11 de Ago de 2022

Cultura

Iniciación en los misterios de Fez

En el año 622, advertido de un complot para asesinarlo, el profeta Mahoma salió corriendo de la Meca, y se instaló en la ciudad de Yatri...

En el año 622, advertido de un complot para asesinarlo, el profeta Mahoma salió corriendo de la Meca, y se instaló en la ciudad de Yatrib, 320 kilómetros al norte. Yatrib pasó a llamarse Madinat un-Nabi, la ciudad del profeta, y con el tiempo, simplemente Medina. Desde Medina, el Islam cimentaría su dominio de la península arábiga con tal ‘moméntum’ que, en cuestión de un par de siglos, los califatos árabes llegarían a controlar uno de los imperios más grandes de la historia.

Una de las regiones cuyo destino cambiaría para siempre con estos hechos fue el Norte de África. Los bereberes, habitantes originales de la región, vieron su raza y cultura disolverse en el tsunami venido del este. Los árabes fundaron innumerables ciudades-medinas por toda la región, y hoy, 14 siglos después, la palabra ‘medina’ es usada en los países magrebíes para referirse al casco antiguo de sus ciudades.

ASALTO A LOS SENTIDOS

En Marruecos, las medinas son el orgullo de los locales y la fascinación de los forasteros. La primera vez que fui a una, en Rabat, quedé estupefacto ante el laberinto de callejones y el hervidero de actividad. ‘¿Adonde va -garabateé en mi cuaderno, en medio de tropiezos y empujones- ‘y de dónde viene tanta gente? Cada paso es una foto distinta, un momento que quisieras guardar en tu mente para siempre’. Con toda mi fascinación, no obstante, sabía que ésto era sólo un aperitivo, que la medina de Rabat era sólo un detalle comparado con lo que vendría en Fez y Marrakech.

Es imposible prepararse para la medina de Fez, la más grande y antigua del mundo, con 22 mil callejones y 350 mezquitas. Es como si los dioses —Alá, en este caso— hubieran dejado caer un plato de spaghettis sobre la tierra, y cada fideo fuera un callejón lleno de tiendas, carretas, personas y animales conjugando todos los verbos que existen en medio de un ruido tan infinito y complejo como el universo mismo.

LA CARA AMARGA

La medina es tan grande que, a menos que se disponga de una semana o más para explorarla, es imposible visitarla sin la ayuda de un guía. Y aquí, lastimosamente, empieza la parte difícil. Fez es famosa por sus guías falsos, y el control de guías en la medina ha sido siempre un dolor de cabeza para las autoridades turísticas. Y tampoco es que haya tanta diferencia, pues todos los guías terminarán dándote una vuelta por distintas tiendas, presentándote al encargado, y tomándose un café mientras el hombre te muestra el lugar e intenta persuadirte de comprar algo. El guía, por supuesto, se lleva una comisión.

La experiencia en sí deja un sabor de boca amargo, pero así es el Marruecos de las medinas turísticas. Una constante lucha por experimentar algo auténtico y diferente sin sentir que eres un dólar andante a los ojos de los locales. Una lucha que, en honor a la verdad, a la larga se vuelve tediosa y desesperante. En medinas como la de Marrakech, por ejemplo, todo el mundo intenta establecer contacto visual contigo, hablarte e incluso agarrarte por el brazo, por lo que terminas caminando los callejones como zombi, con la mirada perdida y los oídos apagados, ignorando tu alrededor. Ignorando la mercancía en venta por que si la miras, no te dejarán salir sin comprar. Ignorando a los vendedores, porque si les haces caso no te dejarán en paz. Ignorando, incluso, lugares que podrías explorar, porque si te pierdes tendrás que pagarle a alguien para que te guía hasta la salida. Ignorando, tristemente, eso que viniste a ver.

Ésta es la cara amarga del turismo en Marruecos, pero no la única. Ni siquiera es la cara que debe quedar en nuestras mentes. Al contrario, el viajero que logra sobreponerse a estos contratiempos obtendrá una imagen muchísimo más completa y fascinante del país.

TENERÍAS, FARMACIAS Y TELARES

Nuestro guía se llamaba Abdul Haq, un hombre moreno, alto, calvo y renqueante de unos 60 años. Abdul hablaba árabe, español, inglés y francés, y movía la mandíbula constantemente como esos viejos a los que les quedan ya pocos dientes. La gira empezó en español, y lo primero que nos dijo fue que había tenido su primer amor en Zaragoza 32 años atrás con una muchacha llamada María. Por algún motivo, Abdul repetía ésta historia entre cada explicación, así que al poco tiempo decidimos cambiar el idioma a inglés, lo que no le impidió repetirla un par de veces más. No me extrañaría que María lo hubiera dejado por aburrido.

