años del inicio de este conflicto bélico, una conmemoración que en el caso de personas como Marianne -que experimentó junto a su hermana y sus padres el horror de Auschwitz- reabre antiguas heridas y vuelve a plantear interrogantes que aún no encuentran respuestas.

Nacida en la localidad de Vac, Hungría, en el año de 1924, Marianne y su hermana Georgette crecieron con la noción de que Alemania era “el país de la cultura”, la patria de genios musicales como Bach y Bethoveen y de escritores de la talla de Friedrich Schiller, Herman Hesse y Thomas Mann. Del vecino país también provenían las maquinarias y los artefactos más avanzados. “Yo hablo alemán desde que nací. Alemania era nuestro mundo. Para mí es incomprensible cómo los alemanes pudieron elevarse tanto para después caer en esa bajeza, en esa bestialidad”, dice dejando entrever su consternación.

Después de su experiencia en los campos de concentración nazis, en los que permaneció desde el 10 de julio de 1944 hasta el dos de mayo de 1945, cuando ella y su hermana fueron liberadas por el ejército ruso, Marianne dejó de hablar alemán. Es más, le resulta casi insoportable escuchar a alguien que no sea judío hablando en esa lengua. Tampoco tiene mucha paciencia frente a quienes aseguran que el Holocausto nunca ocurrió. A este tipo de personas los considera unos fanáticos con los que es imposible sostener un diálogo racional. “Tratar de convencer a un fanático es como intentar hacer que un toro vaya detrás de un color que no sea el rojo”, sentencia utilizando una frase de su esposo, un rabino al que conoció cuando retornó a Hungría al final de la guerra. +3B

Con la intención de evitar que las nuevas generaciones caigan en la trampa de aquellos que niegan el Holocausto, Marianne escribió, durante una estancia de ella y su familia en Francia, un libro que llevaba por título “Cendre” (Cenizas). “Lo escribí hace unos 35 años. Lo hice por mis hijas, por un lado, pero también porque quería sacar esa pesadilla fuera de mí. Me ayudó mentalmente, me permitió poner todo aquello a un lado, al menos por un momento”, explica.

PARA ESCAPAR DEL HORROR

Con sus dos hijas y su esposo Alexandre llegó a Panamá en enero de 1981, procedentes de El Salvador, país que fue su hogar durante 23 años. Una vez en el Istmo, su marido se desempeñó como rabino de la Congregación Kol Shearith Israel.

Cuando su esposo falleció en 1995, Marianne volvió a sentir la proximidad de la muerte que no experimentaba desde sus meses en Auschwitz y en otros campos de concentración como Bergen-Belsen, Braunschweig y Rawensbrück. Consciente de su propia mortalidad, tomó la decisión de publicar una traducción al español del libro que había publicado en Francia décadas atrás, donde narra las vivencias de su terrible cautiverio.

Varias personas colaboraron con Marianne en el arduo proceso de revisión y traducción del texto, que llevó casi una década. Al principio, a la autora se le hacía muy doloroso releer las páginas de su propio testimonio. Es por esta razón que el proyecto literario quedó engavetado hasta 2009, año en que, a raíz de unas declaraciones de un obispo inglés en las que minimizaba las proporciones del Holocausto, Marianne se convenció a si misma de la necesidad de finalizar la obra. “El dijo que las cámaras de gas nunca existieron, que solo fueron 300 mil los judíos que fallecieron debido a enfermedades y al trabajo forzoso. Eso me golpeó”, rememora la autora, quien durante el proceso de traducción final corrigió varios textos y añadió información sobre aquella época, que encontró en los sitios webs de algunos diarios europeos. Por ejemplo, que en las cercanías de uno de los campos de concentración donde permaneció cautiva oficiales de las SS, como se le conocía a la guardia personal de Hilter, tomaban el sol junto a sus esposas, indiferentes al asesinato en masa que tenía lugar durante 24 horas al día en las cámaras de gas cercanas.

¿DESTINO O SUERTE?

Entre las pavorosas vivencias que ha plasmado en “Nuestras cenizas”, obra que fue publicada meses atrás en Panamá y que fue presentada en la pasada Feria del Libro, están las tres oportunidades en las que, gracias al azar, Marianne se salvó de una muerte casi segura.

