Taboga y el corsario Illingworth: entre la historia y la leyenda

  • 21/09/2026 00:00
El ataque de John Illingworth a Taboga en 1819 quedó en la memoria popular como la incursión de un pirata, aunque históricamente fue un corsario al servicio de la causa independentista chilena. El episodio, marcado por el combate, la destrucción del pueblo y el incendio de la isla, contribuyó a forjar la leyenda de ‘Cara de Plata’

Hay episodios de la historia de Taboga que se encuentran a medio camino entre el documento histórico y la memoria popular. Uno de ellos ocurrió el 17 de septiembre de 1819, cuando la isla fue atacada por el marino inglés John Illingworth Hunt, al mando de la corbeta ‘La Rosa de los Andes’.

Con el paso del tiempo, Illingworth quedó en la memoria como un pirata. Sin embargo, la documentación histórica permite hacer una precisión fundamental: Illingworth fue corsario, no pirata. La diferencia es importante. Mientras el pirata actuaba por cuenta propia, el corsario combatía con autorización de un gobierno, en este caso el chileno, y bajo una patente que legitimaba sus acciones durante un conflicto bélico.

De hecho, Illingworth fue reclutado en Londres por un agente de los independentistas chilenos, conocidos como ‘exaltados’ o ‘patriotas’ (dependiendo del bando al que nos refiramos), que combatían a las tropas realistas que defendían la soberanía de la corona española sobre esos territorios, con el fin de hostigar el comercio del Virreinato de Perú.

La embarcación ‘La Rosa de los Andes’, que también había sido adquirida en Londres con el nombre original de ‘The Rose’, recibió su patente de corso de los insurrectos chilenos en febrero de 1819 y quedó bajo las órdenes de Illingworth. La propia Armada de Chile lo identifica como uno de los corsarios más destacados del Pacífico entonces y registra entre sus acciones el ataque al puerto de Taboga.

En esos tiempos, Panamá todavía se encontraba bajo dominio español. Las guerras de independencia recorrían la América española y el océano Pacífico se había convertido en escenario de enfrentamientos militares y comerciales.

Taboga tenía entonces una importancia estratégica destacada. Su posición como fondeadero frente a la Ciudad de Panamá la convertía en un punto de defensa esencial y de apoyo en el Pacífico para las comunicaciones y la navegación hacia el Virreinato del Perú.

Juan B. Sosa y Enrique J. Arce, en su ‘Historia de Panamá’, narran que la ‘Rosa de los Andes’, tripulada por unos 550 hombres (unos 200, según otras fuentes), llegó a aguas del istmo después de realizar operaciones de corso en las costas del Perú y Ecuador. Antes de arribar a Taboga, el corsario, conocido ya como Juan Illingworth, había capturado un navío español cerca del archipiélago de Las Perlas.

Todos eran súbditos españoles, pero no todos los insurrectos eran parte de la burguesía criolla ni todos los fieles a la corona eran nobles y clérigos. Entre éstos últimos, muchos taboganos que permanecían fieles al rey participaron en la defensa de la isla.

La resistencia de Taboga contaba con una pequeña fuerza militar y con pobladores vinculados a la causa realista. La defensa incluía artilleros, soldados del batallón Cataluña, fusileros reclutados entre los habitantes y las tripulaciones de embarcaciones armadas.

El primer ataque del corso fue rechazado por la batería del Morro. Illingworth, sin embargo, reorganizó sus fuerzas y volvió al combate. ‘La Rosa de los Ande’s abrió fuego contra las posiciones defensivas mientras sus hombres atacaban por tierra y tomaban las embarcaciones españolas fondeadas en el puerto. Sosa y Arce señalan que los atacantes lograron silenciar la batería del Morro, inutilizaron sus 24 cañones y se apoderaron finalmente del pueblo. La iglesia de San Pedro quedó casi totalmente destruida durante el enfrentamiento.

Después de tomar Taboga, el pueblo fue incendiado. Pero las fuentes permiten matizar la versión simplificada de que Illingworth llegó con el único propósito de quemarlo.

Según Sosa y Arce, el incendio se produjo en represalia por una emboscada tendida por los realistas de Taboga. Una reconstrucción histórica posterior también recoge que un grupo de hombres de ‘La Rosa de los Andes’ cayó en una trampa preparada después de la batalla y que, irritados por el engaño, incendiaron la isla.

Esto no disminuye la gravedad de la destrucción. Para los habitantes de Taboga, el resultado fue la pérdida de viviendas y edificios y un episodio de violencia que quedó incorporado a la memoria histórica de la isla.

Desde la perspectiva de quienes vivieron el ataque, probablemente importaba poco si aquel hombre actuaba bajo una patente de corso. Lo que experimentaron fue la llegada de un barco armado, el fuego de los cañones, el combate, la ocupación de la población y finalmente su destrucción.

Pero desde el punto de vista histórico y jurídico, llamarlo pirata es incorrecto.

Illingworth actuaba dentro de la estrategia independentista sudamericana y bajo bandera chilena. ‘La Rosa de los Andes’ había sido una nave corsaria y sus operaciones formaban parte de la guerra contra los intereses españoles. La Armada de Chile registra expresamente su acción contra Taboga.

Después de incendiar Taboga, Illingworth se dirigió a la entrada del puerto de Panamá e intentó negociar un intercambio de prisioneros con el gobernador español Alejandro Hore. La propuesta no prosperó y el corsario continuó sus operaciones por el Pacífico.

La historia de Illingworth no terminó en Panamá. Después de sus campañas militares se estableció en Ecuador, donde desempeñó un papel fundamental en la formación de la Marina de ese país.

La figura de Juan Illingworth demuestra cómo un mismo personaje puede adquirir significados completamente diferentes según el territorio desde el cual se recuerde.

En Taboga permanece la memoria de un “pirata” que llegó con sus cañones, atacó a los habitantes de la isla y dejó tras de sí un pueblo marcado por el fuego. En Ecuador, en cambio, Illingworth es recordado como héroe de la independencia y uno de los fundadores de su tradición naval.

Se da la circunstancia de que el 12 de mayo de 1820, Illingworth se topó frente a las costas de lo que ahora es Colombia con La Prueba, una fragata con 52 cañones y unos 500 tripulantes al mando del oficial español Blas Cerdeña, quien le perseguía y al que decidió no eludir más y presentar batalla con los poco más de 150 hombres que le quedaban.

La metralla lanzada por los cañones españoles no perdonó al inglés, que tras resultar herido en la cara ordenó la retirada poco antes de desmayarse.

Desde ese incidente, empezó a usar una placa metálica para ocultar las cicatrices de parte de su cara, lo que le granjeó el sobrenombre de ‘Cara de Plata’.

En el mundo de la piratería no hay nada mejor que un buen sobrenombre y una imagen extravagante para forjarse una reputación y construirse una leyenda perdurable dentro del imaginario popular.

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