25 de Feb de 2020

Cultura

El carajo como un destino más factible

No se puede mandar a la gente al infierno, a un lugar que, según los ateos, no debe existir

El carajo como un destino más factible
El carajo como un destino más factible

Hace un tiempo del cual no quiero acordarme escribí un texto para esta su columna ‘El Reverbero’. El texto al cual me refiero sugería la inexistencia de un más allá después de la muerte y por lo tanto la consecuente negación de Dios. Esta sugerencia fue del agrado de un puñado de ateos; ateos trasnochados y despistados, ateos que nunca sueñan, que acaso sueñan, sí, con vivir en Suecia o Finlandia, o Francia (¡qué sé yo cuál será el país con el mayor número de no creyentes!); ateos que a cada rato usan en su vocabulario la palabra ‘ojalá’, la cual quiere decir ‘que quiera Dios’; ateos, hermanos, feligreses de la nada, que suplantan al barbón celestial con otros dioses como ‘democracia’, ‘igualdad’, ‘país’, ‘derechos civiles’, ‘patria’, ‘ser humano’, ‘familia’, entre otras yerbas; ateos, devotos del vacío, que —no faltaba más— ya tienen un monumento al ateísmo —sí, amigos, ahora los incrédulos pueden ir a visitar el monumento y leer los diez mandamientos del ateo inscritos en él y sonreír satisfechos igual que los católicos, por decir algo, van y le rezan a sus estatuas; es decir, los ateos pueden ahora realizar el atávico ritual de pararse frente a algo (una pila de madera, una pieza de cemento, una pira, una piedra) y darle un valor metafísico al asunto. ¡Vaya ateos! ¡Ay, cómo debe de estar riéndose Octavio Paz en su tumba!; se ve que estos esclavos de la ausencia no se han leído el Arco y la lira , ah, Octavio. (Por si no me creen lo del monumento, busquen en Google ‘Monumento al ateísmo’ y a revolcarse de la risa los que aún tengan más de cuatro dedos de frente).

En fin, hoy, de nuevo, amanecí poeta, y los poetas, qué remedio, creemos; nuestro oficio es creer, creer en muchas cosas; y, si no, inventar para que los demás crean, fundar religiones, ser dioses y convocar la idolatría en la palabra. Pero me pierdo. Aterrizo. El título del escrito que les hizo cosquillas a los ateos lectores fue ‘Sin miedo a la nada (que se aproxima)’. Cuando lo leyeron seguro dijeron: ‘Ah, este es un de los nuestros’. Pues no, amiguitos. Yo, sí, soy del equipo de mi colega, el escritor Ernesto Endara, quien se ha declarado ‘dudocrático’. La ‘Dudocracia’ es nuestra ideología; pues, como le he dicho a mi primo, a quien de cariño le llamamos ‘El Animal’, la convicción es maldad (la maldad es convicción), la muerte de las ideas, el primer paso a seguir para matar las ideas de los otros (pero que conste que, como buen dudocrático, ni siquiera de ello estoy convencido).

Por último, amigos ateos (permítanme que me les dirija en segunda persona, pues estas cosas hay que decirlas cara a cara y a rajatabla) les digo que si alguno de ustedes hubiera entrado al cuarto de hospital en donde convalecía mi madre unos meses antes de morir y se hubieran atrevido a criticar la cruz y burlarse de los libritos de salmos al lado de su cama, o venir a predicar su seguridad en la nada, a patadas los hubiera sacado de allí gritándoles de paso: «Váyanse al carajo —al infierno no los hubiera podido mandar— junto a Christopher Hitchens y Richard Dawkings y no se atrevan a volver si no quieren que les meta la cruz de Cristo por donde ya saben». Amen. Y ustedes los religiosos tampoco crean que hablo en su nombre; vayan(se) con Dios.

MÚSICO Y POETA