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13 de Apr de 2021

Cultura

La edad, la estupidez y la muerte

Estaba uno de estos días en medio de uno de los tranques descomunales a los que últimamente parece que los pobres conductores estamos co...

Estaba uno de estos días en medio de uno de los tranques descomunales a los que últimamente parece que los pobres conductores estamos condenados, e iba yo pensando (con muy mala leche, todo hay que decirlo) en las cosas curiosas del devenir histórico…

A pesar de lo que nos complacemos en pensar, y lo orgullosos que estamos de los supuestos avances sociales en los últimos años, hemos de recordar que la vida humana no ha sido siempre un valor absoluto.

La vida humana no valía más allá de tu valor intrínseco como miembro de un grupo, y dejaba de tener valor cuando ya no le eras útil a la sociedad. ¡Qué buenos tiempos aquellos en los que el bien común primaba por encima del egoísmo rastrero y ruin!

Durante siglos los que no eran útiles al grupo eran abandonados o lo abandonaban voluntariamente sin más. Los reclamos, los reproches y las exigencias solo tienen cabida en esta sociedad que hemos construido a base de conmiseración y paños calientes.

Sociedad egoísta y egocéntrica donde algunos se creen que por ser muy jóvenes o muy viejos pueden hacer lo que les da la gana. Y así nos va. Las mujeres por mujeres, los menores por menores y ahora los viejos por viejos nos tienen a la fuerza útil de rehenes sin poder defendernos.

No se engañen señores, la juventud no es garantía de resolución, de valentía ni de arrojo. Y la senectud no es un certificado de sabiduría ni de sentido común. Si no tienes inteligencia ni honor no lo podrás aplicar de joven ni lo podrás acrecentar con las experiencias.

La estupidez no sabe de edades y los imbéciles no dejan de serlo por peinar canas.

Una babosada dicha por una boca desdentada no tiene más raciocinio que otra dicha por alguien más joven. Y los años no dan el respeto, el respeto se gana.

No se adquiere así no más al apagar las velas. Al igual que la muerte no convierte a los canallas en buena gente, la edad no puede sacar de donde no hay. Y un cabrón muerto seguirá siendo un cabrón, sólo que, por suerte, estará muerto.

Porque cuidado, no digo que los adultos mayores (eufemismos a mí) no tengan un rol fundamental como donadores de cariño, preservadores de tradiciones, cuidadores de la historia, de las historias y de buena parte del patrimonio cultural intangible.

Hay muchos adultos mayores valiosos y útiles a la sociedad, que se merecen el respeto y el cariño de sus allegados y del resto de la sociedad, pero cuando empezamos a reclamar de manera indiscriminada algo a lo que consideramos que tenemos derecho, y lo hacemos sin considerar los derechos del resto de los integrantes de esta sociedad y nuestros propios deberes como ciudadanos, entonces dejamos de tener derechos.

Todos, jóvenes y viejos tenemos derecho a ser insoportables, pero también tenemos derecho a ser prescindibles.

El egoísmo actual está disfrazado de solidaridad y con la excusa de pelear por determinados derechos afecta al resto.

Y el resto, cobardes, pusilánimes (o como diría el gran Pedrito, grandes ahuevaos) nos dejamos meter el dedo…en la boca. Y nos merecemos lo que nos pasa. Al que le siente el traje que se lo ponga.