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- 29/11/2025 14:36
Cada 25 de noviembre, Panamá, como el resto del mundo, vuelve a mirar de frente una realidad que permanece, persistente y dolorosa: la violencia contra la mujer. Una fecha que nació para denunciar, para recordar a las víctimas y para exigir medidas concretas, se ha convertido en un espejo que muestra, año tras año, que detrás de cada cifra existe una vida truncada, una familia marcada y una sociedad que todavía no alcanza a proteger a sus mujeres.
En Panamá, los datos más recientes confirman una doble fotografía: por un lado, un país que reporta más denuncias y que visibiliza cada vez más la violencia; por el otro, una violencia que no cede, que se mantiene dentro de los hogares y que afecta a niñas, adolescentes y mujeres de todas las edades.
La historia de Angely, una sobreviviente de tentativa de femicidio que hoy vive con discapacidad permanente, recuerda que ninguna estadística es solo un número. Cada caso tiene nombre, tiene sueños interrumpidos, tiene miedo, tiene silencios. Y también tiene valentía.
Panamá: entre los países con menor tasa de femicidios, pero con un problema que persiste
Según el Observatorio de Femicidios de la CEPAL, Panamá figura entre los nueve países de Centro y Suramérica con menor tasa de femicidios. En 2024, la tasa fue de 1 por cada 100 mujeres, una estadística que a primera vista podría parecer alentadora.
Pero las autoridades y especialistas coinciden en que ese dato no significa que la violencia haya disminuido. Por el contrario, revela que los escenarios donde ocurre, como las relaciones de pareja y expareja, siguen siendo los entornos más peligrosos para muchas mujeres.
La violencia doméstica, por ejemplo, continúa siendo la forma de violencia más denunciada. De enero al 31 de octubre de 2025, el Ministerio Público registró 13,490 denuncias, un aumento del 2% respecto al año anterior. Y aunque hay una mayor disposición a denunciar, también hay quienes no lo hacen por miedo o por años de manipulación emocional.
La violencia sexual sigue siendo otro frente alarmante: 4,884 casos de violación fueron reportados en lo que va del año, afectando principalmente a niñas y adolescentes. Aunque esta cifra representa una reducción del 15%, continúa reflejando una realidad estructural que atraviesa generaciones.
Los Centros de Atención Integral, por su parte, han brindado más de 13 mil atenciones psicológicas, legales y sociales. El número revela dos cosas: que hay más mujeres pidiendo ayuda, y que la magnitud del problema no distingue nivel educativo, ubicación geográfica ni condición económica.
Un país que denuncia más, pero donde la violencia sigue dentro de casa
Hasta el 31 de octubre, el país registra 13 femicidios, un 28% menos que el año anterior. También se han contabilizado 14 tentativas y 16 muertes violentas de mujeres, cifras que muestran que, aunque hay una reducción, el riesgo sigue siendo alto.
Lo más preocupante es el perfil de las víctimas: El 46% tenía entre 18 y 24 años.
Mujeres jóvenes, muchas aún empezando su vida adulta, que no encontraron protección a tiempo.
Las provincias de Panamá, Chiriquí y Panamá Oeste concentran más denuncias, influenciadas por mayor acceso a información, transporte y centros de atención. Pero eso no significa que allí haya más violencia: significa que allí es más posible denunciar.
En comunidades rurales y zonas de difícil acceso, muchas mujeres siguen atrapadas en ciclos de agresión sin medios para llegar a una institución. Algunas temen que el agresor tome represalias. Otras no tienen dinero para transportarse. Y muchas más aún creen que la violencia es “normal”. Esa normalización, heredada, repetida y enseñada— sigue siendo uno de los retos más profundos.
Los sentimientos que se repiten: miedo, aislamiento y culpa
La violencia doméstica no empieza con golpes. Empieza con palabras. Con controles. Con aislamientos que se disfrazan de cariño.
Los patrones identificados por especialistas coinciden en casos y edades:
Miedo por amenazas explícitas: “Si me dejas, mato a tu familia”, “te quito a los niños”, “te destruyo la vida”.
Normalización del maltrato, porque la víctima cree que “no es tan grave” o porque el agresor nunca ha llegado “tan lejos”.
Culpa, reforzada por manipulación emocional y por entornos que minimizan la violencia.
Dependencia económica y emocional, construida desde niñas: la idea de que una mujer sin pareja “está incompleta” o que debe aguantar para mantener el hogar unido.
