20 de Oct de 2021

Cultura

Generación de oro

Es viernes, el inicio de lo que se vislumbra como un fin de semana intensamente deportivo. Horas antes, en el marco de los IX Juegos Cen...

Es viernes, el inicio de lo que se vislumbra como un fin de semana intensamente deportivo. Horas antes, en el marco de los IX Juegos Centroamericanos, que comenzaron hace exactamente una semana atrás, el “canguro” Irving Saladino saltó buscando darle una alegría a sus compatriotas, después de un más que decepcionante arranque de año. En el interior de un jardín de la localidad, un par de parejas celebran su ascenso al podio de los ganadores bailando animadamente al compás de una melodía típica, levantando el polvo que no permite vislumbrar del todo el color esmeralda de los mosaicos que cubren el piso del amplio local.

En una pantalla gigante, situada por encima de mesas de plástico y madera cubiertas por pequeños paraguas, una televisora local repite la actuación del otro gran protagonista de la jornada: el también panameño Alonso Edward, que se hizo con el oro en los 100 metros. Es así como el panameño presencia y celebra los grandes acontecimientos deportivos, entre amigos, cervezas y frente a un plasma o LCD.

No obstante, Edward y Saladino, dos consagradas figuras del deporte istmeño, no fueron los únicos responsables de que Panamá lograra 212 medallas en estos Juegos Centroamericanos que concluyeron el pasado lunes, luego de más de una semana de competiciones deportivas de todo tipo y del más alto nivel.

Una nueva generación de atletas y nadadores también dejó en alto el nombre de Panamá, rompiendo récords y recolectando medallas. Andrea Ferris, Diego Castillo y Edgar Crespo tuvieron la oportunidad de hacer algo que no muchos atletas locales pueden conseguir: conquistar el oro en el terruño que los vio nacer.

Todos ellos estudian y entrenan en el extranjero, por lo que la recién culminada cita deportiva representó una oportunidad única para competir y celebrar junto a sus seres queridos y el resto de la sociedad panameña que siguió atentamente cada conquista, cada medalla que colgaba de sus cuellos.

Facetas tuvo la oportunidad de conversar con estos jóvenes deportistas, quienes estuvieron entre los que obtuvieron más medallas de oro para el Istmo. Sus historias están marcadas por el sacrificio, el cual muchas veces tiene lugar en un país extranjero, lejos de casa y de todo aquello que conocien y aman.

Es el relato de jornadas extenuantes, que se inician desde muy temprano en la mañana y que involucran largos días de estudio y entrenamiento, sin mucho tiempo para aquellas actividades de esparcimiento que les son familiares a quienes tienen su misma edad.

Son los sueños y anhelos de una generación que al parecer nació para el oro y que sirve de ejemplo a la juventud local, a la que le enseña cómo es posible alejarse de los vicios y los peligros de la calle a través de la disciplina, la perseverancia, el compañerismo y otros valores que se aprenden practicando el deporte, en el camino hacia la gloria. +3B

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LA VALIOSA LECCIÓN DE LA DERROTA

El haber quedado en la última posición en un campeonato centroamericano en 2002 le sirvió a la joven atleta panameña como motivación para esforzarse más y así lograr el oro. Andrea Ferris nunca podrá olvidar su debut como fondista en un campeonato centroamericano que se celebró en 2002 en Costa Rica. La chorrerana, que entonces tenía apenas 14 años, ocupó la última posición en esta competencia. "Me ganaron todas. Fue entonces que me propuse seguir entrenando para vencerlas", recuerda la deportista de 22 años.

La determinación de Andrea no tardó mucho en rendir frutos: al año siguiente representó a Panamá en un centroamericano de categorías menores, logrando conquistar una medalla de oro. Este triunfo parece bastante modesto si se le compara con las cuatro medallas de oro que logró obtener durante la pasada edición de los IX Juegos Centroamericanos en Panamá.

Como si fuera poco, Andrea también logró imponer la mejor marca (al menos en lo que va del año) en la prueba de los 800 metros planos. "Lo más importante es que fue en mi país. Hice la mejor marca de toda mi vida en mi tierra. Los panameños vieron lo que tiene Andrea Ferris", reflexiona acerca del sabor especial que tiene el triunfo cuando se da en casa, junto a la familia.

