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16 de Jan de 2021

Cultura

El silencio del crepúsculo

El silencio, solo amenizado por el ruido del viento meciendo las ramas de los árboles, es casi perturbador. En el Hogar Bolívar parece q...

El silencio, solo amenizado por el ruido del viento meciendo las ramas de los árboles, es casi perturbador. En el Hogar Bolívar parece que el tiempo no pasa. De ninguna manera se podría pensar que en esos pabellones –Santa Luisa, San Rafael, La Milagrosa, San Vicente, San José y Sagrado Corazón-- habitan 250 ancianos.

Al entrar al lugar, lo primero que salta a la vista es la falta de actividad. Al fondo, un hombre joven empuja la silla de ruedas de un anciano, una de las pocas visitas realizadas aquella tarde al asilo. Tristemente, no hay nada de especial acerca de este sábado. En este lugar, los días no tienen nombre. “Solo un 10% de los ancianos se van con sus familiares para las fiestas de diciembre”, dice Flor Isabel Batista, directora del asilo. Sor Isabel pertenece a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, quienes se hicieron cargo del asilo unos 10 años después de su fundación en 1883 por Gabriel Duque. Después de pasar por varias sedes, en 1923 el Hogar se trasladó a su local actual, una finca ubicada en Juan Díaz.

El Hogar Bolívar llegó a tener en algún momento 350 ancianos. En los últimos cuatro años su capacidad se ha disminuido y desde 2007 no se están aceptando nuevos ingresos. El Hogar está dividido en dos secciones. En la llamada “pensión” --la élite del asilo-- en la que los familiares pagan algo de dinero, habitan 73 ancianos. Ellos son quienes reciben visitas más a menudo. El resto pertenece a la llamada “Obra Social”, donde los familiares no aportan nada.

Según Sor Isabel, el descenso en la población de ancianos del asilo y el cierre de nuevas admisiones se debe a un motivo fundamental: la falta de dinero. El asilo cuenta con 133 trabajadores que cobran su salario de tres planillas distintas: una pagada por el Ministerio de Desarrollo Social (60 personas a $325), otra por la Lotería (8 personas a $425) y otra por el Hogar mismo (59 personas que cobran salario mínimo. Seis personas trabajan por servicios profesionales. “Aquí hay espacio de sobra. Las camas no son problema, pero nadie quiere cuidar ancianos y ganar salario mínimo”, se queja la directora, una de las nueve religiosas -que trabajan en el Hogar, de las cuales solo dos son panameñas. Razón no le falta: para pagar su planilla, el asilo depende de las donaciones, las cuales son cada vez más escasas. Aunque recientemente recibieron buenas noticias: el Hogar Bolívar estará entre los beneficiados por el subsidio del presidente Martinelli y recibirá 500 dólares mensuales. Al respecto, Sor Isabel se permite un deseo. “Ojalá el Gobierno agarrara la planilla”, dice, para inmediatamente aterrizar. “Pero la verdad es que les importa muy poco”.

Oriunda de Cuesta de Piedra, Chiriquí, Sor Isabel, de 62 años –y monja desde los 20-- emana ese aire de dedicación y resignación que define a este lugar. Hablar con ella, mirar sus gestos, su tono, sus expresiones, es sentir el ambiente del asilo. En sus palabras no hay alegría ni tristeza, no dice una palabra más alta que la otra. Pero en esa sobriedad, si se sabe observar, se encuentra la fuerza, el trabajo y la convicción necesarias para vivir aquí. “Trabajar con niños”, dice, recordando su paso por el Hogar San José de Malambo, “es completamente distinto. Los niños son vida, son el futuro. Aquí se siente que todo va cuesta abajo”.

En uno de los pabellones femeninos de la “Obra Social” habitan 87 ancianas. Filas de sofás y sillas de todo tipo son ocupadas por ancianas, también de toda clase de procedencias. El panorama es perturbador. Aquí, una anciana habla sola, soltando alaridos periódicos contra personas que solo ella ve; más allá, otra interna se balancea hacia delante y hacia atrás sin ningún motivo, como si estuviera recordando algo tremendamente triste. Al ver a Sor Isabel, muchas se le acercan, la mayoría hablándole de cosas sin sentido. Una de ellas, Bertilda Polo, nos canta una canción de amor, evidentemente emocionada de ver visitantes.

Son las 3 de la tarde y se acerca la hora de la cena (el desayuno se sirve a las 7 y a las 11:30 el almuerzo). Ver comer a Dalys Castillo es quizá la experiencia más pintoresca del lugar. Con apenas 63 años y más de 20 viviendo en el asilo, es el vivo ejemplo de muchas cosas que se hicieron mal en este lugar, donde actualmente viven, junto a los ancianos, varios pacientes del clausurado Hospital Psiquiátrico. A Dalys no le gusta el arroz, y desconfía profundamente de los alimentos que le dan. “Aquí les echan cosas con jeringuillas al plato”, asegura, “para que estemos sedados y nos durmamos”. Según ella, un tío la “encerró” allí en 1989. Su paranoia no tiene límites: asegura que el lugar “carece de seguridad” y que “una colombiana que le tiene rabia” ha entrado repetidas veces a robarle y se ha llevado ya “19 o 20 radios” suyos.

En los pabellones masculinos, el ambiente no varía. Filas de sillas ocupadas por ancianos ensimismados. Miradas perdidas, movimientos lentos y expresiones inescrutables. Al fondo del pasillo, un anciano observa un juego de béisbol en una televisión donada al asilo. En una de las habitaciones, otro orina en un recipiente que cuelga del borde de la cama. Cerca del televisor, pero no mirándolo, se encuentra Gervasio Soto, de 76 años, que vive hace dos años en el Hogar. Nacido en Penonomé, asegura tener 13 hijos, seis varones y siete mujeres. Dos de ellos viven en Estados Unidos, pero ninguno lo visita. El abandono por parte de sus familiares ha hecho mella en la mayoría de los ancianos. Al hablar de sus hijos, Gervasio lo hace como quien habla de familiares lejanos, y cuenta, sin un rastro de emoción visible en su rostro, que su hijo Samuel “vino una vez” a visitarlo.

El historiador y filósofo estadounidense Henry David Thoreau escribió una vez que “nadie es tan viejo como quien perdió el entusiasmo”. Si entrara al Hogar Bolívar, a Thoreau probablemente le daría un ataque al corazón. La falta de vida es abrumadora. Si bien es cierto que por las mañanas algunos ancianos realizan ejercicios de terapia, es impactante ver la inexistencia de actividad, la ausencia del calor de esos familiares que todos añoran pero que poco vienen, la desesperanza que llena cada uno de los rincones del lugar. Los ancianos del Hogar Bolívar son los abuelos, padres, tíos, primos y amigos de alguien, pero aquí son gente de nadie. Sólo para las religiosas y sus dedicados colaboradores, éstas 250 vidas siguen teniendo sentido.

Parafraseando a la Nobel norteamericana Pearl S. Buck, el vicepresidente de Estados Unidos Hubert Humphrey dijo en los años 60 que “la prueba moral de un gobierno es la manera como trata a aquellos que están en el amanecer de la vida, los niños; a aquellos que están en el crepúsculo de la vida, los ancianos; y aquellos que están en las sombras de la vida, los enfermos, necesitados e impedidos”.

Recorrer el Hogar Bolívar un sábado por la tarde sirve para constatar que los panameños –como nación y como gobierno— hasta ahora hemos fracasado en esta prueba y hemos olvidado a nuestros ancianos.