Estas condiciones crean lo que psicólogos describen como “indefensión aprendida”: una sensación progresiva de incapacidad para salir. De creer que no hay alternativa. De aceptar el maltrato como parte inevitable de la vida.
Las barreras para pedir ayuda: cuando denunciar también es un riesgo
Las mujeres que buscan asistencia enfrentan obstáculos que no siempre se ven: revictimización, estigmas, desconfianza y la minimización de sus relatos. Muchas, incluso, encuentran más peligro después de denunciar, porque desafiar al agresor aumenta la violencia.
En zonas apartadas, la distancia se convierte en una barrera añadida. Aunque existen 17 Centros de Atención Integral a nivel nacional y comarcal, muchas mujeres deben recorrer largas distancias con pocos recursos. Eso les dificulta no solo la denuncia, sino el seguimiento, las terapias y el acompañamiento constante que requieren.
Las consecuencias que no se ven: salud mental, rupturas familiares y trauma
La violencia deja marcas físicas, pero también otras que permanecen, silenciosas: ansiedad, depresión, estrés postraumático, rupturas familiares, pérdida de ingresos y miedo constante. Algunas mujeres deben reconstruir su vida desde cero, no solo por las lesiones físicas, sino por la destrucción psicológica que vivieron durante años. Y aunque el apoyo profesional es vital, muchas no pueden costearlo o no saben que pueden recibirlo de manera gratuita.
La historia de Angely: tres balas y una vida que empezó de nuevo
Angely recuerda con claridad la mañana del 9 de noviembre de 2018, cuando todo cambió. Después de diez años de agresiones psicológicas, físicas y económicas, todas normalizadas, justificadas o escondidas, su pareja sacó un arma y le disparó tres veces.
“No pensé que el hombre con el que dormía iba a dispararme”, repite, con la serenidad de quien ha contado su historia muchas veces, pero no sin dolor.
Su agresor había empezado con lo que muchas mujeres aún consideran “señales pequeñas”: celos disfrazados de amor, prohibiciones sobre su forma de vestir, control de sus actividades, evitar que estudiara, impedir que se maquillara o peinara. Luego vino el aislamiento: dejar amistades, dejar familia, dejar sueños.
Angely sobrevivió, pero quedó con una discapacidad permanente. Hoy usa silla de ruedas y reconstruye su vida desde ese punto cero que nunca imaginó. Sin embargo, su testimonio se ha convertido en herramienta de conciencia y advertencia para otras mujeres.“La primera señal es suficiente para actuar. Puede ser la diferencia entre la vida y la muerte”, afirma.
El acompañamiento psicológico, legal y social que recibió después del ataque, a través de un equipo interdisciplinario, le permitió enfrentar las secuelas y recuperar algo vital: la voz que un día perdió.
“Busquen ayuda. Levanten el teléfono. No están solas”, insiste. Y recuerda la importancia de la línea 182, un recurso que, para ella, significó un primer paso hacia la recuperación.
Un país que todavía debe garantizar que todas puedan vivir sin miedo
El Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer no es un recordatorio aislado ni una fecha marcada en rojo solo para compartir mensajes de conciencia. Es un llamado permanente a mirar de frente un problema que afecta a miles de panameñas todos los días, en silencio o a gritos, en barrios urbanos y comarcas, en hogares numerosos o en apartamentos pequeños donde la violencia se esconde tras paredes delgadas. Las cifras, aun las más duras, cuentan apenas una parte del fenómeno. El resto está en lo que no siempre se ve: en las jóvenes que abandonan estudios por miedo; en las madres que no denuncian porque dependen económicamente del agresor; en las niñas que confunden control con cariño; en las mujeres que caminan alertas, aunque nadie les esté siguiendo.
Está también en las víctimas que viven años justificando los golpes, los insultos, la intimidación. En quienes creen que no merecen algo mejor. En quienes no encuentran una puerta abierta. Y está, sobre todo, en las historias como la de Angely, que recuerdan que salir de un ciclo de violencia no ocurre de un día para otro. Requiere un sistema que funcione, una red de apoyo que escuche sin juzgar y un país que deje de relativizar lo que es, en esencia, un atentado contra la vida y la dignidad de las mujeres. En un país donde las mujeres siguen denunciando más pero siguen muriendo, esta fecha invita, y exige, un compromiso colectivo. Porque no se trata únicamente de reducir estadísticas: se trata de garantizar vidas completas, libres y seguras.