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- 10/04/2026 00:00
La noticia de su partida deja un vacío que no se mide en cargos ni en títulos, sino en la huella moral que deja en un país. Luis H. Moreno Jr., “Lucho” para quienes lo conocieron de cerca, fue más que un referente de la banca panameña: fue una conciencia, una voz persistente que insistía —sin estridencias— en que el progreso solo es legítimo cuando está sostenido por principios.
El presidente José Raúl Mulino lo resumió en pocas palabras al despedirlo públicamente: “Ciudadano ejemplar, banquero intachable, forjador de ideas y proyectos, pero sobre todo gran amigo”. No es casual que, incluso en el adiós, la palabra más poderosa haya sido “ejemplar”.
Porque si algo definió la trayectoria de Moreno fue su coherencia.
Nació en una época convulsa, su vida estuvo marcada desde temprano por la observación de la política y la sociedad panameña. A los ocho años presenció una campaña electoral violenta, una experiencia que, lejos de alejarlo, sembró en él una inquietud profunda por la vida cívica y el destino del país. Esa inquietud se convertiría, con los años, en vocación.
Ingeniero agrónomo de formación, su mirada siempre estuvo vinculada al desarrollo integral de Panamá, desde el campo hasta las finanzas. Pero fue en la banca donde consolidó una carrera que lo llevaría a posicionarse como uno de los nombres más respetados del sector. Su paso por instituciones internacionales y su liderazgo en el ámbito financiero contribuyeron a proyectar a Panamá en el mapa económico global.
Sin embargo, reducir su vida a cifras o cargos sería injusto.
Moreno fue también un hombre de pensamiento. Escritor, columnista y profesor, dedicó buena parte de su vida a reflexionar sobre la ética, el civismo y el rol del ciudadano en una democracia. En sus textos —como en su vida— no había espacio para la ambigüedad: creía firmemente que el desarrollo de un país no podía desligarse de la integridad de quienes lo construyen.
Esa convicción lo llevó a fundar, en 1998, la Fundación Panameña de Ética y Civismo, una iniciativa que buscaba precisamente lo que él consideraba más urgente: formar ciudadanos antes que profesionales. Para Moreno, el progreso no era una acumulación de riqueza, sino una construcción colectiva basada en valores.
Quienes lo trataron de cerca coinciden en que esa no era una postura teórica. Era una forma de vivir.
Entre ellos, el expresidente del Fórum de Periodistas, Eduardo Quirós, quien recordó a Moreno como un símbolo de lo mejor que puede aspirar un país. “Don Luis H. Moreno representa muchas cosas para Panamá pero quiero destacar dos: su ejemplo de superación, viniendo desde lo más sencillo demostró que con educación y honestidad se pueden lograr los éxitos más insospechados. Segundo, su amor al Panamá profundo, al Panamá del interior, del campesino, del que trabaja la tierra, al que ayudó siempre desde todas las posiciones que ocupó”, expresó.
Para Quirós, su partida deja una ausencia profunda, pero también una enseñanza que trasciende generaciones: “Una gran pérdida para el país, pero un gran ejemplo para las futuras generaciones”.
Ese vínculo con el país real, con el Panamá más allá de las élites económicas, fue una constante en la vida de Moreno. Su formación como ingeniero agrónomo no fue un dato anecdótico, sino una clave para entender su visión de desarrollo: una que incluía al campo, al productor, al trabajador silencioso que sostiene la economía desde la base.
En el ámbito empresarial, su nombre estuvo asociado a la transparencia y a una visión responsable del liderazgo. Como expresidente de la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (Apede), promovió prácticas éticas en los negocios y defendió la necesidad de una empresa comprometida con la sociedad. En la academia, formó generaciones de profesionales, transmitiendo no solo conocimientos técnicos, sino una manera de entender el ejercicio profesional como un acto de servicio.