La primera parada en cualquiera visita a la medina de Fez tiene que ser, por fuerza, a sus maravillosas tenerías. La tenería Shawara (siglo XI) es la más grande de Marruecos y del mundo árabe. Allí tuve la oportunidad de conversar con Benito Mohamed, el encargado. En Shawara trabajan unas 150 personas, y funciona como una cooperativa, es decir, no hay un sólo dueño. Desde arriba, la tanería se ve como un grupo de pequeñas piscinas de distintos colores. El primer grupo de piscinas es blanco, y es allí donde entran las piezas de cuero crudas para ser liberadas del olor del anima l—camello, cabra, oveja o vaca— del que provienen. El ingrediente mágico es nada menos que caca de paloma, producto rico en amoníaco, no precisamente glamuroso, y cuyo olor impregna el ambiente. ‘Los que trabajan en las piscinas blancas son los que más dinero ganan’, me aseguró Benito al ver mi cara.

El cuero permanece allí 25 días y luego es llevado a unas máquinas de madera donde es lavado por un día entero. Luego está listo para pasar las próximas dos semanas en las piscinas de teñido: chocolate, con cedro; rojo, con amapola; amarillo, con azafrán (el más caro) y verde, con menta. El tinte restante es vertido al río que pasa por la medina —‘tenemos los peces más coloridos aquí’, me dice Benito entre risas— y las piezas permanecen secándose por los próximos tres días. Una vez secas, están listas para convertirse en pantuflas, bolsos, maletas, cojines y muchas cosas más, con precios que varían con el tamaño del artículo y la clase de cuero (el de camello es el más caro).

L uego de pagarle a Benito por su preciosa información, proseguimos nuestra gira por la medina. Los destinos siguientes fueron menos emocionantes. El encargado de una farmacia nos intentaba emocionar con sus historias sobre el aceite de ‘argania’, una planta endémica en Marruecos, y sus maravillosas propiedades curativas. Un hombre llamado Abdullah intentó maravillarnos con sus telares y sus cuentos de sedas de cactus, algodones, terciopelos y lanas vivas. Sus caras, sin embargo, perdieron la sonrisa y la fantasía al irnos sin darles la rigurosa propina.

EL ORFEBRE QUE HABLÓ LA VERDAD

La situación se estaba poniendo tensa. Abdul Haq ya no se atrevía a hablarnos de María y nosotros temíamos que el resto de la visita se limitara a ir de tienda en tienda escuchando lo más dulce de la narrativa marroquí sólo para que soltáramos un par de dirhams. Caminábamos por un callejón anónimo cuando Abdul habló. ‘Ahora vamos a visitar al mejor artista de bronce de Fez. Su abuelo fue un judío berebere y le enseñó el oficio. Es el hombre más hospitalario de la Medina’. El guía, sin embargo, no entró en la tienda.

‘FUCK THE MONEY’

Un hombre calvo, gordo y de mediana estatura nos recibió. ‘Aleikum-Salam. Entonces, es usted descendiente de judíos bereberes...’, le pregunté, en inglés. Si las miradas mataran, Abdulmalek, el nieto del orfebre, me habría matado ahí mismo. Asustado, pensé abandonar el local, pero decidí esperar. Unos segundos después, allí, en esa tienda, tuve uno de los intercambios más interesantes de mi estancia en Marruecos.

‘Fuck the money’, fue lo primero que dijo, visiblemente agitado. ‘Éstos guías venden su alma y su fe por el dinero. Si fuera por ellos, los llevarían a la mezquita y dirían que ustedes son musulmanes por 500 dirhams’. A medida que se desahogaba, Abdulmalek se calmaba, pero la rabia que sacaba las palabras de su boca era vieja y profunda. ‘Muchos de éstos guías le dicen a la gente que yo u otras personas somos judíos por que el 70% de los americanos (sic) son judíos. Pasa todo el tiempo con éstos malditos guías’. Su desprecio hacia los guías era total. ‘Odio a la gente así. Me dan ganas de llorar cuando los veo. Piensan que jamás morirán y que jamás le rendirán cuentas a Dios. Venderían a su madre si pudieran’.

Sobra decir que Abdelmalek, el nieto del alfarero, no nos cobró por esa información, y nos dio su tarjeta para que, cuando nos deshiciéramos del guía, regresáramos a su tienda a tomar té y conversar. Impactado, fascinado, recibí la tarjeta. Acababa de entender, en dos minutos de conversación, más sobre Marruecos —y el mundo musulmán— que en todo el tiempo que llevaba allí. La centralidad del Islam, los estereotipos sobre Occidente y los judíos, el verdadero significado de la hospitalidad marroquí, la corrupción por parte de algunos del verdadero espíritu de éstas fascinantes expresiones sociales y culturales que llamamos medinas.

Al salir de la tienda, Abdul Haq nos esperaba con una sonrisa en el rostro y un café en las manos. ‘¿Qué tal’, preguntó ‘no es un hombre encantador? Se puso de pie y empezó su andar cansino y renqueante, hacia otra tienda, otro café, otra comisión...