Panamá,25º

21 de Jan de 2020

Cultura

Un ‘Miró’ en la hora feliz

Para el dramaturgo Roberto Quintero (también conocido como Winnie Sitton en la escena artística) el hecho de ganar la versión del 2011 d...

Para el dramaturgo Roberto Quintero (también conocido como Winnie Sitton en la escena artística) el hecho de ganar la versión del 2011 del Premio Ricardo Miró en la sección de teatro es, obviamente, una retribución después de años de ser el escritor, director y productor de montajes teatrales caracterizados por su tono irreverente. Pero para este joven teatrista obtener el máximo galardón de las letras istmeñas significa mucho más que eso. Es, en cierta forma, una vindicación. Una forma de confirmar su talento frente a los escépticos de siempre. A quienes consideraron como una quimera su tentativa de hacer un teatro panameño que llamara a la reflexión a través de un humor corrosivo, alejándose de las propuestas más frívolas y comerciales. A los que pensaban que perdía su tiempo estudiando en España y después en Argentina, aprendiendo a cómo construir diálogos, a cómo enhebrar escenas, a moldear personajes... A crear historias en la que los panameños se reconocieran, sin caer en la crítica solemne, en el soporífero sermón que alecciona.

No es un buen día para hablar de cultura: dentro de un par de horas la selección sub 23 jugará contra Costa Rica. Es la hora en que miles de personas escapan del barullo de las oficinas para caer en el embrollo del tranque. Enciendo un cigarrillo y espero a que arribe Roberto, para conversar acerca de su premio, de la parafernalia que acompaña al Miró, de su teatro ‘underground’.

Finalmente lo veo aparecer caminando por la Vía Argentina, vestido de negro, con una chácara colgándole de los hombros. Tiene el cabello más corto. Por lo menos más corto que la última que nos encontramos, cuando hizo las veces de presentador en un concierto realizado en defensa de la libertad de expresión en un caserón abandonado en el Casco Viejo. ‘¿Ya comenzaste?’, me recrimina al percatarse de que lo espero sentado en un mesa con un trago de Bacardi con coca cola.

TEATRO SEDICIOSO

Una vez ha confirmado con la camarera que nos encontramos en pleno Happy Hour, y que el mismo no finalizará hasta dentro de una hora, arranca la entrevista. Le pido a Roberto que compare ¡A por ellos!, obra con la que se hizo merecedor al premio en metálico de 15 mil dólares del ‘Ricardo Miró’, con Enantito, su última puesta en escena. Ambas son protagonizadas por revolucionarias, mujeres que buscan acabar con el ‘status quo para generar una nueva verdad’. En el caso de ¡A por ellos! -que fue escrita en el 2008- la sedición corre a cargo de un dúo de monjas que buscan matar al Papa para fundar una nueva iglesia.

Además de ¡A por ellos! y Enantito, Roberto ha escrito otras tres piezas teatrales. Su debut como dramaturgo fue en el 2002 con ¿Existe el desván?, basada en la novela El Desván del escritor panameño Ramón H. Jurado. En el 2004, después de regresar de España, donde fue a estudiar dirección y dramaturgia becado por la Fundación Carolina y Casa de América, presentó Macramé (un título sin obra) en el Teatro Anita Villálaz. Posteriormente, en el 2005 llevó a escena ¿Intimamos?, montaje que refleja su obsesión de aquella época con el teatro íntimo, en contraposición con el teatro masivo. ‘Hoy en día, veo esas obras como juegos teatrales o experimentos de un pela’o entre los 24 y 25 años’, reflexiona mientras gesticula, como un actor que siempre anda en busca de público.

ÁLTER EGO

Todas las obras que ha escrito las ha firmado con el seudónimo de Winnie T. Sittón. Es un nombre artístico que comenzó a utilizar a los 18 años cuando, después de leer El ahogado de Tristán Solarte (Guillermo Sánchez Borbón), se convenció a sí mismo de que quería escribir, de que iba a dedicar su vida al arte, a pesar de crecer en un suburbio donde sólo había ‘cantinas y chinos’, como es Juan Díaz. ‘De chico era muy gordo. Cuando estudiaba en el Instituto Panamericano, había una chica que me decía que me parecía a Winnie Pooh... Como a mi me gustaba, dejaba que me llamara como ella quisiera. Todo el mundo en esa escuela de mierda, metodista, me decía así’, rememora.

Ilusionado ante la romántica perspectiva de ser un artista con seudónimo, Roberto se inició sobre las tablas, en producciones de directores como Daniel Gómez Nates, Edwin Cedeño y Bruce Quinn. En el 2002 trabajó en El violinista sobre el tejado, su primer y último musical, bajo la dirección de Quinn. ‘Me tocaron algunas escenas corales en las que cantaba y algunos de mis compañeros me miraban como diciendo: ’Brother, no estás pegando la nota’, comenta.

No pasaría mucho tiempo antes de que su carrera como actor le trajera algunos reconocimientos. En los años 2002 y 2004 se hizo merecedor a dos Premios Escena, primero como actor renovación y después como actor secundario. Durante la entrega de este último premio recuerda que se le hizo un homenaje a la desaparecida actriz Delia Cucalón, una de las fundadoras del Teatro en Círculo. Aquella noche le impactó que la veterana intérprete subiera al escenario y confesara que en la sala no había nadie de su familia. ‘Eso tocó tanto a mi papá que el viejo cambió. Ya no dijo más que yo era el heredero de sus deudas, sino que yo ’era su hijo, el artista’. Después lo vi clavando escenografía conmigo’, expresa.

BAJA EL TELÓN, SALIDA Y ’PELE POLICE’

Consulto el reloj. La hora feliz casi termina. Ha trascurrido más de una hora de la entrevista cuando presiono el STOP en la grabadora, pero la conversación con Roberto continúa. Habla de la columna que comenzará a publicar a partir del próximo fin de semana en este diario, de que quisiera volver a actuar -el último montaje en que participó como actor fue bajo la dirección de Daniel Gómez Nates, en el 2003- ,de las vicisitudes de hacer teatro alternativo. ‘Yo no puedo trabajar con la misma lógica con la que trabaja el teatro ABBA, porque el producto es distinto y se mercadea de forma distinta. El teatro acá está muy minado por la plata. A mi no es que me guste perder plata, pero si alguien me ofrece montar ’Dos tetas jalan más que dos carretas’ voy a decir: ’no hermano, yo quiero hacer otra cosa’’, asevera.

Es hora de pedir la cuenta. Antes de despedirnos, Roberto me cuenta la historia de uno de sus frecuentes roces con la ley. En una oportunidad salía de una tienda de alquiler de videos, que se encuentra unas cuadras más abajo de donde nos encontramos, y dos policías le pidieron la cédula. Cuando les preguntó que cuál era el problema, que solo había parado para buscar una película y comprar pop corn, le respondieron que no parecía panameño. Otra vez su acento porteño, el cual no se ha podido sacudir desde que vivió cuatro años como inmigrante ilegal en Argentina (país donde estudió dramaturgia), lo metía en problemas con las fuerzas del orden. Al ver al flamante premio ‘Ricardo Miró’ alejarse por la acera no puedo evitar pensar que en un país donde la autoridad se ensaña con los artistas y con los ciudadanos de bien, en el cual para la policía somos ‘tres millones de sospechosos y no tres millones de ciudadanos’, hacen falta más dramaturgos como Roberto, que con su teatro inteligente y cargado de humor negro exponen los problemas de la sociedad y, de paso, se mofan de los poderes establecidos. Ojalá que esta noche no haya retén.