26 de Feb de 2020

Cultura

¿Cómo es el carácter del chef?

Q ue tenemos mala fama, la tenemos. ¿Hay alguien que tenga peor humor que un chef? Lo dudo, no he conocido ninguno que no la tenga, desd...

Q ue tenemos mala fama, la tenemos. ¿Hay alguien que tenga peor humor que un chef? Lo dudo, no he conocido ninguno que no la tenga, desde que empecé en este oficio y con los distintos jefes que he tenido, siempre he visto y he escuchado groserías más o menos grandes, pero nadie se pone a pensar por qué hasta que como yo, me vuelvo grosero y maleducado y cada vez peor.

No es para justificarme, pero el calor vuelve loco a cualquiera y en una cocina no hay precisamente aires fríos. Normalmente, y en todos los casos, los chef además son dueños de los restaurantes que regentan con lo cual la pasión se une a la necesidad y está al pago de obligaciones. De modo que estás a presión y, como si fuera poco, tienes que cocinar cientos de platos que salgan siempre perfectos.

El resultado final es que casi todos los chefs estamos algo tostados del cerebro. A unos les da por crear platos mas allá de lo que pareciera normal; a otros les da por tener motos de gran cilindrada y a punta de velocidad quemar adrenalina; a otros nos da por gritar y volvernos energúmenos hasta que aterrizamos, a otros les da por pintar, a otros por escribir , a casi todos por viajar, etc.

Todos los días tenemos momentos puntuales de alto estrés, pues el tener que dar de comer en un tiempo prudencial a la gente produce tensión, y sobre todo si tienes en cuenta los tiempos de cocción y que directamente el contacto con el cliente se tiene a través de una tercera persona, la cual debe interpretar sus deseos y transmitirlos al cocinero sin alterarlos para que se sientan complacidos. Muchos hemos optado por participar en este proceso atendiendo a los clientes pero eso nos aumenta más el estrés, pues perdemos la cadencia de los platos y del servicio debido a que interrumpimos muy a menudo los procesos por salir al salón.

Casi todos tenemos mal carácter, pero les prometo que no somos malas personas, solamente es que las cosas no son siempre del color que queremos y eso nos dificulta la vida.

Debemos recordar qué le gusta a cada cliente, debemos acordarnos de su nombre para hacerlo sentir cómodo, debemos consentirlo, en fin, debemos hacer todo lo que sea posible para que regresen y regresen. Esto aunado al personal, al control de calidad de la comida, a las cuentas por pagar, las cuentas por cobrar, la calidad en el servicio, la limpieza del local así como su presentación, entre otros.

Todo esto nos pone a todos a mil, sin embargo, realizamos cada cosa con ternura y precisión. Cabe destacar que, la mayoría de nosotros logramos un intermedio en donde a pesar de ir a mil volcamos todas nuestras energías en cocinar, pero de repente algo rompe el ligero equilibrio y ¡zasplas!, saltamos cual dobermans sobre nuestra presa hasta que se nos acaba la energía, regresando a nuestro trabajo como si no hubiese pasado nada porque para nosotros ese momento paso y hay que seguir en el tajo.

Yo, gracias a todo, tuve y tengo suerte. Pocas veces mis enfados son públicos pero cuando los son resultan ser estruendosos y vulgares. Qué lastima pero todavía no he aprendido a controlarlos, pero es que tampoco los jefes que tuve lo hicieron jamás y por lo que veo en el entorno todos mis compañeros sufren de arrebatos parecidos a los míos. Entonces será verdad que los chefs somos unos seres extraños que tenemos arrebatos, pero eso nos hace ser genios en lo nuestro, que al fin y al cabo es cocinar rico y sabroso.

En fin, somos como somos porque estamos en este mundo para hacer felices a la gente que quiere comer fuera de su casa, así que aprendamos a querernos como somos para que nos quieran como somos. ¡Buen provecho!