Esa misma impresión dejó en el actual representante permanente de Panamá ante las Naciones Unidas, Eloy Álfaro de Alba, quien destacó tanto su dimensión profesional como humana. “Luis H. Moreno fue un banquero destacado, un ciudadano ejemplar y un caballero. Tuve el privilegio de conocerlo y tratarlo mucho, cuando nuestros caminos se entrecruzaron en afortunados encuentros, en los que siempre se mostró accesible y gentil”, señaló.
Álfaro de Alba subrayó además uno de los rasgos más distintivos de Moreno: su compromiso con la ética como práctica cotidiana. “Desplegó admirables esfuerzos de docencia para promover la ética en la política. Era evidente su preocupación por que su desempeño como banquero fuera apegado a la ética y a la decencia, como en efecto lo fue”, afirmó.
Y evocó una escena que, quizás sin proponérselo, resume la esencia de su carácter: “Tal vez por eso, durante un viaje de promoción empresarial al oriente, lo sorprendí absorto, incrédulo, admirando una estatua en Hong Kong, admirado de que allí se hubiera erigido en homenaje a un banquero”.
La imagen no es menor. Un banquero admirando, casi con asombro, que su oficio pudiera ser digno de homenaje. En esa sorpresa se revela una idea que Moreno defendió toda su vida: que la actividad económica, lejos de ser un fin en sí mismo, debía estar al servicio de la sociedad y regirse por principios.
En lo personal, fue un hombre de familia.
Su vida estuvo profundamente vinculada a los suyos: su esposa, sus hijos y sus nietos, a quienes consideraba parte esencial de su legado. En sus intervenciones públicas, no era raro que volviera una y otra vez a los valores aprendidos en casa, al respeto por los padres y al ejemplo como forma de enseñanza.
A lo largo de su vida recibió múltiples reconocimientos, entre ellos la Orden Manuel Amador Guerrero en grado de Gran Cruz, la más alta distinción del Estado panameño. Pero incluso en esos momentos de homenaje, su discurso no giraba en torno a los logros, sino a la responsabilidad. Consideraba que cada reconocimiento era, en realidad, un recordatorio de lo que aún quedaba por hacer.
Era, en esencia, un hombre incómodo para la complacencia.
En tiempos donde la ética suele verse como un ideal abstracto, Moreno insistía en devolverla a lo cotidiano. A la forma de hacer negocios, de ejercer la política, de educar, de convivir. Su vida fue una defensa constante de la idea de que los principios no son negociables, y de que el verdadero liderazgo no se mide por el poder, sino por la capacidad de servir.
Esa coherencia le valió algo más importante que cualquier condecoración: el respeto.
Hoy, al mirar su trayectoria, no queda duda de que su aporte trasciende generaciones. No solo por lo que hizo, sino por lo que representó. En un país que sigue debatiéndose entre el desarrollo y la equidad, su figura aparece como un recordatorio de que ambos caminos no son excluyentes, siempre que estén guiados por valores.
Luis H. Moreno no fue un hombre de estridencias. No necesitó levantar la voz para ser escuchado. Su autoridad venía de la consistencia entre lo que pensaba, decía y hacía.
Por eso su partida no es solo la despedida de un banquero, ni de un escritor, ni de un académico.
Es la despedida de una forma de entender el país.
Una forma que apuesta por la ética como fundamento, por el civismo como práctica diaria y por el servicio como vocación. Una forma que, en tiempos de incertidumbre, se vuelve más necesaria que nunca.
Quizás ahí radique su verdadero legado: en haber demostrado que la integridad no es una aspiración ingenua, sino una herramienta concreta para construir futuro.
Y en haber dejado claro que, incluso en medio de las transformaciones más complejas, hay valores que deben permanecer intactos.
Luis H. Moreno se va, pero su ejemplo —silencioso, firme, persistente— queda.
Como quedan las huellas de quienes entendieron que servir al país no era una consigna, sino una manera de vivir.