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- 05/04/2026 00:23
Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022. Catorce meses más tarde, luego de recuperarse de una cirugía a corazón abierto, Héctor Abad Faciolince se trasladó a ese país de Europa Oriental invitado a una feria del libro. La idea era presentar la traducción al ucraniano de su libro El olvido que seremos.
Lo que sería un viaje literario se transformó en una experiencia directa de la guerra en Donetska, ya que el poeta y novelista colombiano recorrió zonas cercanas al frente de batalla.
En su último día, el 27 de junio de 2023, mientras cenaban en una pizzería en Kramatorsk, un misil ruso impactó el establecimiento. Este ataque dejó 13 muertos y más de 60 heridos. Entre las víctimas falleció la escritora ucraniana Victoria Amélina, quien era una de las guías de la expedición.
Cuando Faciolince fue a Ucrania no tenía la intensión, ni siquiera, de escribir una crónica periodística. Aunque su propósito cambió después de ese hecho devastador.
“Sentí la responsabilidad y la obligación de darle voz a esta joven. Poco a poco me di cuenta de su importancia, porque hasta ese momento no la había leído. La había conocido apenas tres días antes de que ella cayera herida de muerte”, rememoró durante un conversatorio digital organizado por Centroamérica Cuenta, festival que regresa a Panamá del 18 al 23 de mayo de la mano del Ministerio de Cultura.
Al volver a Medellín empezó a leerla, de un modo obsesivo, al darse cuenta de que Amélina tenía la misma edad de su hija Daniela. “Ambas nacieron en 1986, el año que había situado en el mapa a Ucrania, porque era el año de la catástrofe de Chernóbil, de cuando había explotado este reactor nuclear, que casi se convierte en una catástrofe planetaria, cuando todavía existía la Unión Soviética y Ucrania formaba parte de la Unión Soviética”.
Un año y medio antes de cerrar los ojos para siempre, Amélina abandonó la literatura y se dedicó a documentar los crímenes de guerra rusos en Ucrania. “Escribía ensayos, hacía discursos, participaba por todo el mundo en eventos para hacer conocer cuáles eran las mentiras rusas. Ella no podía escribir el testimonio de otro crimen de guerra en el que ella misma había caído como víctima”.
Quien sí lo redactó, desde el dolor, fue Faciolince. Se titula Ahora y en la hora y lo presentará en Panamá en el marco de Centroamérica Cuenta.
Recuerda aquella cita para comer. “Fue una última cena porque los fallecidos fueron 13 y 13 eran los que participaron en la última cena bíblica. Yo acepté a regañadientes ir hasta cerca del frente porque me sentía mal psicológica y personalmente. Me quejaba de mi proceso de envejecimiento: ir perdiendo el gusto, el olfato y el oído. Me cambié de puesto en esa mesa con Victoria porque oía mal”.
Uno de los más adultos de ese restaurante sobrevivió. “Y tanta gente murió, entre ellos, dos gemelas de 14 años. Todo hacía más difícil la escritura de este libro durante ese año y medio en el que estuve luchando y lidiando con él”.
“Me gustaría ser un escritor de los que cuentan historias con minúsculas, y que no tienen que meterse con la historia con mayúsculas, con la historia política de las naciones, con los acontecimientos violentos de mi propio país en su guerra interna, o de los países extranjeros en las guerras internacionales”.
Antes del viaje se vinculó al movimiento latinoamericano Aguanta Ucrania, inaugurado por Sergio Jaramillo, uno de los que estaba en esa mesa. “Esta invasión rusa anuncia un cambio de época en este nuevo siglo nuestro. Esa terrible violación del derecho internacional de Putin en 1922, es sólo el anuncio de lo que ha venido sucediendo después. Lo que creíamos que se había acabado después de la Segunda Guerra Mundial, y que se pensaba que una nueva legislación internacional iba que impedir, las violaciones territoriales siguen ocurriendo”.
La historia con mayúsculas se impone en sus libros. “En ‘El olvido que seremos’, sin que fuera un activista como mi papá (Héctor Abad Gómez, asesinado por grupos paramilitares en 1987), y en ‘Ahora y en la hora’, sin que fuera una persona valiente y luchadora por los derechos humanos de Ucrania como Victoria. En ‘El olvido que seremos’ la violencia colombiana se mete en mi casa, y en el caso de Ucrania, la violencia y la invasión rusa cae sobre la mesa donde estoy comiendo”.
Mientras escribía esta obra debutó como abuelo, por partida doble. “Mis nietos mellizos debían nacer en marzo de 2025 y tenía que entregar este libro en diciembre de 2024. El 29 de diciembre nacieron estos niños prematuros extremos. Y entonces tuve que escribirles a mis editoras: Carolina Reollo en España y Carolina López en Bogotá, que yo les digo Carolina del Norte y Carolina del Sur”.
Y les comunicó que hicieran lo que pudieran. Que él estaría en el hospital acompañando a su hija y a sus nietos. “Todos los días íbamos a la UCI, aquí decimos a cangurear, a poner piel con piel a estos bebés de menos de un kilo contra nosotros varias horas para que se salvaran. Mis editoras hicieron un trabajo de montaje cinematográfico, resolvieron qué cortar, qué quitar”.
Ahora y en la hora llegó a las librerías a mediados de 2025 “con una estructura que no es mía, es una estructura que me ayudaron a hacer mis dos grandes editoras. Esto nunca me había pasado. Todo lo que está en el libro lo escribí yo, sin duda, ellas no me escribieron ni una palabra, pero me dieron esta estructura que ustedes leerán”.
Durante la escritura del libro tuvo unos delirios que no sabe si llamarlos místicos o ficticios. “Tengo la sensación de que Victoria participaba en su elaboración, como que se metía en mi casa y me dictaba partes del libro. Victoria está muy presente y muy viva en la narración de este libro”.
Recibió una lección rara de la vida. “Esa sensación de que me estaba muriendo, sentido por sentido, con la sordera y todo esto, y que sea precisamente eso lo que me salva la vida. El hecho de que sintiera que mi futuro se reducía, y eso es real, es algo que nos pasa con la vejez. Llega un momento en que uno tiene muy claro que lo que le falta por vivir es mucho más corto que lo que ha vivido”.
La conmoción de la muerte de las gemelas y de Victoria, y luego el nacimiento de sus nietos, le dan una sensación “de que la vida me da una lección de futuro. Hay un cambio muy profundo en esa percepción triste, de antidepresivos, de psiquiatras que tenía. La vida me obliga a decir que no puedo ser una persona que ve todo negro y horrible, que hay algo absolutamente prodigioso y bellísimo en la vida. Siempre en mis libros había tratado de que eso apareciera, como una sensación de belleza, amor y verdad por las causas justas. Como si me estuviera abandonando con un ánimo un poco lúgubre, y la vida me dice: ‘a ver, date cuenta de la maravilla que es seguir para adelante”.