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- 10/03/2026 00:00
Al momento de sostener esta entrevista con La Estrella de Panamá, la actriz y cantante Mayra Hurley celebraba el éxito de la primera de dos funciones de Ese Gran Concierto en el Teatro Nacional de Panamá, un espectáculo que, junto a artistas convocados por Jossie Jiménez como Gaby Gnazzo, Nicole Puga, Juan Diego Araúz y José Berastegui, evocó la esencia del jazz y buscó despertar la memoria colectiva del público.
Desde muy joven, Hurley sintió una fuerte vocación por las artes. Ha participado en proyectos como la película Historias del Canal, presentaciones en el Panama Jazz Festival y Verano Canal, además de formar parte durante seis años de la banda Luci and the Soul Brokers.
Actualmente atraviesa un momento activo en su carrera: participará nuevamente en Verano Canal, terminó el rodaje de la película ‘Perfect Wedding Days’ del director Gary Sinyor, y actuará en el musical ‘El Sueño de un Istmo’. En esta conversación reflexiona sobre sus inicios, la perseverancia necesaria para sostener una carrera artística y el florecimiento cultural que vive Panamá.
Vengo de una familia artística. Mi padre, el Dr. Ronald Hurley, es músico y tocó en la orquesta de Francisco Buckley Bush, quien además era mi padrino. En mi casa siempre hubo música; recuerdo que los domingos casi siempre había una especie de parranda con él. Mi madre también tiene una vena artística: decora, diseña y desarrolla muchos proyectos creativos, y también trabaja en la administración de empresas. De alguna manera, ese lado lo heredé de ambos.
Para mí, durante mucho tiempo las artes eran más un oficio que una carrera formal. Empecé muy joven. De hecho, mi primer trabajo fue cuando todavía estaba en la escuela y era menor de edad. Mis padres me llevaban a los ensayos que hacía el dramaturgo Bruce Quinn, en una época en la que en Panamá apenas se producía un musical al año. Ese fue mi primer acercamiento profesional al escenario.
A lo largo de los años he participado en prácticamente todos los festivales importantes del país. Uno de los momentos más significativos de mi carrera fue formar parte durante seis años de la banda Luci and the Soul Brokers. Después de separarme del grupo, alrededor de 2016, comencé mi camino como solista y tuve que preguntarme qué tipo de música quería hacer realmente.
Mi estilo es una mezcla de muchas influencias. Desde pequeña aprendí salsa y otros géneros latinos, pero en la adolescencia escuchaba muchísimo rock and roll, así que también tengo esa energía rockera. Con la banda exploré más el soul, el funk y el R&B. Toda esa fusión está presente en lo que hago hoy.
Compongo canciones en español e inglés y abordo distintos temas y estilos, pero el hilo conductor es mi voz, que tiene una influencia muy marcada del soul. A partir de ahí se construye todo lo demás.
Actualmente tengo la fortuna de trabajar con músicos increíbles como Marco Linares, Alejandro Castillo Fuentes —quien toca con la agrupación de Rubén Blades— y Roberto Delgado. Son artistas de talla mundial y es una experiencia maravillosa compartir escenario con ellos. También mi hermano, Rhandy Hurley, forma parte de mis presentaciones.
Además, estoy participando en la gira de Verano Canal con el musical ‘El sueño de un istmo’, de Ricky Ramírez. Allí interpreto a un personaje que vivió la época de la separación de la Zona del Canal. La historia aborda la tensión que vivieron los panameños hasta llegar al 9 de enero de 1964, una fecha que recordamos con mucho respeto, pero que también fue profundamente trágica.
Creo que este es un buen momento para revisitar esos episodios de nuestra historia y recordarle a las nuevas generaciones que lo que hoy tenemos como país no fue un regalo. Hubo luchas, negociaciones y vidas que se perdieron. Después de tantos años, poder decir que el Canal es nuestro es algo que tiene un significado muy profundo. Conocer la historia es fundamental, porque quien no la conoce está condenado a repetirla.
Dedicarse al arte tiene que nacer del corazón. Nadie debería entrar en este mundo pensando que lo hará para ser famoso o millonario, porque esa no es la motivación correcta. Las artes surgen de un lugar genuino: ya sea que cantes, actúes, escribas o bailes, hay un mensaje que uno siente la necesidad de compartir.
