David Lynch: en otras direcciones

PANAMÁ. Hace años que la vida de David Lynch se desdobló en más actividades de las que estamos acostumbrados a conocer de una celebridad...

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PANAMÁ. Hace años que la vida de David Lynch se desdobló en más actividades de las que estamos acostumbrados a conocer de una celebridad. No sólo pinta en sus momentos libres y se dedica a fomentar la meditación trascendental, como venimos escuchando desde hace tiempo en los medios, sino que además hace muebles, tiene su propia marca de cafés orgánicos y hasta diseñó un local nocturno en París con el nombre de Club Silencio, inspirado en esa extraña sala surrealista que aparece en su película Mulholland Drive (2001).

A siete años de su último filme —Imperio (2006)—, muchos fans y periodistas se preguntan —y le preguntan— si volverá a hacer películas. Pero ni él lo sabe. Lo que sí podemos afirmar es que la creatividad incontenida de este director de culto sigue vigente. Esta vez, plasmada en la edición de su nuevo disco de música titulado The Big Dream y compuesto por doce pistas de un blues moderno y deforme.

A diferencia de su predecesor, Crazy Clown Time (2011), este segundo disco de Lynch como solista es menos electrónico y más denso. La incorporación de más instrumentos de cuerda en sus temas y de percusiones grabadas sin máquinas, hace que el sonido triste y cansado del viejo blues parezca tocado como si sus músicos estuvieran dentro de una nave espacial.

Según Lynch, debemos escuchar las sofisticadas atmósferas de loops, guitarras bluseras y teclados de este disco, grabadas con la ayuda del músico y productor Dean Hurley, como si estuviéramos frente a un hombre que está siendo azotado por un rayo de electricidad, tal como se muestra en la imagen de tapa.

Pero es poco a poco, a medida que el disco avanza, que esa atmósfera cargada de pop no radial y de guitarras oxidadas va tomando forma y nos envuelve en un mundo ‘lyncheano’ de sueños perturbadores y repleto de rayos. En el camino nos encontraremos con una versión no muy lograda del tema ‘The ballad of Hollis Brown’, de Bob Dylan, y recién al final llegarán dos de las mejores composiciones del álbum, las dos más simples, melódicas y llevaderas: ‘The line it curves’ y ‘Are you sure’.

En este nuevo disco, por otro lado, no encontraremos tantos invitados y colaboradores como en el anterior. Ahora es la propia voz de Lynch la que sostiene todo, de principio a fin. Una voz que antes que cantar, habla y narra sobre los instrumentos, y que por momentos se hace densa y perturbadora.

La única invitada es la sensual cantante sueca de indie pop Lykke Li. Pero el tema en el que colabora, ‘I’m waiting here’, se encuentra escondido en los minutos finales, sin track propio; y eso hace que se vea como una especie de joya separada del resto. Sobre todo si se tiene en cuenta que fue el corte que se usó como promoción antes del lanzamiento oficial en la web de crítica musical Pitchfork.

Desde el primer minuto es obvio que no estamos frente a un disco que quedará en la historia por su calidad musical, sino como parte de la visión personal de su autor. Por eso ningún tipo de crítica musical debería preocuparnos o hacernos dejarlo de lado.

Es imposible separar la admiración por el trabajo cinematográfico de David Lynch de The Big Dream. En él reconocemos atmósferas, y a un David Lynch un poco más cómodo que en años anteriores con su faceta de músico. Al igual que en sus películas, es cuestión de tirarse en el sillón y dejarse llevar.

La obra de Lynch corre por varios caminos, y todos ellos nos llevan a Lynch.

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