16 de Oct de 2021

Cultura

No me da la gana

No me da la gana de dar mi brazo a torcer. Quizás es tozudez. Pero prefiero pensar que las lecciones de honor y rectitud que durante año...

No me da la gana de dar mi brazo a torcer. Quizás es tozudez. Pero prefiero pensar que las lecciones de honor y rectitud que durante años me han sido inculcadas han rendido sus frutos. No me da la gana cerrar el pico cuando tengo derecho a decir lo que digo. No me da la gana de vivir con miedo por decir o no decir. Por decir de más o de menos. No me da la gana de callarme. Pero reconozco que es más cómoda la otra postura, la de dejarse llevar con la corriente y asentir o negar aquello que todas las cabecitas bien educadas asienten o niegan al unísono.

Esta semana se ha celebrado en Panamá el decimo quinto Premio Nacional de Periodismo que todos los años entrega el Fórum de Periodistas por las Libertades de Expresión e Información. Y a raíz de este evento se ha reavivado el tema sempiterno de la existencia o no de la libertad de expresión en nuestro país. Debate que, como decía una de las jurados internacionales debería ser obsoleto, pues es un derecho reconocido desde el año de 1946 cuando se firmó la declaración universal de los derechos humanos. Así que tampoco me da la gana seguir dándole vueltas al trapiche. Pero me molesta la actitud de los que dicen que la culpa de lo que pasa la tienen los periodistas. Porque culpar a la víctima es una estrategia muy vieja, y se basa en que la mejor defensa es un buen ataque y se expresa en argumentos como que "la violaron porque llevaba minifalda, ella se lo buscó’. En este caso la culpa de que el periodista tenga una demanda por calumnia, o que lo amenacen o extorsionen de cualquier manera, a él o a su familia, no es del sistema, sino del periodista, por haber hecho su labor de informar.

El tema de la libertad es un tema complicado, es decir, en muchos casos es totalmente subjetivo, ¿eres libre solo porque te lo digan? ¿aunque no lo seas si te sientes libre quien te puede decir que no lo eres? El tema de la libertad de expresión es todavía más peliagudo. ¿Cuánto se puede decir y cuanto se debe callar? ¿La censura es mala pero la autocensura es buena? Estamos mal cuando decimos que la mejor manera de que los gobiernos no censuren a la prensa es que la prensa se autocensure. En mi modesta opinión cualquier palabra que contenga las partículas que conforman el vocablo ‘censura’ es una palabrota, y conste que nunca fui la más boquilimpia de mi clase.

Pero a veces es difícil hacer entender que sí que los periodistas tienen responsabilidad por lo que dicen, desde luego que la tienen, y de explicar eso se encarga precisamente la ética, asignatura que no debería ser un satélite en la carrera de periodismo, sino que debería ser considerada uno de los pilares fundamentales. La ética, la moral estricta y la asunción de responsabilidades a veces están muy lejos del día a día de algunos trabajadores de la información, al igual que de otros muchos otros trabajadores, pero eso no se arregla con leyes y acciones que coarten la libertad de expresión y opinión de todos sino con educación.

El tema no es nuevo, y a los poderosos nunca les ha gustado que les echen en cara sus defectos y sus errores, que se lo digan sino a Francisco de Quevedo que sufrió cárcel por lo afilado de su pluma y por no dejar títere con cabeza desde el mismísimo rey para abajo. Aún así, sin miedo y retador, escribió mis versos de cabecera: ‘No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo’.