Hoy en día, Andrea goza del apoyo de un pueblo y también del gobierno nacional, que durante los IX Juegos Centroamericanos les pagó a los deportistas locales 500 dólares por cada medalla de oro. Pero esto no fue siempre así. Cuando se inició en el atletismo a la edad de 14 años sólo contaba con el apoyo de su padre, quien trabaja construyendo calles en la creciente cuidad de Chorrera. "Mi padre nos ponía a practicar cualquier clase deporte para apartarnos de los vicios, ya fuera béisbol, fútbol, todo lo que tuviera que ver con correr, ensuciarse, tirarse al monte, tirar piedra, pelota, etc", cuenta Andrea, quien creció junto a sus nueve hermanos: cuatro varones y cinco mujeres.

En 2007 se fue a Perú, en busca de un nivel competitivo más alto y de mejores condiciones para entrenar. Actualmente reside en un Centro de Alto Rendimiento ubicado en la ciudad de Arequipa, que queda a 14 horas de Lima y a 2 mil 200 metros sobre el nivel del mar. Al principio le costó mucho adaptarse a la altura, que le provocaba dolores de cabeza y hacía que se le rompieran los vasos capilares de la nariz. Afortunadamente, su cuerpo "aceptó positivamente el trabajo" a esa altitud.

Aunque reconoce que extraña el calor y la comida de Panamá, al igual que las festividades locales, Andrea ha hecho de Perú su segunda patria. Incluso se ha enamorado de un peruano: el también atleta Mario Bazán, quien la ayuda a entrenar y la aconseja.

A pesar de los triunfos cosechados en Panamá, Andrea está consciente de que tiene que "seguir trabajando para mantenerse en el primer lugar del ranking de la IAAF", sobre todo de cara al próximo Campeonato Iberoamericano en España y a los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se realizarán en julio próximo. "Hay corredoras muy buenas, en España, Portugal y Brasil. Lo único que me queda es seguir entrenando. Le quiero decir a los panameños que hay Andrea Ferris pa”rato y que hay más de mí para dar todavía", afirma con la convicción de alguien que se crece frente a los desafíos.

LOS SACRIFICIOS DEL ORO

En la vida de un joven campeón no hay mucha cabida para las fiestas ni los bailes. Los días son dedicados a entrenar y a estudiar. Para este atleta panameño la mayor recompensa es escuchar el nombre de su país mientras se encuentra en el agua. Resulta algo difícil creer que durante su niñez el joven nadador panameño Edgar Crespo fuera alérgico al cloro. Tomando en cuenta que ganó ocho medallas (siete de oro y una de plata) en los IX Juegos Centroamericanos se podría pensar que el deportista de 20 años se siente más cómodo dentro de una piscina que afuera. No obstante, durante su niñez a Edgar le costó un poco de esfuerzo sentirse seguro dentro del agua.

El deportista capitalino recuerda que cuando se encontraba en tercer grado, su madre decidió meterlo en el programa recreativo "Verano Feliz" de la Piscina Patria. Al final, el verano no fue suficiente: Edgar no aprendió a nadar, solamente el estilo "perrito" como se dice en buen panameño.

En el Colegio La Salle, los instructores lo incentivaron a tomar el curso de natación porque era "muy desordenado y mi mamá estuvo de acuerdo para que gastara un poco de energía después de clases". Con el tiempo fue aprendiendo los diferentes estilos de lo que se convertiría en una verdadera pasión. "Creo que si algún día parara de nadar, no podría contener las ganas de andar de un lado para el otro en la piscina. Es parte de mi vida cotidiana. Creo que cuando me retire de la natación en mi casa voy a tener una piscina de 25 metros para entrenar", señala el atleta que desde hace dos años estudia en la Universidad Cristiana de Texas (TCU, por sus siglas en inglés), ubicada en la ciudad de Forth Worth, EEUU.

Hoy por hoy, Edgar no piensa todavía en su retiro, sino más bien en el desafío de mantener el nivel que exhibió en la reciente cita deportiva que tuvo lugar en Panamá, y en la que obtuvo el primer lugar en las competiciones de 50 y 100 metros mariposa; 50, 100 y 200 metros pecho; 4x200 metros relevo libre y 4x100 relevo combinado. "Lo más importante fue darle alegría a mi país con estas medallas, que fueron fruto de un arduo trabajo y entrenamiento", apunta el nadador, que durante la competencia pudo imponer marcas tanto a nivel nacional como centroamericano.

