Todo comienza con un techo

  • 08/02/2015 01:00
Desde el 2010 una ONG trabaja para ofrecerles un vivienda digna a cientos de panameños. 

La brisa pasa entre las colinas, cimbrando los herbazales. Los perros husmean entre la polvoreda que se levanta. Una niña abreva en el pezón de su madre. Un hombre con sombrero de paja entrecierra sus ojos, como resguardándose de la hiriente claridad. ‘Esta luna está potente’, bromea otro de los moradores de Altos de Howard. La comunidad se ha reunido al borde de un camino de tierra, labrado a través de una pendiente rocosa.

Antes de que los voluntarios de TECHO -una ONG que promueve el desarrollo comunitario a través de obras de infraestructura en sectores marginales de América Latina- pulverizaran las enormes rocas para crear un camino, los pobladores tenían que descender zigzagueando a través del monte.

Era parte del drama diario que compartían los que vivían en este apartado sector del distrito de Arraiján. Antes que TECHO asfaltara el camino de acceso a la comunidad, ubicada a 40 minutos de la ciudad de Panamá, los vehículos y moradores debían abrirse paso entre una empinada ruta, encenegándose durante la temporada lluviosa.

Además de carreteras, desde el 2012 TECHO ha creado veredas y edificado los que ellos denominan como ‘viviendas de emergencia’ en Altos de Howard. Aún así, las carencias persisten: el agua potable solo llega en cisternas, y la luz eléctrica a través de ‘telarañas’. Así viven las 300 familias que residen entre sus verdes colinas: apartadas del desarrollo, con el complejo industrial de Howard, los exclusivos hoteles de Veracruz y la peculiar estructura del Museo Gehry de fondo.

‘Esto también es Panamá’, comenta Dulce Frau, directora de comunicaciones de TECHO Panamá, mientras baja sus ojos avellana en dirección a las casas de madera y zinc que más abajo parecen desafiar la gravedad sobre uno de los montes cercanos. La argentina radicada en Panamá -proviene de la provincia de Mendoza, en la frontera con Chile- señala con su dedo algunas de las 160 viviendas que TECHO Panamá ha construido en el lugar, donde actualmente residen 300 familias. Son parte de las aproximadamente 650 casas que han sido erigidas desde el 2010, año en que TECHO comenzó a funcionar en Panamá.

URGENCIA HABITACIONAL

Dulce reside en la ciudad, en El Cangrejo, rodeada de comercios y restaurantes. No entiende como tan cerca de una urbe colmada de comodidades y sitios para el ocio, alguien pueda vivir sin tener acceso a servicios básicos como el agua y la luz. No solo no lo comprende sino que la indigna. Para mitigar esta molestia trabaja a tiempo completo en TECHO Panamá, junto a un equipo conformado por nueve personas. El resto de la fuerza de trabajo que la ONG despliega cuando visita el Valle de San Francisco, Nueva Esperanza, Huertos del Edén o alguna otra de las 12 comunidades en las que han establecido presencia, se nutre del voluntariado. Hasta el momento han movilizado, de acuerdo con Dulce, un total de 6 mil 300 voluntarios, los cuales han construido, además de pequeñas casas de madera y carreteras, otro tipo de obras para las comunidades.

‘El problema habitacional en el área de la periferia capitalina lo podemos calificar como uno de abordaje urgente. Se ha registrado una gran migración de trabajadores hacia la urbe, generando un aumento en la cantidad de asentamientos que existen en el extrarradio de la ciudad, que, por lo general, son comunidades semiurbanas o urbanas marginales’, explicó Ana Mireya Díaz, quien ha sido parte de TECHO desde el comienzo de sus operaciones en el Istmo.

Para Díaz la problemática habitacional se deriva del modelo de desarrollo que Panamá ha tenido como país, donde el acceso a la tierra se ha convertido en un problema fundamental, y que va más allá de los estigmas que deben llevar a cuestas quienes son acusados de ‘invasor’ o ‘precarista’. ‘Todos los panameños deben tener la posibilidad de acceder a un lote o pedazo de tierra que les permita también tener algo para dejarle a nuestros hijos’, destaca.

