El jugador panameño analiza el séptimo lugar de Panamá en el Mundial de Flag Football y detalla el proceso clasificatorio hacia Los Ángeles 2028
- 06/09/2026 00:00
Gran parte de mi trabajo diario transcurre conversando con personas.
Personas atravesando decisiones, cambios, desafíos, nuevos comienzos. Personas que llegan con certezas y otras que llegan con muchas más preguntas que respuestas.
Después de tantos años de trabajar con personas, hay algo que sigue sorprendiéndome: muchas veces comenzamos una conversación creyendo que tenemos una idea clara de qué nos pasa, y terminamos descubriendo que había algo más.
Hace algún tiempo, alguien me hizo una pregunta.
No recuerdo exactamente dónde estábamos ni podría reconstruir hoy toda aquella conversación. Pero recuerdo la pregunta. Y, sobre todo, recuerdo el silencio que vino después.
No era una pregunta extraordinaria. No tenía palabras complejas ni escondía una gran teoría. Sin embargo, me dejó pensando.
Quien estaba frente a mí no intentó llenar ese silencio. No reformuló la pregunta. No sugirió una respuesta. Simplemente esperó. Y en ese espacio ocurrió algo: pude escucharme.
Ese silencio sostenido, sin apuro por llenarlo, es en el fondo uno de los actos más generosos que existen en una conversación: confiar en que el otro puede encontrar su propia respuesta.
Porque conversar parece sencillo. Lo hacemos todos los días. Pero estar verdaderamente presentes en una conversación es otra cosa.
Cuando alguien nos comparte un problema, casi instintivamente queremos ayudar. “Yo haría esto”. “¿Por qué no intentas aquello?”. “A mí me pasó algo parecido”.
Nace de una buena intención. Pero, casi sin darnos cuenta, dejamos de explorar el mundo del otro y comenzamos a llevarlo hacia el nuestro.
Escuchar requiere algo diferente. Requiere curiosidad para preguntar sin creer que conocemos la respuesta. Presencia para no estar preparando mentalmente qué vamos a decir después. Y cierta valentía para permanecer en silencio cuando todavía no hay nada que agregar.
En el coaching llamamos a esto escucha activa y presencia: dos de las competencias que sostienen cualquier buena conversación, y que no exigen técnica, sino disposición genuina a estar ahí para el otro.
Lo mismo sucede con una pregunta.
¿Qué quieres realmente?
¿Qué estás evitando?
¿Qué necesitas hoy?
¿Qué estás viendo ahora que antes no veías?
No hacen falta preguntas extraordinarias. A veces, una pregunta sencilla, hecha en el momento adecuado y desde una curiosidad genuina, puede ayudarnos a mirar desde un lugar completamente diferente.
Vivimos rodeados de respuestas. Podemos acceder a información en segundos y contamos con herramientas capaces de ofrecernos alternativas cada vez más rápidas y sofisticadas.
Pero hay respuestas que nadie puede construir por nosotros.
Quizás por eso sigo creyendo profundamente en el valor de generar espacios para detenernos, pensar y escucharnos.
No siempre para encontrar una solución inmediata.
A veces, simplemente, para cambiar la pregunta.
O para ponerle palabras a algo que hasta entonces era solo una sensación.
O para descubrir que aquello que parecía tener un único camino tenía varios.
De aquella conversación he olvidado casi todo. Pero todavía recuerdo aquel silencio.
Y quizás esa sea una de las cosas que más he aprendido trabajando con personas: una buena conversación no necesariamente nos deja una respuesta. A veces nos deja una nueva forma de mirar.
Desde el coaching sostenemos justamente esa mentalidad: apoyarnos en la escucha activa y la presencia para generar espacios de reflexión donde el otro pueda descubrir posibilidades que antes no veía. No hace falta ser coach para practicarlo: alcanza con preguntar más, opinar menos y animarse a sostener el silencio en lugar de llenarlo.