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17 de Jan de 2021

Cultura

El último brillo del monumento al grafiti

‘Tour Paris 13’ fue el mayor museo del mundo del arte callejero y enfrentó su momento final de forma original

Nacido para morir, el monumento parisino al ‘street art’, un edificio de nueve plantas totalmente decorado por un centenar de grafiteros, vivió su último acto, su demolición, convertida por los organizadores en una nueva expresión artística.

Unas 15 mil personas visitaron durante el pasado octubre esta muestra del arte efímero ideada por un joven galerista y que se ha convertido en un fenómeno de masas, con colas de hasta seis horas para recorrer los apartamentos decorados por los espray y el talento llegado de todos los rincones del planeta.

‘Tour Paris 13’ se vanagloria de haber sido el mayor museo del mundo del arte callejero y en su momento final, su reducción a polvo, lo hace también de forma original, como un homenaje a la forma que el grafiti tiene de enfrentarse al tiempo.

‘La destrucción forma parte de la obra. Nadie hace un grafiti para que dure siempre, su fin es la desaparición’, asegura a Efe Mehdi Ben Cheikh, el ideólogo de lo que es ya para muchos una leyenda del arte urbano. Vanguardista como se precia de ser, el arte callejero no piensa en quedarse para siempre en las paredes.

‘La fotografía, la televisión, internet, ya hay suficientes formatos para que perdure’, señala el galerista, superado por el éxito de su idea y ahora prepara un libro para contar la aventura.

El grafiti no se opone al paso del tiempo y, como estaba previsto, el monumento parisiense ha tenido la vida efímera con la que fue creado. ‘Tour Paris 13’ se instaló en un edificio de viviendas sociales que sus propietarios tenían previsto derribar para construir en el solar apartamentos de lujo destinados a propietarios más adinerados.

Situado frente al Sena, en el distrito 13, del que toma prestado el nombre, el proyecto ha resplandecido como un faro a lo largo de los últimos meses. La fachada, pintada de un intenso naranja, se convirtió en un lugar de peregrinación de los amantes del grafiti incluso cuando el paseo por los pasillos y los apartamentos del edificio ya no estaba permitido al público.

Solo los privilegiados pudieron penetrar en sus entrañas. Allí encontraron un universo de arte urbano recreado por grafiteros de cierta relevancia. A los artistas, en ocasiones en equipo, se le atribuyó uno de los 36 apartamentos sociales que conformaban el edificio y, durante siete meses Ben Cheikh les encargó de recrear en ellos su universo artístico.

No se trataba solo de pintar las paredes. Los artistas derribaron muros, jugaron con las puertas, transformaron baños y cocinas, usaron el material abandonado por los antiguos inquilinos para transmitir una idea, una imagen.

Cada apartamento era un mundo. Unos recrearon el aspecto que tendría una casa bombardeada, otros la tensión social en los tiempos actuales, metáfora del propio edificio, ayer destinado a los más desfavorecidos y mañana a la clase acomodada.

Muchos de los que no tuvieron la paciencia o la suerte de verlo durante el mes que estuvo abierto asistieron a la demolición, que duró cuatro días. Orquestada como una coreografía, las grúas acabaron primero con la fachada, dejando al descubierto las paredes decoradas por los grafiteros.

Posteriormente afrontaron el resto de las paredes, como si de un castillo de naipes se tratara. Cada pared que caía dejaba al descubierto un fresco y provocaba el metralleo de las cámaras fotográficas de los centenares de curiosos que siguieron la operación.

Todo ello filmado por Thomas Lallier, que fue seguido con su cámara todas las fases de la vida de ‘Tour Paris 13’ para convertirlo en un documental que será el último resquicio de una muestra artística que vivió para no durar.