Las huellas de una urbe desaparecida

F otoseptiembre 2012, evento fotográfico organizado por el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), rinde homenaje a quien sin duda debería se...

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F otoseptiembre 2012, evento fotográfico organizado por el Museo de Arte Contemporáneo (MAC), rinde homenaje a quien sin duda debería ser considerado el más panameño de los fotógrafos, a pesar de haber nacido en Ecuador.

Su obra encontró un punto de inicio al llegar a Panamá, en marzo de 1886, cuando apenas sumaba veinte años. Llegó atraído, como tantos otros, por la extraordinaria energía vital surgida del incipiente desarrollo del Canal francés, proyecto que a la larga se vio estrepitosamente truncado. El joven Endara había seguido estudios de dibujo y pintura en Quito y al llegar a la capital del Istmo se encontró con una ciudad que inauguraba sus transformaciones bajo los vibrantes signos de la prosperidad.

Difícilmente, entonces, podría Endara imaginar que con el tiempo llegaría a ser el responsable visual de registrar las múltiples transformaciones urbanas, expresadas en la gente, los paisajes y las edificaciones.

Entre 1899 y 1904, Carlos Endara viajó a París para estudiar fotografía. A su retorno a Panamá, estableció un nuevo estudio fotográfico, que abrió al público en 1910. En ese espacio vibraba un mundo pleno de creatividad y fantasía, que ofrecía una particular experiencia a quienes posaban para los retratos.

CAZADOR DE IMÁGENES

Pero el inquieto fotógrafo no registraba en exclusiva a los más adinerados y poderosos miembros de la sociedad panameña. También retrataba grupos de otros niveles socioeconómicos y familias mestizas y era, además, un incansable cazador visual de imágenes de la vida cotidiana.

Por su lente pasó todo tipo de gente, en un claro intento por registrar la rica diversidad humana que habitaba la ciudad. Así, Endara se dedicó a fotografiar las vívidas imágenes de los aspectos más palpitantes de la urbe, tanto personas como edificios o espacios públicos, interiores de casas privadas y monumentos. Una de sus especialidades fue la realización de fotografías grupales. En ellas, Endara reflejó la vibrante energía de la generación que fundó la República panameña. Sus imágenes incluyeron colectivos de doctores e ingenieros; servidores civiles y enfermeras; estudiantes y bomberos; policías y hombres de negocios; funcionarios, profesores y miembros de agrupaciones religiosas y sociales.

EN BUSCA DE UN TESORO FOTOGRÁFICO

Mario Lewis es un apasionado por la fotografía panameña. Cuando tenía apenas 15 años ayudaba a su abuelo a organizar el archivo fotográfico de la colección Endara, que este poseía. En 1975 heredó de su abuelo buena parte de los negativos de la obra fotográfica de Carlos Endara y decidió continuar la obra del abuelo a través de Épocas, Segunda Era, que apareció en distintos periódicos hasta el presente.

En 1986, Lewis recogía datos sobre la obra de Endara para un artículo sobre la historia fotográfica en Panamá cuando recibió información sobre las hijas del fotógrafo.

Recién en 1989 se encontró con ellas, quienes resultaron excelentes fuentes sobre la vida del fotógrafo y sobre la existencia de un buen número de negativos en vidrio que permanecían en la casa/estudio original de Endara. Cuando Mario Lewis ascendió los deteriorados peldaños de la vieja casa en penumbras, iba en búsqueda de esos negativos perdidos. Había ingresado al caserón deshabitado del Casco Antiguo de la ciudad de Panamá para ser recibido por las penumbras, las capas de polvo acumulado, y una casi invisible red de telarañas que florecían en la densa humedad tropical. Lewis había oído hablar muchas veces de esta casa de cuatro niveles, en la que su propia madre había sido retratada por su quinceaños, y en la que desarrolló su estudio fotográfico.

Al ingresar, Lewis se encontró en la planta baja con el antiguo mueble donde se registraban los clientes de Endara antes de subir a retratarse. Y a su lado dormía, fuera de uso, el primer elevador eléctrico instalado en la capital panameña, cuyo recorrido inaugural se había realizado en 1912. Lewis se vio obligado a subir con mucha precaución los cuatro pisos de la casa. Algunos peldaños estaban semipodridos y amenazaban con potenciales accidentes. Cuando llegó al primer piso, se topó con muebles diversos, que el fotógrafo había utilizado para realzar sus retratos. Pequeñas mesas y otras piezas antiguas se conservaban en perfecto estado.

En el segundo nivel de su ascenso, Lewis halló más mobiliario: una recámara, un comedor y más mesas se articulaban en desorden. Más adelante, en el tercer piso, se encontró con la enorme cámara fotográfica que Endara utilizaba para realizar sus estupendos retratos.

La meta de Lewis era el cuarto piso, allí debían encontrarse los negativos del fotógrafo. Los halló intactos dentro de un clóset enorme, muchos todavía en sus cajas originales. Pero Lewis abandonó por un instante los anhelados negativos para encontrarse, hechizado, con el estudio original de Endara: con el enorme tragaluz que iluminaba con matices hipnóticos, con la escalera centenaria utilizada como elemento decorativo en muchos de los retratos y con los capiteles desteñidos por el tiempo. ‘Sentí, proporciones guardadas, lo que debió experimentar el arqueólogo británico Howard Carter al descubrir en 1922 la tumba del faraón Tutankamón en el Valle de los Reyes. Me vinieron a la memoria personajes vinculados a nuestra historia patria y antepasados que ocho décadas atrás habían estado en este mismo lugar posando para don Carlos Endara’.

En 1998, Mario Lewis adquirió la vieja casona e inició un profundo proceso de restauración. ‘Desde un comienzo quedó clara la obligación de respetar el más mínimo detalle del valor arquitectónico e histórico del sitio’, tarea nada fácil que incluyó la puesta a punto del antiguo elevador y la limpieza de la planta baja, en la que operaba una fonda china de nombre grandilocuente y engañoso: Otoño de oro. En el proceso, el equipo de limpieza descendió al sótano de la casa, donde hallaron entre la mugre acumulada y mil objetos polvorientos, dos enormes tortugas vivas, tal vez destinadas originalmente a un estofado chino. Lástima que Carlos Endara no estuviese allí. Sin duda habría producido una composición fotográfica de gran intensidad y belleza.

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