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- 02/05/2026 00:00
Dionisio García sostiene entre sus manos un pequeño puñado de cerezas de café recién cortadas. Las observa con detenimiento, como si en cada una pudiera leer una parte de su historia. Sus dedos, curtidos por el sol y la tierra, revelan años de trabajo constante en el campo, en la comunidad de Cerro Naipe, en la provincia de Darién. En ese gesto sencillo —el de tomar el fruto con cuidado— se condensa un proceso largo de aprendizaje, esfuerzo y transformación que hoy comienza a dar resultados visibles.
Durante años, la vida de Dionisio estuvo marcada por prácticas agrícolas tradicionales que, si bien respondían a la experiencia heredada, no siempre permitían aprovechar al máximo lo que la tierra ofrecía. La producción de café, en particular, se realizaba sin conocimientos técnicos sobre manejo postcosecha, secado o almacenamiento. Esto provocaba pérdidas significativas y una calidad irregular del grano. Sin embargo, esa realidad empezó a cambiar con la llegada de nuevas herramientas y saberes.
El punto de inflexión llegó con el proyecto ‘Impulsando modelos de vida resilientes en Darién’, una iniciativa desarrollada por la Fundación para la Conservación de los Recursos Naturales (Fundación Natura), con financiamiento de la Cooperación Española y la Unión Europea, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Este programa no solo introdujo mejoras en la producción agrícola, sino que también promovió una visión más integral del desarrollo comunitario.
Dionisio recuerda con claridad cómo eran las cosechas antes. “Se recogía todo de una vez, sin diferenciar bien el estado del fruto”, explica. Hoy, en cambio, cada cereza se selecciona cuidadosamente. El proceso es más lento, pero también más eficiente. “Ahora sabemos que hay que tomar el fruto uno a uno, con calma, para que la planta siga produciendo y no se dañe”, añade.
Ese cambio, que puede parecer pequeño, ha tenido un impacto profundo. Donde antes se perdía una parte importante de la producción, hoy casi nada se desperdicia. El grano en su punto óptimo —la cereza roja— se destina a la venta e incluso a la exportación, mientras que el café que no alcanza ese nivel se aprovecha dentro de la comunidad. Esta optimización no solo mejora los ingresos, sino que también fortalece la autosuficiencia.
El café de Cerro Naipe ha comenzado, poco a poco, a salir de su territorio. En empaques sencillos, pero cargados de significado, llega a hogares panameños como un producto que no solo destaca por su sabor, sino también por la historia que representa: la de una comunidad que ha decidido transformar su realidad a partir del conocimiento y la organización.
Llegar a Cerro Naipe no es una tarea fácil. El recorrido implica primero un trayecto en lancha desde Puerto Quimba y luego varias horas en vehículo por caminos de difícil acceso. Son más de cuatro horas entre mar y tierra que conducen a una región donde el aislamiento ha sido históricamente una constante. Sin embargo, también es un territorio donde la resiliencia se ha convertido en una forma de vida.
En el barrio Papayal, dentro de una comunidad Emberá-Wounaan ubicada en las faldas de la serranía de Cerro Sapo, Dionisio ha echado raíces. Lleva más de tres décadas viviendo en la zona y, aunque el cultivo de café es relativamente reciente en su trayectoria, se ha convertido en una de sus principales actividades.
Antes de la llegada del proyecto, el desconocimiento sobre técnicas específicas limitaba el potencial de la producción. “No sabíamos cómo secar bien el café ni cómo guardarlo para mantener su calidad”, admite. Hoy, gracias al acompañamiento técnico, esos procesos forman parte del día a día.
Para Carla López, presidenta de Fundación Natura, el éxito del proyecto radica en su enfoque integral. “Trabajar con el café nos permite, además, promover la reforestación y la conservación de áreas clave para la biodiversidad”, explica. En una zona tan sensible como la del Parque Nacional Darién —el área protegida más grande de Centroamérica—, este tipo de prácticas resulta fundamental.
El cultivo que se impulsa en Cerro Naipe es completamente orgánico. No se utilizan químicos ni fertilizantes sintéticos, lo que no solo garantiza un producto más saludable, sino que también protege las fuentes de agua de la comunidad. Esta relación equilibrada con el entorno es uno de los pilares del proyecto.
Desde el punto de vista ambiental, las plantaciones de café cumplen además una función estratégica. Según Edgar Araúz, biólogo de Fundación Natura, estas áreas actúan como espacios de captura de dióxido de carbono. “Contribuyen directamente a la mitigación del cambio climático y favorecen la biodiversidad”, señala.
Pero el impacto del proyecto no se limita al café. En los alrededores de su casa, Dionisio muestra con orgullo su huerto. Allí crecen distintas hortalizas y plantas como culantro, ají trompito y pepino. Esta diversificación ha sido clave para mejorar la alimentación de las familias y generar ingresos adicionales.
La escena se repite en muchas viviendas de Cerro Naipe. Los huertos familiares, trabajados bajo un enfoque agroforestal, se han convertido en una herramienta para fortalecer la seguridad alimentaria y la economía local. “He vendido bastante culantro, y me ha ido bien”, comenta Dionisio, con una sonrisa que refleja satisfacción.
Yenni González, coordinadora de proyectos de Fundación Natura, destaca que estos cultivos se desarrollan utilizando semillas nativas y prácticas sostenibles. Además, se promueve la comercialización tanto dentro como fuera de la comunidad, lo que amplía las oportunidades económicas.
Otro componente importante del proyecto ha sido el trabajo con las mujeres artesanas. En Cerro Naipe, muchas de ellas elaboran piezas tradicionales que forman parte de su identidad cultural. Sin embargo, antes enfrentaban dificultades para establecer precios justos y acceder a mercados.
A través de capacitaciones y procesos organizativos, se ha logrado avanzar en la estandarización de precios y en la mejora de la comercialización. Esto no solo incrementa sus ingresos, sino que también fortalece su autonomía y reconocimiento dentro de la comunidad.
A casi dos años de su implementación, el proyecto ha demostrado que el acceso al conocimiento puede ser una herramienta poderosa para el cambio. Más allá de los resultados productivos, lo que se ha generado es una transformación en la forma en que las personas se relacionan con su entorno y con sus propias capacidades.
En una región históricamente marcada por el aislamiento, iniciativas como esta abren nuevas posibilidades. No se trata solo de producir más o mejor, sino de hacerlo de manera sostenible, respetando el entorno y fortaleciendo el tejido social.
Para Dionisio, ese cambio es tangible. Lo ve en sus cosechas, en su huerto, en la posibilidad de generar ingresos y en la certeza de que el esfuerzo vale la pena. Cada grano de café que pasa por sus manos es también una señal de que el futuro puede construirse desde lo local.
Así, en medio de la selva darienita, entre caminos difíciles y jornadas largas, comienza a escribirse una historia distinta. Una historia en la que el conocimiento, la colaboración y el respeto por la naturaleza se convierten en la base de un desarrollo más justo y sostenible.
Un proceso que, como en el caso de Dionisio, nace en la tierra, pero termina transformando la vida.
Con información de la Fundación Natura