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03 de Mar de 2021

Cultura

Una descripción de la participación ciudadana

PANAMÁ. La narrativa colombiana es una cantera inagotable de muy buenos escritores. Entre ellos tenemos al poeta, ensayista y profesor u...

PANAMÁ. La narrativa colombiana es una cantera inagotable de muy buenos escritores. Entre ellos tenemos al poeta, ensayista y profesor universitario, Armando Romero, que con su novela ‘Cajambre’ (2012) nos lanza a la selva americana, al Pacífico colombiano, donde se asienta una población afro-descendiente, en Buenaventura. En esta región hay un río, Cajambre, un poblado, Playitas, y una muerte, la de la pingüera Ruperta, que, según las mujeres que la conocieron, no era como los otras, por tener muchas cualidades, como la valentía y la solidaridad.

La novela, en efecto, comienza, así: ‘fue la noche la que mató a Ruperta’. Contra la sospecha de que tenemos que ver con una nueva versión de realismo mágico, tenemos a un joven escritor que, desde su posición de omnisciente observador, nos revela las interioridades de un mundo que oscila entre la realidad de una muerte y lo mágico de las creencias y representaciones sincréticas de los afro-descendientes.

No obstante, no importa cuál es el punto de partida, una cosa es clara: los participantes quieren saber e intervienen en el esclarecimiento de la muerte de Ruperta. No es un policíaco en el sentido clásico (no hay detectives), aunque tampoco es un anti-policíaco, pues es la comunidad es la que actúa para saber quién mató a Ruperta, muerte que, efectivamente, es resuelta por la comunidad, yendo así más allá del enigma de crímenes y muerte irresueltas (la impunidad) tan propio de nuestros países. En un país marcado por las guerras y conflictos políticos viscerales, la comunidad en Cajambre funciona a condición de administrarse a sí misma.

En este espacio cuasi-autónomo, aunque no anárquico, pues tiene sus jerarquías y su orden, nos encontramos todavía con un mundo con fronteras bien delimitadas, ya sea por clases o razas. En efecto, en la comunidad que se describe conviven los negros de la región (con sus economías de subsistencia), los colombianos blancos (propietarios de las aserrías), los intermediarios (igualmente blancos) y los extranjeros. La muerte de Ruperta revela, detrás de la aparente armonía de la comunidad, que hay quienes sacan provecho explotando a los negros que, como ella, habían venido organizándose en la defensa de sus intereses como piangüeras, trabajo que consiste en extraer conchas de los manglares.

En un mundo donde se afirmaba que la tierra era de nadie, la novela Cajambre nos lleva por las resonancias más íntimas de la novelística latinoamericana, donde la selva tiene su lugar en la cosmogonía narrativa.

Son resonancias que nos llevan hasta Nostromo, novela de Joseph Conrad donde la selva y el río están presentes en la vorágine del paisaje americano. En efecto, si en la primera la mina es el polo de atracción de los personajes blancos, la madera lo es en la novela de Romero, donde el río desemboca en el mar Pacífico. Es un mundo que se nos revela a través del narrador que, según parece, es fiel a los hechos que re-construye, y donde lo mágico interviene por la presencia misma de los negros con sus cosmogonías que, paradójicamente, no terminan encumbriendo al mundo en una sombra de misterio y enigmas, pero sí ayudan a aclararlo con su intervención en el mundo de Cajambre.