Navidad en un albergue

H ay dos tipos de niños en los albergues de Chepo: los pequeños que se entretienen con cualquier cosa con la que tropiecen a su paso y l...

H ay dos tipos de niños en los albergues de Chepo: los pequeños que se entretienen con cualquier cosa con la que tropiecen a su paso y los más grandecitos que ya tienen conciencia de la tragedia que vivieron y que aún no termina. A los primeros se les olvida que es casi Navidad; a los otros el recuerdo de la fecha los hace llorar.

Así, las actividades en los tres albergues de este distrito: gimnasio La Higuera, escuela Santa Isabel y escuela Duque son también de dos tipos. A los más pequeños, los grupos religiosos les enseñan a dibujar y a pintar por las mañanas hasta cuando se aburren y se marchan al patio a patear una pelota.

A los más grandes los llevan a ver obras de teatro en la ciudad. Por esas horas, al menos, espantan el fantasma del agua entrando en sus casas y su salida en lanchitas con apenas los perros, únicas pertenencias que les permitieron llevarse consigo.

La pregunta de perogrullo es si es la primera Navidad que pasarán viviendo en escuelas y en gimnasios. Como son niños unos contestan alegremente que sí, otros miran a todos lados antes de responder. Esta mirada busca la aprobación de sus padres para hablar con este extraño, al que ven por primera vez.

PEQUEÑOS GRANDES TESTIMONIOS

Eymi, de 12 años, habla terciando la mirada. Está sentada en una de las gradas de metal donde los demás damnificados se sientan a esperar que se termine el día. Dice que es buena estudiante. Cuando le menciono la Navidad, apenas me mira. Aparece su madre, con los hermanos de Eymi. ‘Ella entiende que este año no le puedo comprar regalos, pero los chiquitos me dicen que cuándo vamos a comprar los juguetes’, reflexiona.

Eymi se escabulle de la timidez, o quizás la madre le ha dado permiso para hablarme sin yo darme cuenta. Los regalos del año pasado eran como los que recibe cualquier niño en la ciudad, scooters, barbies, patines o ropa nueva. Esta Navidad no sabe todavía si tendrá alguno.

La madre, en guardia siempre, cuenta que para el 8 de diciembre había gastado 300 dólares en regalos para la familia y para llevar a la iglesia. ‘En El Llano nadie podrá volver hasta no se sabe cuando, somos afortunados de estar con vida’, agrega. La población en este albergue es de 55 niños y 68 niñas.

Ruth, de siete años, Ángela de once, y Verónica, de ocho, pintan sobre una mesa. Las tres detienen los lápices cuando las observo. Les pido que sigan su tarea pero no lo hacen, insisto y logro animarlas un poco. Dibujan bosques. Ángela cuenta que el año pasado no le dieron muñecas. Dice que fueron a la iglesia antes de las 12 y que comieron jamón. Esta Navidad dice que no sabe que le darán, esconde la cara entre las manos y en la mesa queda un dibujo incoloro por terminar.

Ruth, hermana de Ángela, espera recibir una muñeca. Hunde los ojos en el papel. Ángela ha terminado el dibujo y pregunta a quién debe entregarlo. Le digo que a la religiosa católica que está en la entrada dibujándole los paisajes a los chiquitos que no saben hacerlo.

Verónica es más desenvuelta. Cuenta que en su casa no se celebra la Navidad. No le compran juguetes, no le escribe cartas al niño Dios ni a Santa Claus. Pinta flores. Le pregunto por sus padres y contesta que andan por ahí.

SOLIDARIDAD EN EL DESAMPARO

Los niños de los albergues han roto la barrera que separa una comunidad de la otra. En el centro del gimnasio, sentados en el concreto, cuatro niños juegan y gritan. Vladimir, Joel, Elías y Samuelito. Unos son de El Llano y otros son de la Cordillera Majé. La diferencia de piel es notoria para los demás, no para ellos, que han formando un círculo donde le dan vida a los juguetes.