Cuando atraviesas momentos difíciles —rechazos, proyectos que no se concretan o situaciones frustrantes— lo que realmente te sostiene es saber que estás respondiendo a un llamado interior. Cuando una puerta se cierra, siempre existe la posibilidad de que otra se abra.
Yo soy artista desde que me despierto hasta que me acuesto. Está en la manera en que canto, en cómo me relaciono con las personas o en cómo observo el mundo. El arte tiene la capacidad de expresar pensamientos y, en muchos casos, de transformar la forma en que la sociedad piensa sobre ciertos temas.
Los sueños también requieren trabajo. No basta con tener talento; hay que buscar oportunidades, prepararse y rodearse de las personas correctas. En mi caso, siento que Dios ha puesto en mi camino a personas importantes que me han ayudado a avanzar.
A quienes desean dedicarse a las artes les diría que lo vean como una carrera profesional y que se lo tomen en serio. Un artista también tiene responsabilidades con quienes confían en su trabajo: clientes, patrocinadores y, por supuesto, el público.
Además, un artista se convierte inevitablemente en un ejemplo para otros. No se trata de dejar de ser uno mismo, pero sí de actuar con respeto hacia el escenario y hacia quienes están dispuestos a escuchar tu mensaje.
La industria cinematográfica en Panamá todavía es muy joven. Apenas estamos comenzando a contar nuestras propias historias como país. En ese proceso aparecen muchos elementos de nuestra realidad social, incluyendo estereotipos o divisiones de clase y raza que forman parte de nuestra historia.
Cuando se cuentan historias locales, a veces aparecen personajes muy específicos porque reflejan esas realidades. En mi caso, por ejemplo, el personaje de Antonia en la película ‘Chacalería’ tiene rasgos muy panameños, pero también representa a una mujer afrodescendiente profesional, preparada y graduada con honores. Eso es importante, porque en Panamá existen muchísimos profesionales de distintos orígenes, y es necesario que los niños puedan verse reflejados en esas posiciones.
Es cierto que todavía existen estereotipos en pantalla, pero también están surgiendo oportunidades para cuestionarlos y transformarlos. Parte del trabajo del escritor, del director y del actor es encontrar la manera de mostrar la realidad sin dejar de generar reflexión.
A veces ver esas situaciones representadas en una película o escucharlas en una canción es lo que hace que la sociedad tome conciencia de ellas. Por eso el arte tiene un papel tan importante.
En la música, por ejemplo, muchas veces me ha tocado participar en festivales donde soy la única mujer “headliner”. En ocasiones, algunas personas creen que pueden negociar conmigo como si yo no supiera lo que hago, o incluso intentan pagar menos que mis colegas hombres. Con el tiempo uno gana experiencia y aprende a reconocer su propio valor.
También he aprendido que, cuando uno está empezando, a veces acepta oportunidades que terminan siendo desgastantes o poco justas. Sin embargo, incluso esas experiencias dejan lecciones. Con los años uno entiende que también es importante saber decir “no” cuando algo no respeta tu trabajo o tus valores.
Definitivamente hay un florecimiento artístico en Panamá. Cada semana ocurren muchas cosas: conciertos, festivales, obras de teatro, musicales, producciones cinematográficas. A veces incluso coinciden varios eventos importantes al mismo tiempo.
Eso demuestra que cuando se impulsa el talento panameño —ya sea desde el gobierno, la empresa privada o iniciativas independientes— el movimiento cultural crece de manera natural.
Sin embargo, todavía es necesario fortalecer el apoyo institucional y las oportunidades de financiamiento. Sería ideal que existieran más mecanismos para que las empresas privadas puedan invertir en arte con incentivos claros, como ocurre en otros países.
Ese tipo de iniciativas complementaría el trabajo que realiza el Ministerio de Cultura de Panamá, que en los últimos años ha impulsado programas educativos y culturales importantes.
El potencial está ahí. Cada vez hay más artistas, más producciones y más público interesado en consumir cultura. Y eso es lo más importante: que la gente valore el arte, lo apoye y participe en él.