Fausto de Goethe: el espíritu de la contradicción

  • 19/04/2026 00:00
Uno podría preguntarse qué tan contemporáneo podría ser el Fausto de Goethe, cuya primera parte apareció en 1808

Cuando se lee un llamado clásico de la literatura occidental, un clásico que se resiste a ser reducido a un tiempo (siglo XIX) y espacio (Europa) determinado, lo hacemos con la consciencia de que estamos en el siglo XXI, un siglo que pasa y ha pasado por todas las experiencias del tiempo moderno que, desde la Revolución francesa, nos ha acostumbrado a pensar que todo está en transformación y cambio.

Uno podría preguntarse qué tan contemporáneo podría ser el Fausto de Goethe, cuya primera parte apareció en 1808 (y la segunda, en 1832, año de muerte de Goethe), fecha en que Napoleón invadió España, y dos años después de que Francisco de Miranda visitara a Haití, a Dessaline, el negro fáustico del Caribe que quiso superar las limitaciones históricas, sociales y culturales de su época. Lo contemporáneo del Fausto es este sentimiento de insatisfacción, de una subjetividad atormentada, entre la necesidad infinita de conocimiento, y la provisión limitada de los medios para lograrlo.

Es una subjetividad moderna y que encuentra en Mefistófeles, el ¨espíritu de la contradicción¨, como lo llega a nombrar Fausto, a su cómplice para superar todas las limitaciones y, en este sentido, el gran Francisco Ayala nos da una conclusión sobre el autor: ¨...Goethe representa el gozne entre dos épocas: es el último gran portador de la actitud renacentista, con su formación clásica y su interés activo por las ciencias naturales, previo todavía a la especialización; pero, desde otro punto de vista, se nos aparece ya, más que como un precursor, como un maestro de la sensibilidad moderna¨.

En efecto, Goethe, en su Fausto, deja ver este gozne, pero, además, como afirma George Simmel, No hay obra de Goethe que no lleve su impronta personal, la vocación por la vida, su alejamiento de todo racionalismo, lanzado en el mundo de la experiencia y apasionado por la acción, pero tampoco, como en el Fausto, deja de lado otro aspecto de su alma: “Dos almas residen, ¡ay!, en mi pecho. Una de ellas pugna por separarse de la otra; la una: mediante órganos tenaces, se aferra al mundo en un rudo deleite amoroso; la otra se eleva violenta del polvo hacia las regiones de sublimes antepasados”.

Ese mundo de los antepasados son los clásicos, los griegos, que en el Fausto aparecen a través de la famosa, bella y atribulada Helena, esposa de Menelao, y liada con Paris, desencadenando así la guerra de Troya. Es un alma que quiere ir a “extrañas regiones”, a “una nueva y variada vida”. Este es un aspecto que me llama mucho la atención que, en este sentido, es tremendamente contemporáneo, la contradicción, la duda y la pregunta, y, sobre todo, el inevitable trastocamiento de las consecuencias lógicas de las acciones, como, por ejemplo, cuando Mefistófeles le responde a Fausto, ¨ ¿quién eres tú? ¨, así: “Una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y siempre produce el bien?”.

Leo esta frase y me pregunto cómo se podría entender. No hay duda de que aquí estamos frente a un Mefistofeles, que es fiel a su espíritu, cuando le increpa al propio Señor sobre los mortales, lo siguiente: ¨Un poco mejor viviera si no le hubieses dado esa vislumbre de la luz celeste, a la que da el nombre de Razón y que no utiliza sino para ser más bestial que toda bestia”. Ciertamente, la época de Goethe está marcada por la Razón, la emergencia de la ciencia, el desarrollo racional de las burocracias y del cálculo capitalista, y no se puede dejar de recordar aquí al pintor Goya al decir en su grabado que “el sueño de la razón produce monstruos”.

No hay duda de que la promesa de la Razón y del progreso, y de la felicidad sobre la tierra, como lo había planteado el extravagante de Condorcet y el bien intencionado Rousseau, con su figura del “buen salvaje, fue la primera gran falacia de la cultura occidental postrevolucionaria, que se opone a la otra gran falacia, cristiana, que nos condena a sufrir por siempre en la tierra.

El Fausto de Goethe se mueve entre estas ambivalencias y, a pesar de haber entregado su alma a Satanás, como garantía para conocer los mundos infinitos de la ciencia, de la literatura y del arte, no deja nunca de ser Fausto, el mortal moderno, como lo reconoce muy bien el propio Satán: ¨Ningún deleite le satisface, ninguna dicha le llena, y así va sin cesar en pos de formas cambiantes¨.

Su vida, ayudado por las artimañas de Mefistófeles, ha pasado por aventuras amorosas, crímenes y viajes, y el reconocimiento que todo es cambiante, variable y perecedero. Mefistofeles, al final, solo aguarda terminar este periplo para facturar el pacto cerrado con la firma de una gota de sangre, pues él no cree ni en la palabra empeñada, en el honor: con la muerte de Fausto este quedará bajo su servicio en la muerte. Pero justamente aquí unos Ángeles se apiadan de Fausto que llevándose ¨la parte inmortal¨ se lo arrebatan a Mefistófeles, diciendo ¨Aquel que se afana siempre aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle¨.

Lo Nuevo