La dignidad que queda

Para aquellos que nacimos en la década del sesenta y adquirimos desde la adolescencia una conciencia política temprana, el nombre de Gad...

Para aquellos que nacimos en la década del sesenta y adquirimos desde la adolescencia una conciencia política temprana, el nombre de Gaddafi nos ha acompañado casi toda una vida, como el de otros personajes políticos, dictadores, que se han querido eternizar en el poder. Y, finalmente, lo vemos ahora, desgarrado y aferrado al poder, defendiendo (en nombre de la revolución y del pueblo) lo indefendible: su tiranía.

En efecto, el nombre de Gaddafi pertenecía a ese panteón de líderes tercermundistas, no alienados y anticolonialistas. Su libro Verde, que es un mal cuento escrito para fieles y epígonos, se convirtió si bien no en una referencia obligada, sí, en una especie de texto-culto que, junto con el Libro Rojo de Mao Tse Tung, circulaba en Panamá (aunque muy escasamente) entre los infames textos del desaparecido PCUS para la formación de los jóvenes "cuadros". Pero esto ya es historia.

Lo interesante es ver cómo una serie d e déspotas (del desierto y del tropico) han sobrevivido a la Guerra Fría, cómo han sido "recibidos", "integrados", y "aceptados", incluso, por la llamada comunidad internacional democrática y liberal, aunque jamás creímos que pudiera existir tanto cinismo político y humano como para extenderle la alfombra roja a este personaje que se ha especializado (con sueños dinásticos) en empobrecer y quitarle toda dignidad a su gente. Pero si algo de dignidad tiene que existir en el mundo, por suerte, lo está demostrando la misma gente, sus cientos de miles de jóvenes, dispuestos a quitarse de encima una de las peores herencias de la Guerra Fría, después de la afortunada caída del muro de Berlín.

Es un dictador que habla de democracia, no obstante, su democracia, que es una "revolución permanente" (concepto que lo ha tomado prestado del anticuario trotskista) ha consistido en desmantelar a la sociedad civil de toda posible oposición y con sus "células revolucionarias" (vocabulario tan conocido en América Latina) ha controlado y oprimido a su gente. Gaddafi, en fin, no ha querido tener ciudadanos, condición sine qua non, de toda democracia, sino súbditos, gente sometida a su despotismo, y ojalá esa ola de indignación popular se extienda a Pakistán, a Palestina, a Irán y a Afganistán, donde imperan regímenes corruptos y falsamente democráticos. Ojalá.

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