Herenia, la lejana

  • 10/01/2026 00:00

Me aproximé con sigilo. Seguro estoy que no sospechaba mi cercanía. Sin embargo, con precisión increíble, tornó el rostro, clavándome sus ojos hondos, tristes como la distancia. Mirándome indefinidamente, sin asombro por mi insólita aparición, dijo bajo la mirada imprecisable: —Vienes como desde el tiempo.

Me aterró semejante recibimiento. En realidad habían ocurrido tantas cosas que, en cierto modo, éramos sobrevivientes. En el mismo tono de cansancio agregó: —¿Dónde estuviste toda esta eternidad?. Me resultaba difícil encontrar respuesta para sus palabras. Me llegaban envueltas en un aire de fatalidad y no encontraba el modo de penetrar esa densa soledad que la envolvía. —Ni yo mismo lo sé.

Y como si no hubiese entendido mis palabras, insistió: —¿Qué te trajo desde tan lejos?. —No me encontraba lejos —respondí de inmediato tratando de romper el halo fatal que la arrastraba. —Ah —dijo. —Yo te veía caminando siempre hacia mí, siempre, de día, de noche, a todas horas y nunca he podido comprender por qué no llegabas....

—Soñabas y a veces los sueños pierden... —Y como si hablara con otra persona, expliqué: —Jamás podríamos encontrarnos porque andábamos por mundos distintos. —Es cierto. —Y como si su voz me llegara con neblinas: —Han pasado tantas cosas.... —Lo sé. Por eso estoy aquí. —¿Y eso qué soluciona?. —Nada. Pero conversar ayuda..... —Es cierto.

Tras esas palabras, se abrió un espacio. Yo sentía que no sólo era obra del silencio que se alargaba en ese atardecer sin luz ni ruidos, sino algo físico, sólido, como si sucesivas olas de tierra nos alejaran. Entonces sentía que desde esa otra orilla en donde ya se desdibujaba me llegaban sus palabras. Eran hojas enloquecidas que vientos extraños lanzaban contra mí.

—¿Crees que la muerte rejuvenece? —la oí decir desde tan lejos. —No sé. Todo lo que tiene que ver con la muerte es misterioso.... —Pues sí, rejuvenece —me replicó, segura de sí. Y prosiguió: —¿Recuerdas la noche aquélla, la última en que tú y yo nos vimos, cuando inesperadamente apareció ante nosotros...?.

Reconstruyo el grotesco espectáculo. Ella, muy junto a mí, hablaba cosas de su inmensa imaginería. De pronto surgió él, frente a nosotros. Ella no hizo el más leve movimiento. Ni siquiera cesó de hablar. Cuando se detuvo fue para levantar lentamente la mirada hacia él y sostener el silencio. Entonces, no sé si asustado por su irreverencia o decidido a lo irreparable, dijo: “Decídete. Te quedas con él o vienes conmigo”. Él, allí, de pie, muy cerca, aguardando el infinito; ella, con la mirada perdida en su rostro agredido por las sombras, silenciosa también, y el tiempo paralizado. Entonces, con esa misma voz que ahora me habla, dijo: “Espérame”. Y volviéndose a mí, simplemente agregó: “Adiós”. Desde entonces son muchos los años transcurridos.

—Desde luego, la recuerdo —respondí como quien despierta. —En ese momento decidí de una vez por todas mi vida. Cuando me alejaba hacia él y permanecías a mis espaldas sentí que un manojo de hilos azules —¿por qué serían azules?— se rompían uno a uno. Cuando estuve a su lado, vi cómo te devoraba la lejanía.

Hizo una pausa como de ausencia y yo la oía, sin atreverme a interrumpirla, porque su voz me llegaba desde la otra orilla. Siempre con un dejo indeciso entre el cansancio y la agonía, prosiguió: —Vino aquello horrible del matrimonio y los enormes años. Los días como desiertos... las noches eran silencios largos donde los recuerdos ni siquiera se aproximaban.

Volviéndose repentinamente hacia mí, dijo: —¿Recuerdas bien cómo era?. —Sí —respondí. —Era normal. Más bien feo, pero de un contorno agradable. Y como tú... Es más... diría que era más joven. —Es posible.

—Pues bien, un día cualquiera descubrí un hecho curioso. Lo encontré en un detalle insignificante, tan insignificante que no puedo memorizarlo. Pero era evidente el acontecimiento: ¡Envejecía! Envejecía ardientemente. El descubrimiento desató en mí una insana curiosidad. Desde ese momento me di a perseguir la más mínima señal en su rostro, en su andar, en sus brazos. Así constaté, por ejemplo, que los ojos se le achicaban; que los brazos enflaquecían vertiginosamente; que la cara se le encogía, se achicaba velozmente. Era un proceso raudo, sencillamente monstruoso. En ocasiones le decía: “¿Te sientes bien?” Y él respondía: “Perfectamente” Yo lo acosaba: “¿No te notas nada extraño?” “Absolutamente” —respondía mientras me reprochaba: “Tú siempre andas viendo cosas”.

