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21 de Jan de 2020

Cultura

Érase una vez

Y va de cuento.... .. una madrastra muy hermosa que tenía una hijastra medio tonta y que le caía bastante mal, la cosa es que, cansada d...

Y va de cuento...

.. una madrastra muy hermosa que tenía una hijastra medio tonta y que le caía bastante mal, la cosa es que, cansada de verla rondar por los pasillos de su hermoso castillo sin oficio ni beneficio, teniendo como mascotas a animalejos asquerosillos como ratones y alimañas de ese jaez, la madrastra se cabreó y mandó a su jefe de seguridad (al que por cierto se tiraba en secreto) a matarla y traerle su corazón para preparar un rico bofe para la cena. El resto del cuento no es demasiado interesante para nuestro tema de hoy. ¿Saben ustedes cuantos millones de niñas han leído este cuento a lo largo de los siglos?, ¿se imaginan cuantas de ellas han llegado a ser madrastras?, ¿y cuantas tenían hijastras que les caían mal?, ¿cuál es el porcentaje de madrastras que pagan sicarios para matar a las hijas de sus maridos? O sea, que lo que leemos o vemos en nuestra infancia no tiene porqué influir en lo que hacemos de mayores.

La semana pasada critiqué al señor ministro de gobierno y justicia cuando atacaba a los medios como incitadores de la violencia. Y miren ustedes por donde, esta semana sale el director de la policía a decir la misma mamarrachada. Pero no son solo estos dos señores, en varios foros he oído esta misma tontería, y ya me estoy preocupando, porque veo que esto es como la varicela: se pega.

Es triste comprobar que la disciplina de la moral, eso que se enseñaba en casa del honor, de la verdad y del sentido del deber, hoy en día brilla por su ausencia; en unos casos porque los padres son tan pobres que la única preocupación es ver donde encuentran que comer, en otros casos porque los padres son tan ricos que la única preocupación es ver qué nueva pendejada se compran con todo el dinero que les sobra, y en otros casos porque los padres tienen que ver cómo hacen para lograr llegar a casa en medio del espantoso tranque antes de que sus retoños caigan rendidos de sueño.

La cosa es que junto con la pérdida de esos valores, se está perdiendo lo más importante para que una sociedad funcione: la responsabilidad. Mágica palabra que en los últimos tiempos les quema en la boca a muchos. Res-pon-sa-bi-li-dad. Yo soy libre de elegir mis acciones, por lo tanto soy responsable de sus consecuencias. Si elijo matar soy un asesino, si elijo robar soy un ladrón, si dejo que me sobornen soy un corrupto. O sea, tan fácil como eso. Si soy libre para apretar el gatillo, para agarrar lo que no es mío o para aceptar el sobre (o el maletín) también debería de tener el valor de aceptar lo que eso conlleva: la cárcel, la muerte o la vergüenza y el escarnio público. Pero no, para eso no estamos preparados ¿verdad?

Nadie es responsable de lo que usted hace, hay miles de personas que ven violencia en la tele o en el cine y no se lían a tiros ni se vuelven narcos. ¿Que otros no pueden? Pues peor para ellos. Nada ni nadie es responsable de tus propias acciones. Ni una serie de televisión, ni un cuento de hadas, ni tu amigo que te dice que te tires por un puente (¿te vas a tirar? amo esa maravillosa muestra de folklore materno…) La responsabilidad de nuestros actos es nuestra, la responsabilidad de nuestras autoridades policiales es cuidar a los que decidimos ser honrados de aquellos que deciden no serlo, la de las autoridades correspondientes es darles a los que deciden cambiar de vida la oportunidad de hacerlo. Pero no seamos cínicos, la televisión no tiene la culpa de nada.