La ruta de las letras

  • 16/08/2015 02:00
Un recorrido por la vida de las librerías locales, los sueños, retos y la evolución de este oficio para románticos

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Desde la esquina donde se tropiezan la calle 1ª Perejil con vía España se divisa un letrero en rojo, azul y blanco al otro lado de la avenida.

La acera de enfrente, salpicada de gris, suciedad y décadas, hace alarde de su más reciente colección de señales para no estacionar.

Imperceptible, para quien ni la conoce ni la está buscando, se asoma la fachada del último albergue de libros, literatos y literatura de ‘aquellos años', que aún se sostiene: la Librería Cultural Panameña.

Tras el mostrador, un señor se encuentra inmerso en su conversación con un pequeño que busca material didáctico para hacer sus tareas.

Desde las alturas, a lo ancho y profundo del local, cientos de miradas de autores panameños vigilan celosamente la colección de tesoros.

El joven cliente parte satisfecho y Luis Fernando Fraguela alza la mirada, sonriente, listo para servir a su siguiente visitante.

Se trata del hijo del llamado último ‘bibliófilo' de Panamá, Amador Fraguela, profesor de español especializado en lingüística quien, en 1953, decidió asumir su pasión y estableció, con el apoyo de su padre, una librería detrás del histórico café Coca Cola y frente al Teatro Amador, en el área de Santa Ana.

Eran épocas en que mucha gente leía en Panamá, pues ‘no existía la tecnología y otras formas de entretenerse', explica Fraguela hijo.

A través de los años, su padre inauguró sucursales en San Miguelito y avenida Perú. Esta era una sucursal ‘con mucho glamour ', recuerda Fraguela.

La Librería Cultural se convirtió en el punto de encuentro de grandes escritores panameños. El poeta César Young Núñez evoca, alegre, las tertulias sabatinas con personajes de la talla de ‘Rogelio Sinán, Neco Endara, Ramón H. Jurado, Demetrio Korsi o Mario Calvit'.

En ella, se encontraban libros que traía el viejo Amador de sus viajes por Europa, para surtir la colección con textos que las distribuidoras istmeñas no le ofrecían.

‘En tiempos de la revolución cubana, él [Amador] traía los libros de izquierda y a nosotros, que eramos simpatizantes —¿quién no era comunista a esa edad?—, nos decía, ‘hay aguas negras', lo que significaba que habían llegado los libros', recuerda el escritor Neco Endara.

Hoy en día el espacio ofrece una variedad desde literatura infantil, hasta fonoaudiología y misticismo, pero se distingue por tener el mayor surtido de literatura panameña en el país, algunas publicadas bajo el sello de la librería, al punto de que sus clientes le han llegado a crear una consigna extraoficial, ‘Si no lo consigo en ‘La Cultural', no lo consigo en ningún lado'.

Durante los meses previos a la invasión de Estados Unidos tuvieron que cerrar la sucursal de San Miguelito y la de Santa Ana. La de avenida Perú ya se había mudado a Perejil, donde está hoy. ‘Los gastos eran mayores que las ventas y decidimos centralizar todo', cuenta Fraguela.

Desde la muerte de Amador en el año 2000, Luis Fernando asumió el título de ‘librero oficial', aunque la época dorada de las librerías ya había pasado.

La realidad actual es que tener una librería en Panamá no es el negocio más lucrativo. Esto es en parte por el rápido acceso a la información que ofrece la tecnología, las nuevas opciones de entretenimiento y un mercado de lectores limitado. El librero moderno debe ponerse el sombrero creativo para mantenerse a flote.

‘Hemos tratado de ofrecer libros a través de escuelas, farmacias y otros puntos de venta', señala Fraguela. ‘También llevamos libros a domicilio, a raíz de que frente al establecimiento han prohibido el estacionamiento'.

A esto agrega que hacen círculos de lectura una vez al mes, se anuncian en la radio y procuran tener siempre al día su oferta. Además, venden material didáctico que, junto a los ‘lectores obligados', es realmente lo que mantiene vivo el negocio.

A pesar de las dificultades, La Cultural no morirá, mientras Fraguela esté a la cabeza.

‘A veces quisiera dejarlo e irme a la isla más lejana, pero no puedo. Me unen muchos recuerdos, hay muchos sentimientos, anécdotas y amistad', expresa. ‘Además, le tengo gran amor a los libros y fui testigo del cariño con el que mis padres levantaron esto. Tengo alma de librero'.

LAS QUIJOTESCAS

El Hombre de la Mancha y Exedra Books surgieron a la vuelta del siglo, al tiempo que se fueron apagando, junto con sus dueños originales, las que fueron contemporáneas a La Cultural: las librerías Preciado, Argosy y Menéndez.

Detrás de los espacios actuales, hay dos mujeres apasionadas por los libros y con ganas de aportar a la cultura del país: Orit Btesh y Sheila Endara de Terán.

‘Yo quería que mis hijos crecieran en un país con más cultura', explica Btesh. ‘Cuando viajaba tenía que traer maletas de libros porque aquí no había, así que decidí abrir una librería'.

En el proceso, Btesh entendió que no podía comprar solo lo que ella quería leer, porque no se vendía.

‘En Panamá se lee mucho Paulo Coelho, libros de superación, de adultos jóvenes o bestsellers ', señala. Pero además de traer lo que complace a la mayoría de su clientela, Btesh llenó el nicho de textos especializados en temas de psicología, diseño, arquitectura y filosofía'.

Mas el objetivo principal de Btesh con el Hombre de la Mancha siempre ha sido elevar el nivel cultural del país, no hacer dinero, por lo que nunca ingresó al mercado de los textos escolares, el más lucrativo. ‘Yo no vivo de esto', confiesa.

