L a nueva novela negra de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), titulada “El cielo llora por mí”, es una obra de género policial detectivesca de intenso suspenso.
La misma atrapa al lector, quien se ve imposibilitado de soltar el libro hasta que no lo termina, como si se tratara de una película. A continuación reproducimos uno de los párrafos escritos magistralmente por Ramírez, quien en 1998 se llevó el Premio Alfaguara de Novela: “-No me voy a poner a llorar -dijo Lord Dixon-. El cielo llora por mí.
-Te jodiste, ya dejó de llover -dijo el inspector Morales-.
-No importa -dijo Lord Dixon, y volvió a toser-. Es una figura literaria”.
Sus personajes representan al pueblo nicaragüense: el inspector Dolores Morales, solitario jefe nacional de Inteligencia de la Dirección de Investigación de Drogas, policía de la división antinarcóticos, ex guerrillero sandinista, sobreviviente mutilado, usa una prótesis en la pierna que perdió en la guerra contra Somoza. Separado de una maestra chiricana, sin hijos, tenía por amante a Fanny, una telefonista casada.
Arruinado, bebedor, pobre, Morales vive en un barrio popular y maneja un viejo carro. Lord Dixon, su socio y amigo, es un subinspector jefe de Inteligencia en Bluefields, asesinado al final de la novela.
Ambos intentan combatir el crimen junto a Doña Sofía, trabajadora manual y vieja sandinista. Esta fanática evangélica representa la sabiduría de la mujer de pueblo.
Como investigadora auxiliar se hace pasar por monja de las Hijas de María, con un documento falsificado del cardenal Obando.
Buscan esclarecer el asesinato de Sheila Marenco. Aparece un lujoso yate registrado en Panamá, abandonado en la Laguna de Perlas, donde encuentran una camiseta bañada en sangre y un libro de Tomás Eloy Martínez con la tarjeta de visita de Sheila, un fino vestido de novia y dinero efectivo.
Con gran maestría el autor presenta una Managua sucia, calurosa, caótica; una verdadera capital del crimen, escenario del submundo de la droga, una radiografía de la descomposición social y moral que vive su país. Las festividades y procesión de Santo Domingo de Guzmán como telón de fondo presentan la dualidad del fraile fundador del Santo oficio de la Inquisición encarnando la mentalidad popular mágica a Xolotl, dios con cabeza de perro bermejo que guiaba a los muertos entre las tinieblas en su viaje a Mictlán, la región ignorada del mas allá.