Conseguir estas preseas no fue tarea fácil. Para obtenerlas Edgar ha tenido que elaborar una complicada y extenuante rutina diaria de trabajo. De lunes a sábado, combina el entrenamiento físico desde muy temprano con sus prácticas de natación, asistencia a clases, estudio y deberes hasta las 10 u 11 de la noche. "Gracias a dios los domingos son libres", dice con cierto alivio.

Afortunadamente para sus entrenadores, es un "muchacho tranquilo", que gusta pasar el tiempo con su familia y salir a comer, al cine o pasear a un centro comercial con su novia. "Sinceramente me gusta bailar pero puedo contar con una mano las veces que he salido a una fiesta", manifiesta.

Para Edgar todos estos sacrificios se tornaron irrelevantes en los IX Juegos Centroamericanos, cuando tuvo la oportunidad de nadar en una piscina atiborrada por sus compatriotas. "Es un sentimiento que no cambio ni cambiaría por nada, ya que me encanta sentir ese apoyo del público cuando mencionan el nombre de ′Panamá′", indica quien espera volver a sentirlo cuando compita en los próximos Juegos Centroamericanos y del Caribe que se llevarán a cabo en Puerto Rico.

ESTIRPE DE CAMPEÓN

De su padre heredó la pasión por el deporte. Junto a su hermano conquistó el oro en los Centroamericanos. Para este nadador la familia es más importante que cualquier presea.

El competir en los IX Juegos Centroamericanos le dio al nadador chiricano Diego Castillo la oportunidad no solamente de conseguir seis medallas de oro, una plata y otra de bronce, sino también de reencontrarse con su familia, tanto fuera del agua como adentro. Diego, que desde hace dos meses se encuentra viviendo en Puerto Rico, donde estudia la carrera de ingeniería industrial en la Universidad del Turabo, integró la selección panameña de natación junto a su hermano menor Andrés Castillo. "Era la primera vez que competíamos juntos en un relevo y ganamos la medalla de oro", destaca el atleta de 18 años, con un orgullo difícil de esconder.

Ambos hermanos (seis en total) heredaron la afición por el deporte de su padre, Carlos Castillo, un destacado judoka panameño que en la década de los setenta llegó a alcanzar la posición número siete en el ranking mundial de este deporte. El reencuentro con su familia, después de varios meses sin verlos, fue como una especie de "bonus" en lo que fue la mejor presentación de Diego en unos juegos centroamericanos. Las preseas que se colgó del cuello se añaden a una colección conformada por entre 300 y 400 medallas que el nadador ha obtenido a lo largo de once años de competencias, desde que ganó su pri mera medalla de oro en un torneo infantil. "Las medallas más importantes las guindo en mi cuarto. Pero a la hora de enseñarlas soy hasta penoso", asegura quien a los 12 años de edad debutó en su primera competencia de natación.

"No creo que seamos una generación que nació para el oro. Sin dios no se logra nada. Aquí gana el que más se sacrifica y entrena", manifiesta Diego, haciendo referencia a la sobresaliente actuación de sus compañeros de equipo. "Para mi ésta ha sido la mejor selección de natación que ha tenido Panamá. Estábamos muy felices, muy unidos", indica.

Actualmente, Diego se encuentra totalmente concentrado en su preparación para los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que tendrán a Puerto Rico como escenario. Con miras a esta importante competencia, se esfuerza por mejorar lo que es "el planteamiento de su ritmo de carrera, a dosificar bien mi velocidad". Aunque comenta que no le gusta pensar mucho en el futuro, entre sus planes contempla clasificar para los Juegos Olímpicos de 2012.

Mientras espera que su sueño olímpico se concrete, Diego se levanta todos los días a las cuatro de la mañana a entrenar, vuelve a su casa a desayunar y prepararse para la universidad. Después de clases, retoma el entrenamiento y después se va a dormir o estudiar. Cuando no estudia o entrena, va al cine o a comer con sus amigos o a una playa cercana los fines de semana. "La natación exige mucha disciplina", dice. A pesar del cansancio y de no tener mucho tiempo para estudiar o divertirse, Diego está consciente de que debe ser un ejemplo para su hermano. Espera que junto a él en Puerto Rico, Andrés continúe la universidad para entrenar juntos y continuar la estirpe de campeones que comenzó el padre de ambos.