Para atraer a los más pequeños, a quienes considera la población más importante, los establecimientos ofrecen la ‘hora del cuento' y clases de pintura. Esta iniciativa, inadvertidamente, cumple un doble propósito.

‘Muchas de las madres que traen a sus hijos nunca han leído y mientras esperan en la cafetería van agarrando libros y metiéndose poco a poco en la lectura'.

Tras quince años como librera, la también presidente de la Cámara Panameña del Libro y organizadora de la Feria Internacional del Libro, cuenta con nueve sucursales, incluyendo la más reciente en Santiago de Veraguas. ‘En los próximos meses abriremos otra, ‘Hombre de la Mancha Kids'.

La mayoría se encuentran localizados en centros comerciales.

‘Ha sido duro económicamente, porque estar en un mall cuesta 10 veces más que estar afuera', señala. ‘No nos trae 10 veces más la clientela, pero el potencial está allí '.

Su coetánea, Exedra Books también nació a partir de un amor hacia los libros. Tras jubilarse, a Sheila Endara de Terán se le metió entre ceja y ceja que abriría una librería, un poco a raíz de añoranzas desactualizadas sobre el nivel de lectura en el país.

‘Yo no tenía idea de que no era un negocio lucrativo... Pero en Panamá me he dado cuenta de que es una lucha cuesta arriba', relata Endara. ‘En los años setenta se leía muchísimo, y con ese recuerdo fue que yo inicié'.

Su esposo, Rodrigo Terán, sostiene que ‘si la tuviéramos como negocio la habríamos cerrado hace rato'.

Sin perder la ilusión, Endara fue dándose cuenta de que había un problema de comprensión de lectura en el país, y por eso muchos no leían. ‘Ahora tenemos un centro de comprensión de lectura para niños, jóvenes y adultos'.

Para mantenerse en pie mantienen puntos de venta en hoteles, y le suministran libros de literatura a varias escuelas.

‘Siempre estamos trayendo los últimos bestsellers , vendemos ebooks a través de nuestra página web y contamos con un carrito de ventas en línea', señala Terán. Así, traen encargos especiales para sus clientes, y también entregan a domicilio. Sus dueños consideran que Exedra, además, brinda el mejor surtido de libros en inglés en Panamá.

Igualmente, ofrecen círculos de lectura, un salón de eventos y cafetería.

ESPACIOS ALTERNATIVOS

El panameño ‘no tiene la costumbre de pasar la tarde en una librería', advierte Btesh.

Y, ¿si el libro se les atraviesa por el camino habitual?

‘En Estados Unidos, las grandes cadenas de librerías han desaparecido y el fenómeno más común es ver el mueble de libro en diferentes lugares', nota Rodrigo Burgos, vicepresidente ejecutivo de Distribuidora Lewis. ‘Para no sentarte a esperar a que el cliente vaya a verte, tú vas a ver al cliente a los diferentes lugares a los que él va'.

Esa ha sido la estrategia de negocios de tiendas como Gran Morrison, Arrocha, Sanborns y Riba Smith, cuyo único enfoque no es la venta de libros, pero allí los tienen, esperando seducir al cliente incauto.

‘Para nosotros el negocio de libros es bueno porque la gente va a comprar un disco o un cosmético, y puede comprar un libro', explica Burgos. ‘Nosotros no tenemos librerías, pero nuestros departamentos de libros son más grandes que cualquier otra librería en el país'.

Arrocha tuvo a su cabeza al Dr. César Arrocha Graell, aficionado a las artes y la literatura, que quiso elevar el potencial de sus tiendas más allá de la venta de medicamentos.

‘Arrocha no es una librería, pero con más de 26 sucursales y horarios convenientes todos los días, marca una pauta importante en cuanto a la venta de libros en Panamá', considera Lorena Roquebert, supervisora de libros y revistas de Farmacias Arrocha.

‘Nos esforzamos por ir más allá de los bestsellers del momento', añade Roquebert.

En ocasiones programan actividades con los autores. ‘Hemos tenido presentaciones importantes de libros, abiertas para todo público que han sido bien recibidas'.

La tienda por departamentos y restaurante Sanborns llegó de México hace siete años, para instalarse en una esquina muy concurrida del Mall Multiplaza Pacific. A su departamento de libros no le va mal, y su oferta incluye textos que en otras librerías no hay, traídos de México.

‘La lectura es muy buena en Panamá', estima Roberto Herrera, jefe de departamento de libros de Sanborns. ‘Los fines de semana muchos jóvenes pasan a ver y comprar libros'.

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LA INVASIÓN

Literatura, el bien menos codiciado

‘Para la invasión no les dio por fijarse en los libros', comenta Luis Fernando Fraguela, de la Librería Cultural Panameña. ‘Me contó un vecino que cuando pasaron por aquí saqueando locales, uno se fijó por la rendija de nuestra verja y le dijo: ‘deja esa vaina, que allí hay puro libro'.

Pero entre las anécdotas, un empleado de la difunta Librería Menéndez, relató que en su local sí llegaron a introducirse, aunque solamente se robaron unas plumas Cross y unas calculadoras, mientras que los libros permanecieron intactos.

La historia es otra para Rodrigo Burgos, vicepresidente ejecutivo de Distribuidora Lewis.

‘Durante la invasión nos saquearon todas las tiendas [Gran Morrison] y quedó solamente una, donde está ahora el Novey de Paitilla', comenta. ‘En su mayoría encontramos que se robaron todas las obras de formato grande, como enciclopedias, diccionarios y libros de consulta, pero literatura no'.

Se perdieron muchos más libros durante el saqueo, sí, pero porque estaban regados por el piso y los ladrones se llevaron inodoros y lavamanos sin cerrar las llaves de paso. ‘Todo se inundó. Los libros se dañaron y hubo que botarlos'.

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