26 de Feb de 2020

Cultura

Compartir un seco con un poeta a secas

Estaba yo en la cantina El Maracuyo, cuando de repente llegó David, vate herido

Y me dice: ‘Compadre, aquí tienes, el último texto que escribo. No vuelvo a escribir. Me retiro de esta vaina. La poesía es una mierda, no sirve para nada’. Me extendió un papel rugoso y se retiró. Esto era lo que decía el pedazo de papel: Vivo un infierno. Soy ego en fuego, el macho herido; las hormonas, la posesión, la carne amada en la cama de otro, entrepierna traspasada por otro; el sexo. ¿El infierno del amor? A la mierda el infierno del amor. No creo en nada ni quiero nada. Quiero ser nada. No quiero tener éxito, ni dinero. Tampoco creo en el fracaso. Quiero, acaso, vivir en un pueblo pequeño en donde no haya aspiraciones ni sueños grandes ni ganas de echar pa’ lante ni pa’ tras ni pa’ cogé impulso. Quiero ser un mago del tiempo y echarlo atrás. Quiero volver al cabello, al cuerpo, al sudor, al diente y la carcajada, al desnudo-kairós, al desnudo-presente, al desnudo ya tan lejos y dentro como una piedra blanca, una piedra blanca que se ilumina en el recuerdo. Quiero las fotos del verano, las fotos de las primeras lluvias, cuando ya llovía sobre abril y yo caía sobre la desnudez, como agua. Quiero caminar atrás y que ese atrás sea un progreso, o ni siquiera un movimiento, sino un punto inamovible en un pueblo de mierda en donde sale el sol y hay fiesta y carnaval... una cama, una lluvia, un libro de Rubem Fonseca dedicado al mes de abril. Abril desnudo.

Hoy me levanté sabiéndome cerca y lejos y me fui a caminar. Vi tres sapos muertos, aplastados por los carros. Alguna vez escribí sobre sapos muertos. Quiero ser un sapo muerto. Y no quiero. Porque no quiero morir. Yo quiero vivir en la eternidad del sudor, el diente y la carcajada, hasta que llegue la muerte, y que el recuerdo sea eterno y que luego todo desaparezca y vuelva. Yo, muerto; el sudor, el diente y la carcajada, vivos. O que se vayan el sudor y la carcajada conmigo y que solo quede el diente, o ni siquiera el diente sino la mordida. Solo una mordida, un recuerdo rojo y hermoso. Quiero que la mordida sepa de estas palabras. Y que luego venga un incendio. Y ya no escribir más, ni componer más. ¿Quiero un hoyo oscuro?

Quiero hacer el amor con las nubes y que luego llueva y ser. Quiero estarme quieto, pero no tanto, porque no quiero quedarme varado en la orilla como un cachalote lamentable para que los hombres malos me descuarticen y los niños hambrientos coman de mi carne. Ser rostro cortado. Meterme en las heridas. Anochecer.

¿Qué más escribir? Puedo escribir, por ejemplo, que hoy vi, mientras caminaba, un letrero en una reja que decía: ‘No pase, no joda’. Pero yo quiero pasar y joder si es necesario. Aunque esté cansado. Pasar a la vida, quedarme en la vida, joder en la vida. Tomarme un trago en la cantina. Recibir un soplo en la mano. Que la esperanza, la esperanza mordida que bailaba bajo la lluvia, muera. Quiero un infierno azul. Azul como son azules las borracheras. Una isla, como son islas las cantinas. Una perla. Nunca entiendo del todo las cosas que David escribe, pero me gustan. Me termino mi cerveza. Trago lentamente. Cierro los ojos y las palabras brillan.

MÚSICO Y POETA