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08 de May de 2021

Cultura

Lo que hay que ver...

Desde la distancia leo las noticias de nuestro pobre Panamá y medito acerca de la ceguera humana, riéndome por lo bajinis. Hablan d...

Desde la distancia leo las noticias de nuestro pobre Panamá y medito acerca de la ceguera humana, riéndome por lo bajinis. Hablan de diálogo y se sientan muy serios unos enfrente de los otros, montando una parodia de cara a la galería. El tema es lo de menos, en este sufrido trozo de tierra los temas son repetitivos e intrascendentes. Ahora toca la minería, hablemos de minería pues. No pienso reiterar mis opiniones acerca de este punto pues los que me siguen semana tras semana ya las han leído algunas veces, y los que no, pues mala suerte, no es de la minería en sí de lo que quiero hablar, sino de los famosos diálogos que se preparan vez tras vez.

Después de ver muchos, caigo en cuenta de que lo que debe pasar es que unos y otros no tienen claro qué significa diálogo, sí, eso es lo que debe pasar. Haré mi buena acción del día y trataré de exponerlo clarito para que todos puedan entender, (si me lo solicitan, adicionalmente puedo hacerles un croquis de las posiciones estratégicas). Iniciemos con la definición de diálogo, a ver, lean vocalizando para poder entender: un diálogo es una plática (¡oh!, perdón, una plática es una conversación) entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas en busca de avenencia.

Reiteremos, para subrayar la parte importante de la frase anterior, por si acaso alguien se ha perdido: ‘en busca de avenencia’. ¡Ese es el quid de la cuestión! ¡La avenencia! ¡Ah, perdón! ¿No entienden la palabra? Avenencia significa conformidad y unión. O sea, resumiendo, dialogar es hablar para ponerse de acuerdo. Así de sencillo. ¿Hace falta explicarlo más? Pues ahora les explico a los que no entienden porqué en Panamá los diálogos no llegan a nada. Lo que pasa es que cuando te sientas a dialogar con alguien empecinado en tus propias ideas y cerrado en banda a reconocer nada bueno ni aceptable en las ideas que el otro te pueda presentar y si la otra parte repite de forma recalcitrante una y otra vez sus propios planteamientos, negándose tercamente a ceder ni un solo palmo de terreno, pues eso será muchas cosas pero no es un diálogo.

Obcecarse en su propio punto de vista lo único que conlleva es un diálogo de besugos, y tengo la triste sensación de que eso es lo que está pasando en nuestras ‘mesas de diálogo’ cuando se discuten determinados temas, cada una de las partes está convencida de tener la verdad absoluta de su lado, olvidando que la verdad absoluta no existe, y mucho menos en política, donde cada punto de vista tiene miles de aristas y donde lo que es bueno para unos quizás no lo sea para los otros. Es en las decisiones políticas donde los diálogos de sordos ni funcionan ni sirven más que para cumplir las aspiraciones (del tipo que ustedes quieran) de unos o de otros. Pero al final, a todos los demás, a los que no tenemos posiciones tan extremas ni tan encontradas, a los que solo queremos un futuro en paz donde todos podamos encontrar nuestro lugar, esas discusiones, protestas e intransigencias, nos dejan un mal sabor de boca.

En esta democracia imperfecta que tenemos, nadie puede entrar a una negociación pretendiendo ganar en todas sus pretensiones, el ceder terreno no es perder, es ganar concordia. La terquedad, la contumacia, la tozudez y la cabezonería no llevan a nada más que a infartos. Apúntense esa.