24 de Feb de 2020

Cultura

Es más difícil ser solidario que patriotero

El taxista cobra de más. Pero el es un buen ciudadano porque hace el saludo a la bandera y yo no

En Panamá todos somos pequeños dictadores. Te cuento algo que me pasó en diciembre del año pasado, dos meses después de que mi mamá muriera, primera época de navidad sin ella. Era principio de mes y ya se sentía ese vientecito de fin de año. Estaba yo en el Casco Viejo, sentando en el parque Tomás Herrera (otro ilustre cagón) leyendo a Efraín Huerta (poeta mexicano, no confundir con ese traidor llamado General Esteban Huerta) cuando de repente pasa una banda de guerra tocando algunas tonadas de navidad.

Dieron la seis: era la hora de arriar la bandera y yo, distraído, no me paré de la banca ni nada, seguí leyendo. Al cabo de un rato, me di cuenta de que en la distancia un taxista, que unos segundos antes había estado recostado en un costado del vehículo estacionado en la banqueta del parque (seguro esperando a algún posible pasajero) y que ahora se había puesto firme ante la bandera, me hacía señas. Lo miré y le hice un ademán de ‘qué’ con las manos. Finalmente exasperado me gritó, rompiendo el obligado silencio que se debía guardar: ¡Hey, tú, que te pares, loco! Y un tipo que estaba a su lado le dice: déjalo, ese man no es panameño, loco. Sí, pero es una falta de respeto. Decidí pararme y caminar hacia él, rápidamente. El tipo se asustó y puso cara como de ‘bueno, va a haber que pelear’. Pero luego yo disminuí el paso y le dije: ¿Me dijo algo, señor? Y él me dijo: Tú no eres panameño, ¿ah, pana? Yo le dije: Sí, de La Tablas. Y tú ¿porqué no te paras, loco?; manito, tú no eres pana, loco, pareces como cubano.

Luego se dirige al tipo de al lado y dice: A este man (y me señala) en los tiempos de los militares lo agarran y le dan su par de toletazos si no se levanta y le rinde su merecido respeto a la bandera, dígale ahí, mi compa; ya no hay respeto, qué va, compa, la juventud de hoy no sirve. Acto seguido, el taxista, después de terminar su discurso, saca un chocolate de su bolsillo, lo desenvuelve y lo tira al suelo (habiendo un tacho de basura cerca) y yo le pregunto: Compadre, ¿cuánto cuesta una carrera de aquí hasta Vía Argentina? El tipo me dice: 4 dola pa’ ti, mano, aunque te debería de cobrar más por no respetar la bandera.

Yo sé que la carrera es, legalmente 2.25, pero es ya costumbre que los taxistas le cobren más a todo el mundo, a gente que, como ellos, también necesitan comer y que le cobren lo justo. Pero él es un buen ciudadano y yo no, porque él sí saluda la bandera.

Recordé, de inmediato, a un señor de mi pueblo, empresario dueño de supermercado, de saco y corbata y zapatos lustrosos, de apellido oligarca y piel blanca, que era un déspota con sus empleados, grosero incluso con sus clientes y que deliberadamente subía los precios de los productos, haciendo caso omiso de la leyes de protección al consumidor y que se salía con la suya por amistades poderosas que tenía aquí y allá, todo un pequeño dictador mercantil cuya mayor felicidad era cantar el himno nacional los lunes cuando llevaba a su nieta a la escuela. Entraba en la casa de estudios agarrado de la manita de su nieta y no se retiraba hasta cuando terminaba de cantar el himno frente a la bandera izada. El empresario oligarca y el taxista de pueblo tenían en común el respeto a los símbolos patrios y el poco me importa y desprecio al ser humano. Lindo. No me gusta las lecciones morales, pero hoy me siento Esopo, no puedo resistirme, así que, aunque arruine el tono del cuento, aquí voy: Saludar la bandera y cantar el himno es fácil, ser solidario, justo y respetuoso con el prójimo no lo es tanto.

MÚSICO Y POETA