Beethoven o del triunfo del espíritu sobre el destino

  • 06/12/2015 01:00
Fue puente entre el clasicismo y el romanticismo. La conjunción que logra entre sentimiento y contenido explica la arrolladora fuerza 

Más de siglo y medio ha transcurrido desde la muerte de Ludwig van Beethoven, pero su música continúa siendo de las más escuchadas de cuantas se hayan escrito.

¿En qué consiste el singular fenómeno de la música beethoveniana que la ha hecho intemporal y sin fronteras? Tal vez la clave de este misterio se encuentre en su lenguaje universal. Así también, la fuerza y la expresividad de su música no tienen paralelo. Y es que su labor como compositor no fue en ningún momento un juego de notas, sino un credo. Sin duda esta pasión por la música - que al igual que su vida personal, se halló subordinada a un mismo ethos perfeccionador - forjó un lenguaje musical poseedor de una fuerza expresiva no conocida hasta ese momento.

Fue puente entre el clasicismo y el romanticismo; la estética romántica destaca en el enraizamiento con la poesía y el sentimiento. Esta conjunción entre sentimiento y contenido explica la arrolladora fuerza y la intensidad del lenguaje beethoveniano.

Ludwig van Beethoven nace en la estrechez económica el 16 de diciembre de 1770, en Bonn (Alemania). Su padre era tenor, pero nunca pasó de ser un músico mediocre. Al igual que Leopold Mozart, el padre de Beethoven descubrió desde muy temprano las dotes del pequeño Ludwig, pero hasta ahí llega la similitud: Johann von Beethoven fue un hombre distante y abusivo. Sus problemas con la bebida lo tornaron cada vez más irascible. Muchas lágrimas acompañaron la formación musical de su hijo, quien comenzó sus estudios a la corta edad de 4 años.

En 1787, Beethoven viaja a Viena por primera vez, pero la muerte de su madre, a quien quiso y admiró profundamente, lo obliga a regresar a Bonn. Su padre, alcohólico, fue declarado incapaz, por lo que Ludwig tuvo que encargarse del cuidado de su familia. No cabe duda que estas circunstancias lo marcarían de por vida. Sin embargo, a pesar de ellas, este hombre lograría elevarse hasta la más sublime y excelsa libertad del espíritu.

A los 22 años regresa a Viena y, desde entonces, convierte la ciudad austríaca en su patria adoptiva. Beethoven fue un pianista brillante y su gran capacidad de improvisación le ganó la admiración del público vienés. En 1800, pudo ver ejecutada en público su primera obra. De ahí en adelante, no le faltarán editores y, en consecuencia, pudo conseguir una entrada regular. En este sentido, a diferencia de Mozart, o quizás como consecuencia del triste final de su predecesor, Beethoven contó con el apoyo de ricos mecenas que le aseguraron una vida acomodada y le subsidiaron la publicación de sus obras.

Apenas contaba con 26 años, cuando comenzó a sufrir los primeros síntomas de la sordera que lo convertiría en un hombre huraño. Esta condición se irá agravando con el paso de los años, obligándolo a abandonar sus actuaciones públicas como pianista. Poco a poco Beethoven se va aislando de la sociedad, pero no enfrenta su suerte con resignación: ‘Quiero, si es posible, oponerme a mi destino', escribiría.

Ser músico y sufrir de esta dolencia hubiera sido suficiente para convertir a Beethoven en un trágico héroe. Pero su estatura de héroe va mucho más allá del pathos de su condición: su actividad creadora no cesó en ningún momento, legándonos sonatas, sinfonías, conciertos y música de cámara extraordinaria.

Amar la música como él la amo y perder la audición llegó a hacérsele insoportable. Busca refugio en la palabra al escribir un documento que más tarde se conocería como el Testamento de Heiligenstadt: ‘Oh vosotros, hombres que me consideráis y tratáis como a una persona hostil, testaruda y misántropa, ¡cuán injustos sois conmigo! No conocéis la secreta causa de todo lo que sucede…'. En esta época llega incluso a considerar el suicidio. ‘Solo la fuerza del arte me retuvo', escribió.

Para Beethoven, la música fue un medio para expresar sus ideas sobre la humanidad, así como un vehículo para escapar de las confinantes circunstancias de su vida. Si bien en esta época comenzó a perfilarse la imagen estrafalaria y excéntrica del músico, también su condición física lo llevaría a una profunda introspección. Fruto de ella fueron sus últimas sonatas para piano, la Missa Solemnis, los últimos cuartetos de cuerda y la Novena Sinfonía.

Qué mejor ejemplo que esta última sinfonía, basada en el poema de Schiller ‘Oda a la alegría' para demostrarnos su grandeza. En ella, Beethoven se sobrepone heroicamente a su suerte creando una obra maravillosa donde resalta la fortaleza y la libertad del individuo sobre sus circunstancias. Y es que este gran hombre proyectó en su arte, no los profundos sufrimientos de su vida, sino los que ideales que se impuso para superarlos.

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AUDICIÓN

Beethoven a penas contaba con 26 años, cuando comenzó a sufrir los primeros síntomas de la sordera que lo convertiría en un hombre huraño. Esta condición se irá agravando con el paso de los años, obligándolo a abandonar sus actuaciones públicas como pianista.

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