En este momento hizo una larga pausa, buscando sabe Dios qué recuerdos en el horizonte. Yo no atinaba a decir nada, ni a tocarla siquiera, porque para entonces, crecía en mí la convicción de que no era otra cosa que un recuerdo que me hablaba. Regresó desde lo más extraño y dijo, mirándome, por vez primera, fijamente a los ojos: —Yo te diría que fue cuestión de días. Envejecía aterradoramente. Era tan obvio el hecho que todos callaban por compasión. Sólo él no percibía cuanto le estaba sucediendo. Nosotros lo atribuíamos al exceso de trabajo porque, evidentemente, se entregó al trabajo con frenesí morboso. Era un trabajador perseguido por la fatalidad. Era el esfuerzo tenaz, agotador, sostenido, sin éxito. Daba dolor contemplar su afán inútil, ese diario comenzar, ese desesperado entusiasmo por empezar lo que siempre concluía en fracaso. Y él no parecía comprender cuanto le sucedía, que a cada nuevo día, que al final de cada nuevo intento, su situación era más desesperada. Un día me dijo: “—Quiero que tengas todas las cosas en orden”. “—¿Qué cosas? —le pregunté”. “—Las cosas, pues” —fue toda su respuesta.

—No mucho tiempo después, me dice en tono grave aún, pero sin ceremonias: “—Toma este dinero y consérvalo. Puede serte útil en cualquier momento”. “—El dinero siempre es útil en todos los momentos” —le respondí yo sin comprender si había algún significado oculto en sus palabras. “—Yo sé lo que te digo” —agregó por toda explicación. Nunca supe la cantidad y por mucho tiempo olvidé definitivamente en dónde lo había colocado. Sólo aquel día, como iluminada por un reproche, recordó con una precisión increíble el sitio en donde se encontraba el dinero, cuya utilidad era en esos instantes, precisamente, desmesurada. Por esos tiempos los rastros de la vejez se le acumulaban apresuradamente por todo el cuerpo. ¿Sabes...? Me duele y me desagrada hablar de estas cosas....

—A veces conviene hacerlo. —Es cierto —repitió como en la primera ocasión. Por eso lo hago ahora. Así, pues, sobra decirte que poco era lo que quedaba ya de su porte elegante, de su pelo rojizo, de su piel tersa, porque la ancianidad lo devoraba sin piedad. Era algo grotesco, indescriptible. A tal punto había avanzado el misterio que no era fácil reconocerle. Sólo él ignoraba cuanto le estaba ocurriendo. ¿Lo ignoraba en verdad? Un día salimos con un propósito definido que ahora mismo no recuerdo. No bien nos alejamos de la casa, me dijo: “—Debo regresar. Olvidaba que tengo una cita y necesito unos papeles que están en casa”. “—Te acompaño —le dije”. “—No hace falta —replicó—. Es necesario que cumplas cuanto antes ese encargo. Te veré luego”.

—Sin más explicación detuvo el auto y regresó a casa mientras yo tomaba rumbo distinto. Anduve sin concierto por muchas partes. Algo me incitaba a no regresar. Pero un desasosiego mayor me indujo a volver y así —alzó hacia mí sus ojos— a poca distancia de la casa una aglomeración insólita me previno de lo sucedido. Una voz vecina me dijo: “Herenia, no sigas”. Ya no tuve dudas. “Si yo no quiero seguir — le respondí—. Me quedaré en su casa”. Cuando la multitud se desvaneció y todo parecía plácidamente normal, me encaminé a casa envuelta en una absoluta serenidad. Todo estaba igual allí. Hasta pensé que sólo habían sido alucinaciones, estorbos de los presentimientos. Estuve recorriendo la casa, lenta y maliciosamente, buscando algún signo que aplacara mis temores, mas nada delataba el acontecimiento. De pronto, un lamentable descuido de quienes quisieron privarme de cualquier horror, me situó frente al suceso: desde la puerta del baño, comenzaba a avanzar hacia la sala un hilo de sangre. Fue el presagio de la revelación total. Entonces alguien, ante lo irreparable, me dijo cuanto sucedió.

En ese momento comencé a sentir extrañas sensaciones en mi cuerpo, particularmente en la cara. Pequeños y sostenidos tirones bajo los ojos me hacían pensar que mi piel se estiraba. Semejante era la sensación de que se me amontonaban las arrugas. Pero esta angustia creciente se detuvo cuando nuevamente me sujetó la voz transparente de Herenia: —Sólo volví a verlo en los funerales. Te juro que no me atrevía a aproximármele. Sin embargo, en cierto momento, algo me levantó de mi asiento y me condujo a él. Entonces lo miré detenidamente, sin asombro y sin agonías. Aquí, sobre la sien derecha, la sombra de una mancha indicaba el sitio por donde penetró la bala. Sólo eso. Pero lo insólito, lo profundo y adorable era que, así, en plena muerte, su rostro estaba envuelto en una tersa juventud. Habían desaparecido las arrugas monstruosas. La boca deformada por la ancianidad, recobró su juvenil encanto; el pelo volvió a su color rojizo, en fin, te digo, que nunca fue más joven ni más hombre que entonces, cuando la muerte había apartado de su rostro la angustia terrible de vivir.

En ese momento me levanté de improviso, aturdido por una terrible convicción, por una certidumbre que se volvía horror. No eran los huesos, ni el alma. Era mi piel la que se transformaba; sentía que el tiempo se arremolinaba en mi rostro haciendo surcos, arrugas, ojeras, manchas, escamas.... Eran años y años que me aniquilaban el rostro y encogían mi cuerpo. Ya, entonces, no tuve dudas. Caminé despavorido, sin propósito, como si huyera de algo, hasta que, sin saberlo, me detuve frente a los cristales de la ventana. Allí, el temor me hizo piedra. El presentimiento me entumecía, sin que me atreviese a levantar el rostro. Finalmente, cuando de nuevo intentaba huir, tropecé con mi cara en el cristal. Fue el estupor definitivo. No había envejecido. Mi rostro estaba igual. Al volver la mirada hacia ella, lo comprendí todo: la ancianidad la había devorado.

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