La primera ocasión en que la suerte le permitió conservar su vida fue cuando en Auschwitz la llevaron a una barraca que hacía las veces de hospital. Tiempo después, cuando sus captores se percataron de que no padecía de viruela, la dejaron retornar junto a su hermana. Ambas habían sido asignadas a una barraca que “era como una reserva en caso de, por cuestiones de falta de transporte, necesitaran más personas para meter en la cámara de gas”. Dos semanas después, un alto oficial nazi dio la orden de que todos los enfermos del hospital fueran llevados a la cámara mortal.

En la segunda situación, la suerte jugó un papel menos preponderante, aunque a Marianne le cuesta trabajo aceptar que fue su coraje y determinación por mantenerse con vida lo que la salvó. El episodio se dio durante un viaje en tren en el traspaso de un campo en concentración a otro. A causa de la alimentación deficiente (todos los días recibían apenas un pan con un poco de margarina, un brebaje caliente al que ella se rehúsa a llamar 'café' y una sopa en la noche), Marianne sufría un envenenamiento en la sangre que había ennegrecido por completo uno de los dedos de su mano. Atravesaban un bosque a poca velocidad. Marianne aprovechó unos preciosos segundos en los que unos de sus vigilantes de las SS se distrajo y saltó del tren, corriendo hacia otro que avanzaba en dirección opuesta. Lo abordó rápidamente y ubicó a un doctor que atendía a unos soldados malheridos. Sin preguntarle nada, el galeno le aplicó una crema negra sobre su dedo. Casi sin tiempo para agradecerle, abandonó el tren y retornó junto a su hermana.

Si estas dos circunstancias fueron verdaderamente dramáticas, el 14 de abril de 1945 a ella y a su hermana les tocó vivir algo que puede ser catalogado como un verdadero milagro. Ese día tuvieron la oportunidad de conocer por dentro una cámara de gas, de cuya existencia se había enterado Marianne gracias a una oficial de la SS que durante las noches la mandaba a llamar para deleitarse con su voz. “Los SS nos hicieron entrar a la cámara mientras nos gritaban que Rosevelt, quien había fallecido ese día, nos esperaba en el interior”, recuerda. Durante un tiempo que Marianne calcula en unas 24 horas, las dos hermanas estuvieron esperando que el gas fuera liberado. El apoyo mutuo fue lo único que evitó que se rindieran por completo al pavor. “Yo le dije a Georgette: ‘Quisiera que esto terminara. Ya no aguanto más’”, rememora. A pesar de que los oficiales nazis estaban listos liberar el gas, en ese momento recibieron órdenes del propio Heinrich Himmler, comandante de las SS, para detener la matanza en todos los campos de concentración. Al abandonar el siniestro edifico, Marianne y su hermana fueron recibidas por una doctora, quien les aseguró: “¡Se han salvado!”.

No obstante su martirio estaba lejos de finalizar. Las hermanas y el resto de los sobrevivientes judíos comenzaron lo que se conoce como la “Marcha de la muerte”, donde recorrieron 35 kilómetros hasta Retzow, otro campo de concentración. En este lugar fueron dejadas en libertad por los soldados alemanes, que retrocedieron ante el avance del frente ruso.

Les tomó unas tres semanas regresar a Hungría, a pie. Marianne asegura que una vez en casa comenzó su “trauma” al recibir noticias de sus padres, quienes fallecieron a manos de los nazis.

Desde su liberación han pasado los años y con ellos un poco de alivio. “Ahora percibo todo aquello como si estuviera un poco más lejos de mí. Ya no siento esa gran herida, veo las cosas con más tranquilidad, más objetividad y siento que tengo que hablar, que por eso permanecí con vida”, manifiesta dispuesta a alzar su voz para convencer a los incrédulos de que lo que ella vivió no fue un mal sueño de la historia, sino una terrible realidad, de la cual le quedaron indelebles en el alma heridas que quizás nunca lleguen a sanar, y en su antebrazo izquierdo el número con el que la identificaron en los campos de la muerte.

Lo Nuevo