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01 de Apr de 2020

Cultura

Terapia espiritual en la cima del mundo

Casi a ciegas, el grupo avanza en medio en medio de una espesa tiniebla blanca. La ventisca golpea sus debilitados cuerpos con ráfagas d...

Casi a ciegas, el grupo avanza en medio en medio de una espesa tiniebla blanca. La ventisca golpea sus debilitados cuerpos con ráfagas de entre 90 y 100 kilómetros por hora. El tempestuoso viento provoca un descenso en la temperatura. Aquel frío de entre 10 y 20 grados bajo cero es capaz de provocar quemaduras severas sobre la epidermis, cortándola como un afilada hoja incorpórea, tal como ya lo habían experimentado algunos de los miembros de la expedición.

Súbitamente, el cegador torbellino amengua y aquella cortina conformada por partículas de nieve y hielo se abre momentáneamente, dejando entrever la distante figura de un escalador solitario llegando a la cumbre. Es la primera vez que el panameño Michael Morales vislumbra la cima, a pesar de hallarse a tan solo una hora y 15 minutos del techo del mundo: la cúspide del Everest.

La condiciones climáticas empeoran con cada minuto que pasa. Es entonces cuando la montaña más alta del planeta se revela como una deidad furibunda, decidida a poner a prueba la voluntad y la determinación de aquellos que anhelan conquistarla. Debilitados tras haber pasado semanas en aquel inhóspito reino de nieve, en cuya enrarecida atmósfera el oxígeno escasea, dos de los integrantes del grupo de Michael deciden regresar. Uno de ellos muestra síntomas de lo que se conoce como “ceguera por nieve”, que se produce cuando el reflejo de los rayos solares lesiona la retina.

El propio Michael vacila entre seguir su sensato ejemplo y descender hasta el campamento base, situado a casi tres mil metros más abajo, o continuar hacia la codiciada cumbre. Es entonces cuando escucha una voz que proviene detrás de él, rescatándolo de su indeterminación: “Morales si vas a seguir ponte en movimiento, o si no apártate de mi camino que yo voy para arriba”.

LA BÚSQUEDA

Detrás de una ventanilla, la recepcionista se encuentra absorta en sus múltiples y rutinarias funciones: pasar llamadas, recibir faxes, hacer anotaciones ocasionales en un cuaderno, etc. Detrás de una puerta de metal situada a la derecha de la recepción, obreros con cascos y guantes se encuentran ocupados en ruidosas faenas. Una mujer vestida con un uniforme azul se asoma por la puerta a nuestra mano izquierda y nos conduce al segundo piso, donde están ubicadas las oficinas del gerente general de Cryogas.

Desde hace 13 años, Michael ocupa la gerencia de esta compañía que se dedica a la elaboración y distribución de gases con fines industriales y medicinales. Cuando nos reunimos con él en la sala de conferencias de la compañía, nos es difícil compaginar la imagen de este empresario de 38 años con alguien que se juega la vida escalando una montaña en cuya cima todavía se encuentran cerca de 120 cadáveres de alpinistas que nunca pudieron ser extraídos dadas las condiciones extremas que ahí imperan.+3B

VIENE DE LA PORTADA

De facciones pétreas y con un corte casi al rape (tal vez una reminiscencia de los años que asistió a una escuela militar al noroeste de Pensilvania), Michael no es un adicto a la adrenalina o lo que pudiera considerarse como un típico aficionado a los deportes extremos, aunque es innegable que se siente más cómodo charlando acerca de montañas como el Aconcagua o el Mckinley con otros escaladores que dando una conferencia de prensa. En realidad, su afición al alpinismo nació a raíz de un interés que guarda poca relación con lo deportivo y que se deriva de una crisis espiritual que lo asaltó hace seis o siete años atrás. “Llega un punto en que estas haciendo lo mismo todos los días, porque estas como metido en una matriz: naciste, fuiste a la escuela, después a la universidad, conseguiste un trabajo, te enfrentas al tráfico, te casas, tienes hijos, lo mismo que el vecino. Es todo parte de un rutina que es casi genética”, explica casi con desgano.

Impelido por estas interrogantes de carácter existencial, Michael buscó respuestas en la religión que le inculcaron sus padres desde la infancia, que transcurrió entre los Estados Unidos y Panamá. Su madre, nacida en Fort Laudable, en el sur de Florida, era cristiana, mientras que su padre, que es oriundo de la ciudad de Panamá, se identifica con el catolicismo. “Leí mucho la Biblia, lo que me generó más preguntas que respuestas. Empecé a leer otras cosas, como un libro que se llama ‘El arte de la felicidad’, escrito por el Dalai Lama, a quien tuve la oportunidad de conocer en Costa Rica”, rememora.

La búsqueda por conseguir la iluminación lo llevó a integrar un grupo de budistas costarricensenses que practican un tipo de budismo que se conoce “Mahayana” y que tiene sus orígenes en la región del Tibet, en el Asia Central. Y fue precisamente a esta zona del mundo a donde viajó Michael para satisfacer su sed espiritual. Encontrando algún tiempo libre entre sus obligaciones familiares y profesionales, viajó a la India y posteriormente a Nepal.

En las afueras de Katmandú, la capital nepalesa, este ex estudiante de economía vivió durante varias semanas en un monasterio budista. Al año siguiente, visitó otro centro de estudios situado en la localidad de Kopan, donde se maravilló al presenciar por primera vez la cordillera de Annapurna, que forma parte del Himalaya.