A través de este espacio propio Dulce a aspira que los beneficiarios de los proyectos implementados por TECHO puedan no solo resolver ‘una necesidad habitacional urgente’, sino también a que el trabajo colectivo pueda servir para forjar vínculos comunitarios.

Las labores no solo se limitan a la construcción de casas de zinc y madera y de vías de acceso. Además, la comunidad y los voluntarios se enfrascan en la construcción de veredas, parques y casas comunales. ‘Lo que se busca es comenzar a trabajar en procesos más profundos y organizar a la comunidad para solucionar problemas que van más a allá de la vivienda’, indicó Dulce.

No se trata, como explica Santiago Bernard, coordinador de prensa de TECHO Panamá, de arribar a un sector e imponer un modelo de trabajo u obras de forma caprichosa. Antes de comenzar cualquier trabajo de infraestructura se realiza un diagnóstico acerca de las necesidades de la población. El mismo se concreta, según Bernard, a través de asambleas comunitarias y de encuestas que tienen lugar en las escuelas. Lo que se busca es establecer un orden de prioridades, de ‘expectativas y sueños’.

MANO DE OBRA COMUNITARIA

Junto a su esposo y sus hijos Javier, de dos años, y Andrés de siete, Olga llegó al sector de Altos de Howard en el 2019. Venía del interior. En un principio se acomodó en un ‘cuartito improvisado, hecho con materiales de segunda’. La precaria estructura, que estaba situada frente a una pendiente, de cara a los vientos, no los resguardaba eficazmente del frío durante las madrugadas. El contacto con ese gélido piso provocaba que los infantes se resfriaran constantemente.

Su nueva morada, al estar levantada sobre pilotes clavados en la tierra (siguiendo el diseño chileno establecido por TECHO en sus construcciones), es menos susceptible a los descensos en la temperatura, circunstancia que le ha cambiado la vida a Olga y a su familia drásticamente.

Hoy en día, además de la residencia de 18 metros cuadrados de madera, Olga y su esposo han comenzado la construcción de otra vivienda, esta vez hecha de bloques. Para costearla venden duros a 25 centavos, tal como reza un anuncio de papel que cuelga en el alambrado.

Para garantizar que los beneficiarios de esta iniciativa habitacional no se ‘queden en su casa de madera para siempre’ y que estén capacitados para acometer proyectos por su cuenta, Bernard detalla que los voluntarios con más experiencia ofrecen capacitaciones técnicas. ‘La casa es una base que nos dio la fundación para que sigamos echando para adelante, para seguir construyendo un mejor futuro’, señala Olga.

Se va creando así una mano de obra que trabajará para satisfacer los intereses de la comunidad, a la que se integrarán también los vecinos que diariamente se ganan la vida en uno de las múltiples sitios de construcción distribuidos en la urbe. Es una forma de aprovechar indirectamente los beneficios del ‘boom’ inmobiliario, y así conformar cuadrillas (cuyo numero variará de acuerdo con el número de viviendas en construcción) integradas por entre cinco y siete personas. Las mismas podrán construir una ‘casa de emergencia’ en dos días. El 12% del costo total de la misma será aportado por cada familia. El resto de los fondos proviene de donaciones de empresas y de una colecta anual.

A través del trabajo colectivo se busca que las comunidades puedan ‘tener autonomía y espacio para exigir sus derechos y ejercer sus responsabilidades’. Así fue como sucedió en Chile en la década de los noventas, cuando TECHO comenzó como una organización dentro de la Iglesia Jesuita de aquel país, para poco a poco ir creciendo y transformarse en un ‘modelo replicable’ en 19 países de América Latina.

Más que conocimientos técnicos profundos lo que se necesita es que las personas se empoderen para procurarse una existencia digna. En este proceso, el contar con un espacio donde se pueda vivir tranquilamente y con seguridad, donde sea posible estudiar y prepararse para el futuro, donde se le puedan inculcar valores a las generaciones futuras, será fundamental.

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