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04 de Mar de 2021

Cultura

Mi abuelo, el maestro

Mi abuelo fue maestro. Maestro de pueblo, de los de antes. En estos días estaba revisando viejas fotografías y me he encontrado con su r...

Mi abuelo fue maestro. Maestro de pueblo, de los de antes. En estos días estaba revisando viejas fotografías y me he encontrado con su rostro mirándome a través de los años y del color sepia desteñido.

Mi abuelo era maestro y tocaba el acordeón. Y dirán ustedes, ¿de qué habla esta loca? Les explico, pasado mañana es el día del maestro, y se celebra en un momento convulso para la educación en Panamá. En un momento donde se plantean cambios en los currículums y en los métodos educativos. En un momento en el cual las últimas encuestas de resultados educativos son desalentadoras. En una tormenta de críticas cruzadas donde los maestros y el Ministerio se echan en cara su pobre desempeño. En un momento donde los problemas de la educación se centran en si la escuela es más bonita o más fea, en si tiene suelo de barro o de cemento, en si tiene tejado de quincha o de zinc.

Y yo estoy hoy reflexionando con estas tres fotos delante de mí. Veo la foto de mi abuelo con el acordeón, apoyado displicentemente en el quicio de la puerta, con un cigarrillo colgando de los labios, y se me escapa una sonrisa. Pero cuando miro la foto sentado en su mesa de escuela, o en la que está rodeado por aquel rebaño de chiquillos, hijos de la postguerra, empobrecidos y enclenques, solo puedo pensar en el respeto que emana de su postura y de su actitud. Veo la escuela, pobrísima, con paredes de adobe resquebrajado, con un simple brasero en un lugar donde los inviernos son realmente crueles, con muy pocos implementos educativos. Y también recuerdo la biblioteca de mi abuelo, libros ordenados y usados, muy usados, libros que se prestaban y se devolvían. Libros que enseñaban a aprender.

Yo no llegué a conocer a ese hombre, pero recuerdo los comentarios de las personas que fueron sus alumnos, “Don Alfredo”, decían con voz de cariño profundo e inconscientemente elevaban los hombros, cuadrándose ligeramente.

Y ese es el fondo de la cuestión. Los maestros de hoy en día se quejan de que los alumnos no los respetan, de que no hay disciplina, de que no pueden imponerse a una jarca de adolescentes desatados. Tienen todas las posibilidades a su alcance y se quedan en lo superficial.

Y yo miro a mi abuelo en esas fotos y pienso que eran otros tiempos, sí, eran tiempos en los que el respeto no se daba, si no que se ganaba, donde el maestro se hacía respetar en su salón con su sola presencia y no permitía ninguna tontería. Donde los muchachos aprendían, no sólo por obligación, sino porque habían comprendido que eso era lo único que los iba a sacar de la miseria. Y no estoy hablando de maltrato físico, no. Estoy hablando de la capacidad de hacer que te tomen en serio, esa capacidad que la mayoría de los maestritos de hoy en día no tienen.

Los niños son como los perros, huelen el miedo, y obviamente se aprovechan. Los maestros tienen miedo de imponerse, tienen miedo de los alumnos y se apela a los padres por pendejadas que deberían solucionarse en la escuela. Pero lo peor del caso es que la mayoría de los padres, en vez de darle la razón al maestro, se ponen de parte de su retoño, aunque sepan que éste no la tenía. Le quitan autoridad al docente y lo único que consiguen es convertir al maestro en un hazmerreír. Obviamente, nadie quiere aprender nada de lo que te cuenta un pobre pelele.

Y luego nos quejamos. Lo que siempre digo, tenemos lo que nos merecemos.