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27 de Feb de 2021

Cultura

Los "Peterpanes"; de El Chorrillo

Una tarde prístina, recién lavada por un fugaz pero intenso aguacero, insinúa su luz sobre los muros que rodean al Cementerio Amador. A ...

Una tarde prístina, recién lavada por un fugaz pero intenso aguacero, insinúa su luz sobre los muros que rodean al Cementerio Amador. A través de las rejas de la entrada del Gimnasio Kiwanis de El Chorrillo una música se escapa hasta la calle. Entre las pausas de la melodía es posible escuchar alguna que otra risa infantil. Sobre el deslucido piso de madera de una cancha multiuso (se puede practicar baloncesto y fulbito) un grupo de niños con edades entre los siete y 13 años, vestidos con mallas azules, practican toda clase de rutinas de danza bajo la constante supervisión de dos instructoras y un par de asistentes.

Una luminosidad acuosa se cuela a través de unos ventanales ubicados en el techo metálico del gimnasio, del cual penden varias paños de diferente colores, confeccionados con una tela especial. Los mismas serán empleadas como si fueran sogas por los infantes, todos ellos estudiantes de algunas de las diferentes escuelas que se encuentra ubicadas en este populoso barrio. Utilizando sus minúsculos cuerpos como carretes, los pequeños bailarines se elevarán a varios metros del piso, siempre bajo la mirada de los adultos, que colocan un colchón debajo de ellos en caso de cualquier contratiempo. Tal si fueran los compañeros de juego de Peter Pan, el célebre personaje inmortalizado por James Matthiew Barry en su obra “Peter y Wendy”, estas promesas de la danza panameña realizarán todo tipo acrobacias, en perfecta suspensión. Por unos segundos al menos podrán alzarse por encima de la violencia y la marginación, situaciones que deben enfrentar cada día como moradores de El Chorrillo.

“La danza, al igual que el resto de las artes, es una manera de inculcar valores como la disciplina, la perseverancia, el respeto mutuo. A través de ella podemos enseñarles el valor del trabajo, para que así se enfocan en otras cosas y no estén allá afuera en las calles para ver en qué líos se meten”, enfatiza Ximena Eleta de Sierra, directora de la Fundación Gramo Danse, fundada en 1998 con el propósito de promover la danza contemporánea en Panamá.

A pesar de sus 43 años, esta rubicunda bailarina de ojos verdes y rostro perfilado es poseedora de una envidiable flexibilidad. Mientras conversa por su BlackBerry, arquea una de sus piernas detrás de su espalda hasta sujetarse uno de sus talones con las manos, un ejercicio que realiza sin esfuerzo aparente. En el centro de la cancha, el grupo de niños y niñas se encuentra enfrascado en la realización de los llamados “saludos al sol”, un ejercicio propio del yoga. Como explica Eleta de Sierra, esta disciplina oriental les ayuda a “enfocarse” apenas arriban al gimnasio para las clases, las cuales tienen lugar los días lunes, martes y miércoles, con una duración de dos horas.

Este es el segundo año del proyecto “Danzarea”, que Gramo Danse viene implementando desde el año pasado. Las audiciones para el primer grupo de jóvenes bailarines se efectuaron en julio del 2008, siendo seleccionados un total de 20 niños. Inicialmente la iniciativa era financiada por el Club Kiwanis, por la Fundación “Sus Buenos Vecinos” del Banco General y por un grupo de amantes de la danza. Actualmente, la “Fundación Buenos Vecinos” es el único patrocinador de este programa que beneficia a 28 infantes.

Además del yoga y de la danza área, el grupo dirigido por Nereyda Rey, instructora de Gramo Danse, organización fundada por las bailarinas panameñas Graciela y Mónica Newsam, aprende ejercicios de estiramiento, técnicas de danza contemporánea y algunos fundamentos de coreografía. “Sus desplazamientos los basan en formas que ellos mismo inventaron”, explica Rey mientras abre una caja de plástico y de su interior extrae unas “varitas mágicas” hechas con alambres e hilos de colores, las cuales distribuye entre la clase.

CUANDO LA VIOLENCIA ES EL PAN DE CADA DÍA

Armados con estas herramientas de prestidigitador, Rey confía en que sus alumnos puedan estimular la creatividad que duerme en ellos. Con una autoestima reforzada, la instructora confía en que algún día puedan transformar una realidad que puede vislumbrarse como bastante dramática por momentos, especialmente cuando en las peligrosas calles de esta comunidad tienen lugar tiroteos entre pandillas rivales. “Ya van varias veces que se dan balaceras afuera del gimnasio. Cuando ocurre nos alejamos de las puertas. Más se asustan las profesoras que los niños. Desgraciadamente, para ellos ésto es pan de cada día”, cuenta Eleta de Sierra, quien hasta los 14 años cursó estudios en la Escuela de Danza Teresa Mans. “Yo no vi nada, solamente escuché”, subraya Rey con cierto nerviosismo, refiriéndose a los enfrentamientos entre bandas que se dan en el lugar. La instructora comenta que “cuando las cosas se ponen difíciles” se pueden dar ausencias, pero que, por lo general, siempre “han podido mantener algún tipo de constancia” desde que las cursos arrancaron en marzo pasado.

Además de alejarlos de una calles donde reina la inseguridad, las instructoras del proyecto “Danzarea” también han conseguido que sus estudiantes mejoren significativamente su conducta, al menos cuando se encuentran bajo su tutela. Durante las sesiones de dos horas diarias, Rey y sus compañeras se esfuerzan por mantener a los infantes “ocupados, motivados, para que entiendan que ésa es la manera de trabajar”. “Los que no se dediquen a la danza ni a la coreografía en un futuro, les va a quedar la apreciación por las artes, la disciplina, el compromiso. Les ofrecemos un clima de respeto mutuo, donde nadie puede insultarse, ni gritar o empujar. Están aprendiendo todo eso que no ven en las calles de El Chorrillo”, expresa la directora de Gramo Dance, entidad que durante sus once años de existencia ha promovido la realización de jornadas didácticas que han contado con la participación de aproximadamente 30 mil estudiantes procedentes de diversos centros educativos.

Rey y el resto de las instructoras están conscientes de la importancia de mantener la concentración en el grupo, sobretodo con miras al espectáculo que se realizará el próximo cuatro de diciembre en el Gimnasio Kiwanis, un evento que estará abierto al público en general. “¡Waoooo!”, atina a decir una de las niñas cuando su profesora dice que puede venir todo el vecindario. A pesar de que son incapaces de ponerse de acuerdo con respecto a la hora en que empiezan los ensayos (para algunos comienzan a las dos de la tarde, otros ubican la hora de arranque a la 1:00 p.m., mientras que un niño afirma, en tono de broma, que es a la una de la mañana), el inquieto y risueño grupo asegura que se encuentra listo para la presentación. Zoraida, una pequeña estudiante de la escuela Manuel José Hurtado, de cabello castaño claro, revela sin pudor su deseo de algún día concursar en el programa “Vive la música”. “Aquí tenemos a la próxima Margarita Henríquez”, la molestan sus compañeras, con las cuales ha aprendido a volar, al menos momentáneamente, en el interior de el Gimnasio Kiwanis de El Chorrillo. Cuando ella y el resto de los participantes de este proyecto de danza contemporánea sujetan los extremos de las telas que les permiten elevarse por los aires parecieran como si se estuvieran aferrando a la esperanza (todavía vaga, difusa) de algún día poder alzarse por encima de su entorno, de escapar de las garras de la pobreza y la criminalidad que mantienen a un barrio sumido en un injusto olvido.