Joel tiene diez años y cursaba apenas el primer grado. Le pregunto que cómo le iba en la escuela y contesta que mal, por que no estudiaba y se la pasaba jugando. Se me ocurre reprenderlo, decirle que eso es malo y que tiene que sacar buenas calificaciones, pero desisto.

Joel rebosa alegría. Es un niño pequeño para sus diez años y su alegría en parte se debe a que ya se acabaron las clases. Su Navidad el año pasado dice que la celebró con bombitas. Aprovecho para advertirle que es peligroso jugar con bombitas.

Vladimir dice que el año pasado celebró la Navidad jugando. Le pregunto qué regalos recibió etonces. Contesta que su familia le manda juguetes, no especifica de dónde es, asumo que de la capital. Es del grupo de chicos que se divierte en el albergue pese a las condiciones de superpoblación que desde el día de la madre se vive por los traslados de urgencia a este sitio.

Le pregunto que cómo se imagina la Navidad en este lugar. ‘Creo que aquí no van a hacer los nacimientos’, contesta. Donde vive ellos mismos lo acomodaban en la iglesia y hacían los techos de las posadas.

Elias cursa el kinder. Vive más cerca, en El Llano. Juega con una zorra de plástico. Le pregunto qué es ese animalito y dice que no sabe. Ninguno de los cuatro ha querido dedicarle tiempo a los dibujos y a la pintura. Están inmersos en una libertad que no saben hasta cuándo disfrutarán.

PALIATIVOS AL DOLOR

O cho días después de la llegada al gimnasio, a media mañana, una funcionaria entra con una bolsa plástica. Por un micrófono piden a los niños que se formen ante ella. A los más grandes se los han llevado a la ciudad. Formarlos en una sola fila es una tarea de minutos. Otras funcionarias ayudan a ubicarlos en una línea lo más recta posible. Los niños saben lo que contiene la bolsa, quizás los días anteriores también les hayan visitado.

La niña más extrovertida de este albergue es Elvis, toda una artista. Pinta, dibuja y pide que le tomen muchas fotos. No quiere pasar la Navidad en este lugar, espera que unos familiares vayan por ella y la lleven con ellos a La Chorrera. Tiene una costra en la parte inferior de la oreja que se rasca y le tiñe los dedos de rojo. No se lamenta por eso pero la llevan a la enfermería a pocos metros, la curan y regresa como si nada.

Dice que su casa se hundió. Lo cuenta sin asomo de amargura. Le pregunto sobre qué es lo que más le duele de la inundación. Lo piensa un rato y sigue pintando sin orden sobre un papel que acomoda en sus piernas. Pide más fotos y llama a otros niños para que la acompañen. Muestra una dentadura dispareja. Dice que sus primos en La Chorrera le darán juguetes, quizás esta esperanza le compense la pérdida.

Una mujer de unos cuarenta y cinco años de la congregación religiosa de San Cristobal, de Chepo, dice que todos los días tratan de hacerles olvidar lo sucedido a los niños. A diario les dedican tiempo, llevan pinturas, oraciones, dinámicas y actos culturales. Cuenta que los más pequeños requieren de más atención porque se ponen más inquietos.

Cuenta que a los más grandes les afectará menos pasar la Navidad lejos de casa, ellos pondrán comprender que sus padres no pueden comprarles nada y que tampoco pueden volver pronto a sus casas. El 22 les harán una fiesta de Navidad pero no conoce aún los detalles.

Antes de irnos hasta la escuela Santa Isabel donde viven otros 34 niños, asoman rostros más felices, están repartiendo los juguetes de la bolsa. Son juguetes pequeños. Un niño regresa y sin formar la fila, se acerca a la boca de la bolsa y pide otro juguete. Dice que le quitaron el primero que le dieron. Le preguntan que quién le quitó el juguete. ‘Mi mamá’, contesta lacónico.

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