28 de Nov de 2022

Cultura

El hombre de los cigarros

Mientras el ensordecedor barullo del tráfico de la Avenida Eloy Alfaro se cuela e inunda el pequeño tenderete ubicado al filo de la vere...

Mientras el ensordecedor barullo del tráfico de la Avenida Eloy Alfaro se cuela e inunda el pequeño tenderete ubicado al filo de la vereda, las manos ágiles, precisas y acostumbradas de José Alberto Villa fabrican uno detrás de otro los cigarros que desde hace 60 años, cuando recibió el negocio como un legado de su padre adoptivo, le han servido para el sostenimiento familiar.

A pocos metros de distancia, “La interiorana” una de las cantinas más viejas de la capital nos dejan escuchar por ráfagas intermitentes, cada vez que un cliente entra o sale del local, una cumbia que refleja la noche que reina eterna en su interior, donde se pierden esmirriados sueldos y se gana un poco de sexo apurado.

Ahí, cerca de Salsipuedes y del Terraplén, donde a partir de las 5 de la tarde junto con el sol se esconde la seguridad, José Alberto ha hecho su reino de tabaco. Llega todos los días, de lunes a sábado, entre las 9 y las 9 y 30 de la mañana y se queda hasta las 5 de la tarde. “No se puede más tarde, porque como anda la cosa...”, dice a manera de explicación. Desde las paredes los ojos del Cristo Negro en por lo menos tres versiones hechas a lápiz por él mismo lo miran y lo protegen y el proclama su fe diciendo “Ése es mi papá”.

Villa, muy panameño, nació y creció en San felipe, en una casa llamada “La Logia”, que estaba ubicada al lado del Hotel Colonial en Plaza Bolívar. Su padre biológico fue chileno y al morir éste, cuando Villa tenía apenas un mes de nacido, su padrino, el tabogano, Ricaurte Olivares lo adoptó y crió como a un hijo dejándole como herencia la tienda de tabaco y el arte de hacer cigarros.

Estudió en el Colegio Simón Bolívar, y cuestiona a su hijo que asegura que el Bolívar está donde antiguamente estaba el colegio La Salle. “Ese era un colegio para ricos, yo estaba en el Bolívar”, insiste. “Usted sabe”, dice por lo bajito, “mi padrino de bautizo era el difunto Federico Boyd y ni tan siquiera me regaló un juguete”.

Entretanto la gente se asoma al mostrador que constituye todo el negocio que ha sido cubierto por una reja de metal para evitar los robos. Una joven mujer pide un par de cigarros que José Alberto se apresura a preparar. De una bolsa plástica toma una hoja de tabaco humedecida con agua, la estira sobre el mostrador y pone una pesa en un extremo para sujetarla mientras corta los bordes sobrantes y desiguales. Ésta será la envoltura exterior. Toma uno de los envoltorios formados por una hoja y retazos de tabaco previamente preparados y lo coloca sobre la hoja estirada, que unta de goma de yuca con una brocha para evitar que el cigarro se despegue y desbarate. Va envolviendo la hoja girando diagonalmente el cigarro sobre sí mismo, apretando “pero no mucho”, dice, y finalmente corta los extremos. Cada cigarro se vende a cincuenta centavos.

El negocio lo inició su padre adoptivo, hace más de 90 años y según José Alberto, fue el pionero en la venta de tabaco en la zona. En ese entonces además de tabaco se vendían plátanos y raspadura.“A mucha gente le gustan estos cigarros”, comenta Villa, “el tabaco es fuerte, mejor que muchos importados”, dice. “Mis clientes son gente común y corriente, hombres y mujeres y muchos viejitos”, explica el artesano. Pero también ha tenido gente importante entre su clientela, uno de los que recuerda porque llegaba con sus guardaespaldas que se quedaban cuidando el carro mientras él esperaba que le haga sus cigarros, fue “Sombrero loco”, cuenta Villa que recuerda mejor el apodo que el nombre del ex legislador Gerardo González.

El tabaco viene empacado desde Sordobá en Concepción, Provincia de Chiriquí, donde lo producen. La mayoría de las veces es enviado por transportes Chavale pero ocasionalmente llega el mismo productor trayendo la mercancía. Villa cuenta que el proceso se inicia con la misma cosecha cuando se pone a secar las hojas de tabaco ya maduro al sol y después de un día se recogen y se lían juntas cubiertas con una lona para que pasen por las “tres fiebres”, que es el proceso en el que el tabaco se calienta, fermenta y concentra todo su aroma y está listo para la venta, tomando el nombre de tabaco disipado.

En promedio Villa, que desde enero trabaja con su hijo que tiene el mismo nombre que él, fabrica entre 25 y 30 cigarros diarios, también vende el tabaco por libra que se llama “picadura” y es utilizado para rellenar pipas. “No se pierde nada” acota José Alberto hijo, conocido como Beto.

José Alberto, padre, descansa únicamente los domingos. Ese día “ayudo a la señora descanso y escucho música”, relata. Es un aficionado del bolero, especialmente de los de la vieja guardia como los interpretados por Beni Moré, Joe Valle, Daniel Santos y Rolando La Serie. Bailarín inveterado giró con su esposa Romelia en las pistas del “Century Club” en Plaza 5 de mayo, “El caballero de Colón” en Catedral y en “Los 3 arcos” en calle 17. Otra de sus aficiones es el béisbol y como la gran mayoría de los panameños es seguidor de los Yankees de Nueva York y admirador de Babe Ruth.

Casado hace 54 años con la misma mujer, con quien tuvo 3 hijos varones, todos llamados igual a él, José Alberto dice que el secreto de una relación duradera está en “evitar todos los vicios: no tomar, no fumar, comer bien y no preocuparse tanto”.

Al despedirse confiesa que nunca ha fumado los tabacos que fabrica y se pone a la orden para contarnos la historia del mercado y de la zona en la ha nacido, trabaja y vive y de donde nunca se irá, “porque de aquí voy directo pa′l hueco”, concluye.

El tráfico no se detiene en la Eloy Alfaro, ni los clientes dejan de circular por las cantinas cercanas, la vida vuelve a una zona que agoniza.