MONJES QUE ESCALAN

Mientras se afanaba por aprender aunque tan solo fuera una minúscula parte de las 80 mil enseñanzas difundidas por Buda, Michael presenciaba a las expediciones que subían y bajaban de las imponentes montañas. Fue entonces cuando tomó la decisión de combinar sus estudios religiosos con la práctica del alpinismo. Con este fin, en 2005 realizó una expedición al campamento base del Everest, ubicado en el área que se conoce como Khumbu (que en idioma nepalés significa “valle”). “Es un área de mucha paz. Si uno va con la mente abierta aprende algo más que solamente escalar. Aunque pensé que la montaña no estaba a mi alcance cuando la vi por primera vez, me pareció que sería interesante regresar algún día y verla más de cerca”, confiesa dejando traslucir algo de aquel entusiasmo original.

Mientras él realizaba sus pininos como escalador, se hizo amigo de un “sherpa”, como se les conoce a los miembros de un grupo de hombres que emigró a Nepal provenientes del Tibet, hace aproximadamente unos 500 años. Esta experiencia le permitió conocer más a estos pobladores del Himalaya, que viven en pequeñas comunidades en el área del Khumbu. “Son gente humilde, de pocas posesiones y con creencias budistas muy fuertes. La mayoría son monjes”, asevera Michael, con la seguridad de alguien que ha conocido de cerca aquello de lo que está hablando.

Toda la vida de los “sherpas” gira alrededor de las heladas cumbres que forman parte de la cordillera del Himalaya, coronada en su parte más alta por el Everest, con sus 8 mil 848 metros de altura. Viven de las expediciones que llegan al lugar con turistas ansiosos de hacer hiking o trekking.

Aunque su contextura física no parece superior a la de otros alpinistas, poseen una capacidad extraordinaria para aclimatarse a grandes alturas, precisamente por el hecho de que suelen vivir entre los 3 mil y 4 mil metros sobre el nivel del mar.

Tanto para los “sherpas” como para el resto de los nepaleses, el monte Everest está revestido de un significado espiritual, lo que se refleja en las ceremonias que se realizan previamente al ingreso de los escaladores en la montaña. Durante la liturgia, un monje budista le proporciona a los alpinistas las fechas “más auspiciosas” para llegar a la cima. En el caso de la expedición internacional de la que formaba parte Michael, los días más favorables para culminar exitosamente la escalada se suponía que eran el 18 y 22 de mayo. El empresario había salido de Panamá el 27 de marzo con el propósito de dar inicio a la expedición el primero de abril.

Pasó el 18 y la cumbre todavía parecía lejana. Llegó el 22, pero debido a que la cima iba a estar un poco concurrida ese día (otros escaladores también tenían previsto alcanzar el punto más elevado del planeta en esa fecha), decidieron intentarlo el 23. “Ya desde abril, no sabiendo nada de meteorología ni contando con 20 computadoras que tiraran proyecciones e historiales de tiempo, el sacerdote la pegó. La mayoría de la gente que subió lo hizo el 22. Nosotros subimos el 23, pero con mal tiempo. De hecho hubiera sido mucho mejor hacerlo el día antes”, afirma al referirse a la exactitud de los pronósticos de los monjes budistas.

EN LA 'ZONA DE LA MUERTE'

Antes de comenzar la escalada final, Michael y sus compañeros de aventura tuvieron que descender desde el campamento cuatro, situado a unos ocho mil metros de altura, al campamento base (cinco mil metros), para después continuar descendiendo hasta los cuatros mil metros. Durante cuatro o cinco días, el grupo descansó, permitiendo que sus organismos se recuperaran de los estragos causados por la altitud. “Si antes te costaba trabajo dormir, ya cuando estas a cuatro mil metros es como si te encontraras en Cancún. Descansas mejor y tienes más apetito. Luego retornas al campamento base y comienzan los últimos preparativos para el ascenso final”, detalla.

Una vez de regreso al campamento cuatro, a 8 mil metros de altura, los escaladores ingresan en lo que se conoce como la “Zona de la muerte”. Los más experimentados están conscientes de que a esta altura el rescate se torna casi impracticable. Es por ello que muchos optan por el retorno, renunciando así a la culminación de un sueño. “En este punto, llevas varias noches sin dormir y varios días sin comer bien. Tu cuerpo se está consumiendo solo, debido al agotamiento severo y el déficit calorífico.”, relata y su voz adquiere la gravedad de aquel que ha confrontado un situación cercana a la muerte.

Aún así, Michael y siete integrantes de su grupo (originalmente eran 14) optaron por realizar un esfuerzo final y alcanzaron la cima del Everest el pasado 23 de mayo, a las 9:15 a.m. Un sinnúmero de emociones embargaron al panameño. Aparte de la satisfacción por haber cumplido una meta, no podía apartar sus pensamientos de Alexander Cheng, otro escalador panameño que también albergaba el sue ño de escalar la montaña más alta del mundo. No obstante, a diferencia de Michael, nunca p udo alcanzar este objetivo: falleció al bajar del monte Pumari, situado a tan solo cuatro kilómetros del Everest. En la montaña, el tiempo continuaba empeorando y uno de los “sherpas” le recomendó a Michael y al resto de la expedición iniciar de inmediato el descenso. A pesar de padecer de una infección pulmonar severa, el panameño logró retornar al campamento base varios días después y arribar a Panamá el 2 de junio.

Tras varios minutos de compartir con Facetas las vívidas memorias de su experiencia en el Himalaya, Michael finaliza su relato. Cuando abandonamos su oficina no podemos dejar de preguntarnos cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a sentirse agobiado por la rutina de llevar las riendas de una empresa , anhelando el reencuentro con las alturas impolutas, donde el viento sibilante libera al aventurero que lleva por dentro.